<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><rss xmlns:atom='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' version='2.0'><channel><atom:id>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851</atom:id><lastBuildDate>Tue, 15 Dec 2009 13:32:11 +0000</lastBuildDate><title>DESDE  TEXCOCO</title><description>Así, este espacio, a la deriva en el infinito del mundo virtual, no es otra cosa que la crónica —subjetiva, coja, iletrada y casi analfabeta—, de mis días, noches, aventuras y desventuras, en este "México, lindo y querido" que ahora habito, aquí desde este lago de Texcoco que desfallece, desde este Distrito Federal que me aloja.</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/</link><managingEditor>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</managingEditor><generator>Blogger</generator><openSearch:totalResults>28</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-1068927531460597509</guid><pubDate>Wed, 04 Jun 2008 04:31:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-08-20T21:24:36.916-05:00</atom:updated><title>Suma y sigue</title><description>Mi estadía en México -y por ende los artículos que escribo sobre ese país que tan amablemente me recibió- terminó con el mes de mayo del año 2008.&lt;br /&gt;Mis crónicas "Desde la isla de Java" (Jakarta, Indonesia) las pueden leer en mi nuevo blog: &lt;a href="http://desdejava.blogspot.com/"&gt;http://desdejava.blogspot.com/&lt;/a&gt;.&lt;br /&gt;Gracias a todos mis lectores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José Luis Mejía&lt;br /&gt;&lt;a href="mailto:%20jlmejia@gmail.com"&gt;jlmejia@gmail.com&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-1068927531460597509?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/06/suma-y-sigue.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>2</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-5200790522658834890</guid><pubDate>Tue, 27 May 2008 03:09:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-05-28T09:38:44.665-05:00</atom:updated><title>MÉXICO</title><description>Cualquier generalización es un atrevimiento pero, según conversaba con Páramo –no Pedro sino Gabriel–, es uno de los privilegios que tenemos los extranjeros cuando andamos de visita por tierras lejanas.  “Vemos de un país lo que queremos ver”, me decía mientras hablaba de su experiencia con la gentileza y paciencia de las cajeras de banco y de los conductores limeños, gentileza y paciencia que yo –“peruano del Perú”, como el burro de Vallejo– no recuerdo.  ¿Cómo huir de la arbitrariedad de un comentario que se constriñe a los pocos párrafos que siguen?, ¿cómo dar una opinión sin parecer complaciente o –tanto más complicado– sin que se convierta en una vivisección, torpe y sin anestesia, justo para que no se acuse al redactor de contemplativo con el país que momentáneamente lo aloja?  No tengo idea.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;México es un país inmenso, acogedor y hostil, pacífico y agresivo, tierno y feroz, egoísta y solidario, un país de extremos –horribles y maravillosos– que no puede encerrarse en las pocas líneas de un artículo y tampoco en las ideas preconcebidas con las que los extranjeros llegamos al aeropuerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este México es más que Pancho Villa y sus dorados, más que las películas de Cantinflas o del indio Fernández, más que el Chavo del ocho y Chespirito, más que Infante y Negrete, más que Cuauhtémoc y Cortés, más que Nezahualcóyotl y Rulfo, más que doña Marina y María Félix, más que mayas y aztecas, más que el Chivas y el América, más que tacos y enchiladas, más que el metro y los peseros, más que las trajineras de Xochimilco y los murales de Diego Rivera, más que el Zócalo y más, mucho más, que la matanza de Tlatelolco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;México –y nuevamente coincido con Páramo, quien afirma que México no es el Distrito Federal, aunque éste contenga en sí, torturada y transformada, la esencia que a aquél lo define– puede ser un lugar hermoso y pacífico, donde su gente, amable y servicial, es capaz  de detener el tráfico en una ancha avenida solo para darte las indicaciones de cómo llegar a tal o cual calle y donde, contrariamente a lo que sucedería en el Perú, los otros mexicanos, cuyos carros se hallan obstruidos debido a la gentileza del taxista, esperarán pacientemente sin tocar el claxon, golpear la lata de la carrocería o recordar a la santa madre del buen hombre.  Sin embargo esta amabilidad esconde y domeña la violencia subyacente que, como una marejada imprevista, puede aparecer y convertirlo todo en una carnicería sangrienta si, por ejemplo, dos bandas de narcotraficantes deciden agarrarse a balazos para saldar quién sabe qué cuentas o si federales corruptos detienen en un retén a la camioneta equivocada y, como en la canción de “Los tigres del norte”, los delincuentes (molestos por la ambición del policía que pide “demasiado”), deciden sacar los “cuernos de chivo” y desatar un infierno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;México es un país violento, por eso su gente ha optado por vivir en una gris medianía, una medianía que solo es rota –inocentemente y de vez en cuando– en las celebraciones exageradas, en las fiestas de quince años donde las familias se gastan lo que no tienen para que las niñas bailen con sus chambelanes, o en los entierros –festivos, musicales, opíparos y delirantes– cuando los mexicanos se sacuden el polvo del miedo, cantan, bailan y se burlan de la muerte a la que, de tanto temerle, le han perdido el respeto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Puesto a elegir entre ser pusilánime o asesino, el mexicano promedio, devoto de la virgen de Guadalupe, elige no arrebatarle la vida a nadie; hasta que lo hace.  Entonces las cosas sí se ponen feas.  Los mexicanos no sacan la pistola para impresionar, para dárselas de valientes o presumir delante de la novia, la sacan para matar.  Disparan a quemarropa y no se vienen con cuentos, la cacerina es para ser descargada, no para jugar al tiro al blanco.  Las peleas entre bandas terminan en masacres, los crímenes son feroces y no es raro hallar cadáveres mutilados de personas cuyas muertes no sucedieron antes de una larga tortura que incluye quemaduras, extirpación de dedos y genitales, y decapitaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la mafia mexicana decide eliminar a alguien, no se detiene en pequeñeces ni mide gastos, exagerada en las fiestas como en los horrores, manda a cuarenta sicarios armados hasta los dientes y, como dejar “un trabajo” inconcluso es sinónimo de desprestigio, no es raro que el afortunado sobreviviente de una matanza sea ejecutado en el hospital donde se encuentra recuperándose de la balacera anterior.  Paradójicamente, los crímenes no son indiscriminados ni atolondrados, “eso de meterse a un restaurante y matar a veinte personas para pegarse un tiro después es de los gringos, que están locos”.  El sicario tiene su tradición y su escuela, no es un improvisado; planea, prevé y ejecuta, tampoco es suicida; es temerario.  No tiene ningún problema en que le peguen un tiro, “total, todos vamos a morirnos”, pero tampoco se amilana bajo una lluvia de balas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La violencia está tan presente que, cuando una alumna me contó que su padre había sido asesinado cuando ella era aún una niña, nadie, en el salón, pestañeó demasiado.  Luego le pregunté indiscretamente cómo había sucedido, “¿fue un secuestro o un asalto?”, dije, “fue México”, respondió ella con la misma tranquilidad.  En otra ocasión, mientras conversaba con una docena  personas, se me ocurrió preguntar cuántos habían tenido un asalto en la familia, todos levantaron la mano.  Cuándo les pregunté qué sentían si se cruzaban de noche con una patrulla policial, contestaron “miedo”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero la violencia no es la única característica palpable, sin el concepto de “malinchismo” los mexicanos no podrían explicarse jamás todos sus males, porque toda la culpa de las desgracias de ese pueblo hallan su origen en “la Malinche”, esa “traidora”.  Que, doña Marina, sin saberlo y sin quererlo, les dio a la corrupción, a la haraganería y a la ignorancia, partida de nacimiento y madre conocida (el padre, aún no se ponen de acuerdo, fue Cortés o el Tío Sam, depende del ánimo y las circunstancias).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora que los “gachupines” andan demasiado lejos, los mexicanos se ejercitan odiando a los norteamericanos, odiándolos y admirándolos; porque los envidian y los desprecian al mismo nivel, en iguales proporciones; los halagan y los escupen, los insultan y los obedecen, esquilman a sus turistas y son explotados por sus empresarios, todo en una misma circunstancia, todo al mismo ritmo.  Dicen que Porfirio Díaz –el célebre dictador, tan querido y tan detestado– dijo: "¡Pobre México! Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos", y algo de eso debe explicar esa adoración tan devota y tan pagana de la virgen de Guadalupe, virgen colonizadora e indigenista, virgen intocable y nunca cuestionada, mediadora paciente entre el creador de los conquistadores y un pueblo abrumadoramente católico que ha hallado, sin embargo, su mexicanísima manera de ser y no ser al mismo tiempo, dejando varada, en las arenas del olvido, la dicotomía hamletiana, porque en México –como bien me lo enseñó José Antonio cuando recién aterricé en estas tierras– todo es sí y no, a la vez, al mismo tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así tenemos, por ejemplo, que los futbolistas son tachados de incapaces pero no existe un solo restaurante en México sin un televisor para ver, a todo momento y todos los días, alguno de los cientos de partidos que se transmiten para el deleite y orgullo nacional.  Tenemos a un presidente autodenominado “legítimo” –el candidato que perdió las elecciones – que le llama “espúreo”(sic) al gobierno elegido democráticamente –nos guste o no– y del cual –allí reside la paradoja– reciben sus jugosos sueldos todos sus democráticos congresistas, quienes, para no confundirnos, participan legítimamente del gobierno ilegítimo.  Tenemos que “mi casa es tu casa” y las invitaciones campean al por mayor pero es rara la vez que se concretan en visitas reales.  Tenemos que la más grande empresa nacional –Pemex– arroja pérdidas astronómicas justo en los tiempos en que el petróleo ha alcanzado sus mayores precios debido a una corrupción orgánica que todos quieren preservar en nombre de la “dignidad nacional” (delicioso eufemismo para aludir al clientelaje partidario y sindical con puestos de trabajo que se heredan “revolucionariamente”, al mejor estilo monárquico).  Tenemos que las canciones más populares son los narco-corridos (que cantan y conocen todos, desde los más pobres hasta los privilegiados alumnos de las universidades más “fresas”), himnos modernos que narran las “hazañas” de los narcotraficantes y denuestan la corrupción de la policía (composiciones distribuidas en discos compactos que, obviamente, exigen el respeto a los derechos de autor que esa policía corrupta protege).  Tenemos decenas de periodistas asesinados año tras año ante la impasible mirada de las fuerzas del orden y el silencio cómplice de las dos grandes cadenas que monopolizan la televisión, empresas que, no obstante, ponen el grito en el cielo si el gobierno pretende disminuir los gastos en propaganda electoral; los muertos pasen, ¿pero recortar el presupuesto para comerciales? ¡Ese sí es un atentado contra la libertad de expresión!  Tenemos que dos locutoras de una radio comunal son asesinadas y en la Escuela de Comunicación más prestigiosa (o, al menos, la más cara) del DF, nadie dice nada (¡peor!, nadie se entera de nada).  Tenemos  y no tenemos, sucede y no se sabe, se sabe y no sucede, así y así, sí y no, definitivamente, posiblemente, eventualmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todas éstas son o parecen ser (sí y no) máscaras que son usadas no para disimular una cara –bella o espantosa, falsa o verdadera– sino para ocultar el hecho feroz de que a veces –muchas veces– el continente no tiene contenido, el vacío lo llena todo y debajo de ellas –de las máscaras ridículas o feroces– no se halla ningún rostro.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-5200790522658834890?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/05/mxico.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>2</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-2708182512284932883</guid><pubDate>Sat, 10 May 2008 02:58:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-05-10T21:01:17.652-05:00</atom:updated><title>DEMASIADOS OCTUBRES ESTE MAYO</title><description>Beatriz y Gilda, a quienes nombro “en estricto orden alfabético”, como dicen en los concursos, han disputado, probablemente sin saberlo y sin quererlo, la silla que dejó mi madre hace ya demasiados octubres este mayo.  No es extraño que ambas sean, a su vez, madres de dos de las personas más importantes en mi vida; Mario y Mercedes (sigo con el alfabeto).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escribo lleno de dudas, deambulando entre dos miedos: por un lado, relegar otros afectos y amores entrañables tras la obstinada manía de andar clasificándolo y ordenándolo todo y, por el otro, pecar de vanidoso y darle razón a Josefa que dice que me encanta jactarme de los muchos y buenos amigos que tengo.  Julio Ramón Ribeyro declaró alguna vez que él no necesitaba dinero porque tenía amigos, yo creo lo mismo (aunque confieso que no les he preguntado a los potenciales afectados qué opinan).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Mario lo conozco desde que éramos los dos niños más desadaptados de cuarto de primaria; corría 1979, teníamos diez años; ni su flacura ni mi gordura habían llegado a su esplendor pero ya dedicábamos varias horas a la sedentaria tarea de reproducir, en las torturadas páginas últimas de nuestros cuadernos, las más feroces batallas en las que la Luftwaffe asolaba los cielos británicos defendidos por esos “tan pocos” de la RAF a los que tantos le debemos tanto desde el discurso de Churchill.  A Mercedes la conocí en 1983, cuando en un retiro (sí, esos de curas, confesiones y charlas lacrimógenas) unas comillas mal colocadas (que hasta el día de hoy sigue discutiéndome) me permitieron inmiscuirme en su grupo, hablar, presumir y conocer a la enamorada de Ricardo (otro infinito amigo que conservo).  La existencia sin ellos no sería lo que es; hemos compartido gracias y desgracias, cóleras y alegrías, cercanías y distancias, velorios y cumpleaños, nacimientos y muertes, palabras y palabras; son –junto con mis hermanos– esas pocas personas por las que pondría el pecho sin pensarlo y sin pretender jamás que ellos lo hicieran por mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo podría ser extraño, entonces, que Beatriz y Gilda –que a su vez se conocen desde los días de sus propias juventudes– fueran esas dos mujeres maravillosas que, con constancia, ternura, solidaridad y desinterés, se alzaran en mi existencia como esos nombres que puedo poner junto al de Victoria, mi madre, con la certeza de que no solo no la ofendo sino que, antes bien, la honro honrándolas a ellas con el devoto, sencillo y profundo amor filial que les profeso?  Estar en las que fueron las casas familiares de Mario y Mercedes, es como estar en la mía, en la de mis padres; abrir la puerta, contestar el teléfono, saquear el refrigerador, comerme un postre, sentarme a mis anchas en los sillones o conversar con cualquiera de sus habitantes, son acciones tan naturales, tan comunes, tan de todos los días, que solo se pueden hacer libremente en el hogar que nos alberga y a mí, perdónenme la vanidad, me albergan esas casas como si fueran mías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Beatriz existe desde la primera vez que fui a visitar a Mario, ya habíamos crecido, ya éramos los dos amigos que conversaban en el patio de la secundaria mientras los otros, menos gordos y menos flacos, más ágiles y más coordinados, colmaban la canchita de fútbol con gritos de gol, reclamos y pelotazos que más de una vez rompieron vidrios o se incrustaron en estómagos ajenos a la épica pelea.  Todo lo demás fue cuestión de años, de traspasar la reja, de frecuencia, de estar allí todas las tardes, de tomar lonches cebadores e interminables, de quedarnos conversando de Víctor, el esposo muerto cuando Mario era un niño, de escuchar las canciones que ese amor idealizado y trunco compuso en los labios de Beatriz, de compartir las anécdotas de otros tiempos, de escuchar mil veces esa historia de amor que solo un infarto, precoz y feroz, expropió definitivamente.  Beatriz fue la sonrisa amorosa, la paciencia, el paté incomparable que devorábamos mientras, famélicos, esperábamos la cena redentora, las largas conversaciones de esto y de aquello, las cosas mundanas, las historias de barrio, las novelas exageradas que veíamos en el viejo, inmenso y maravilloso, televisor a blanco y negro cuyos bulbos demoraban tanto en calentar que una vez se olvidaron de cómo hacerlo y se apagaron para siempre.  Beatriz ha sido siempre el amor militante y generoso, la maternidad asumida de quien veía (y ve) en mí al hermano varón que no tuvo Mario, el otro hermano hombre con quien sería más fácil cuidar la adolescencia de Mariana, la hermana tardía, la hija de Lucho, el segundo matrimonio, cuyo esplendor de muchacha radiante me recibe todavía cada vez que vuelvo a esa casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gilda ha sido siempre maestra, nunca tuvo actitudes maternales, nunca un gesto se desvío de una relación casi docente, casi magistral.  Empecé a conversar con ella cuando, alguna vez, demorada Mercedes, en la calle o en la ducha, se tomó la molestia de interrumpir una de sus cien mil actividades y nos sentamos en la sala, bajo la mirada de sus dos chinas de porcelana antiquísima que mi volumen y mi torpeza estuvieron a punto de convertir en trizas en varias ocasiones.  No sé cómo evolucionó todo, pero un día nos hallábamos ya corrigiendo mis torpes y primeras poesías bajo la paciente y rítmica batuta de su maestría como profesora de piano.  Fueron horas, días, largas jornadas en las que Mercedes, aburrida de nuestras charlas sobre la métrica y el ritmo, se ponía a tocar el piano, veía televisión o salía con Ricardo (cuando sus tardanzas no "se excedían del exceso" tolerado habitualmente).  De los sonetos y romances adolescentes, de cuya dudosa calidad y abundante producción fue víctima la buena voluntad de “la Señora Gilda”, pasamos a las interminables conversaciones acerca de la vida, en las que mis arrogantes lecturas de Nietzsche, Sartre, Camus, Russel o Hesse se enfrentaban, en larguísimas y amables polémicas, con su conocimiento y experiencia.  Hubo una conversación que jamás olvidaré, me hallaba yo escribiendo poemas doloridos por alguna cuyos favores me fueron adversos y ella, que los corregía impasible e implacable, se detuvo, con la confianza que los años nos habían dado, a preguntarme qué sucedía.  Un “lo de siempre” fue suficiente y nos embarcamos en una larga charla de la que recuerdo, con la misma nitidez de entonces, las últimas palabras: “este no es tu tiempo, tu tiempo vendrá después, cuando seas más grande, cuando sean otras cosas las que importen, esas cosas que son las verdaderamente importantes”.  Sé que cada vez que cuento esto reinvento la frase que mi mala memoria tergiversa artera, pero el espíritu y el cariño con la que fue dicha y escuchada se mantienen incólumes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gilda y Beatriz probablemente no lo sepan, pero, más allá de la distancia voraz, más allá de los kilómetros que se multiplican, más allá de la imperdonable ingratitud del exiliado con pocos días de visita en la ciudad, más allá de mis silencios, de mis ausencias, de mis olvidos que jamás recuerdan aniversarios ni cumpleaños, más allá de las letras de mis historias –a veces claras y a veces confusas, a veces tristes y a veces irónicas–, más allá del tiempo y más allá de todo, ellas sobreviven con la serenidad de lo certero, con la calma de lo que es verdad, con la tranquilidad amable de lo que ya no necesita de pruebas ni evidencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así como sé que mi madre está sin estar (sin jamás abandonarme) en cada uno de los pasos que recorro del camino, sé también que Beatriz y Gilda, en sus formas, en sus modos, en sus respetos y sus cautelas, se hallan en esa triada magnífica de amores únicos que hacen que este mayo –demasiado diciembre y demasiado lejos– se ilumine, otra vez, de esperanzas y proyectos, de sueños e ilusiones, de caminos probables y estaciones seguras donde será imposible estar solo, donde la soledad –esa vieja loba hambrienta– no podrá devorarme porque ellas, madres verdaderas, madres en cuerpo y alma, madres infinitas, velan incansables, cada cual a su manera, porque yo –niño para ellas todavía– pueda alcanzar una vez más el puerto y dormir en su paz y en su certeza mientras recupero fuerzas para la batalla del próximo día.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-2708182512284932883?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/05/demasiados-octubres-este-mayo.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-2802751045139813411</guid><pubDate>Sun, 04 May 2008 07:13:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-05-04T19:30:20.636-05:00</atom:updated><title>JUAN PABLO</title><description>A las devotas que pensaron que este artículo iba a ser una especie de remembranza del papa Wojtyla, lamento desilusionarlas, Juan Pablo es un argentino de veintitrés años que ha recorrido buena parte de Latinoamérica a pie, en bus y en barco, valiéndose de sus estudios de joyería y de su habilidad como malabarista.&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;span style=""&gt; Lo conocí ayer en la noche, acababa de ver una película que narra las angustias de una joven abortista en medio del asfixiante ambiente de Rumania en los últimos años de Ceausescu, el dictador que luego sería fusilado junto a su esposa en la navidad de 1989. La cinta en cuestión, digna del cine europeo, abundaba en ansiedad y zozobra, lo que hacía lenta y pesada su digestión; así que, para que el proceso fuera menos amargo, decidí acompañarla con un jugo de fresas con leche que ofrece un kiosco que se ha apoderado de la calle solo a una cuadra del centro comercial donde suelo ver películas y a unas diez de la puerta del edificio que me alberga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iba, con la boca endulzada por el “batido de fresa”, pensado en lo que escribiría esta semana. Tenía decidido hace varios días hablar sobre la lluvia, esa lluvia que llega, todo lo inunda, todo lo desborda y todo lo limpia. Meditaba metáforas y buscaba ideas cuando llegué al semáforo de siempre, en la esquina del parque, al lado de la gasolinera. La luz acababa de cambiar y el rojo detuvo a los automóviles y me cedió el paso, en sentido contrario avanzaba un joven rubio y delgado jugueteando con algo en las manos, se detuvo en medio de la pista y, al pasar a su lado, vi que manipulaba unas bolas de colores con los que empezó a hacer malabares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerrada como estaba la noche, las bolas, que se encendían en luces multicolores y psicodélicas, llamaban la atención. El malabarista dominada su oficio, jugaba con ellas como si las llevara sujetas de algún hilo invisible, las hacía volar por los aires, se las pasaba por los brazos, por los hombros, por la cara, y realizaba tan bien su rutina que me dejó de sorprendido espectador de la función. Diez segundos antes de la que luz se pusiera verde nuevamente, detuvo su trabajo, hizo una reverencia y se acercó sonriente a los automóviles; más de una ventana cedió y más de una persona premió su trabajo con unas monedas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo esperé. La curiosidad pudo más que mis ganas de irme a dormir y lo saludé. Él respondió amable y pronto estuvimos conversando animadamente sobre sus peripecias a lo largo del continente americano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tiene veintitrés años y se llama Juan Pablo. Es argentino de tercera generación, sus bisabuelos llegaron a Buenos Aires a comienzos del siglo XX y sus abuelos se trasladaron a Bariloche, donde él nació y donde el “nono” fundó una funeraria. En la sangre lleva varias sangres (criollos, italianos, españoles y hasta una gitana forman su genealogía), pero “soy argentino, aunque soy vegetariano y no me gusta el fútbol”. Lo gitano lo lleva en las venas, “los emigrantes no sabemos quedarnos quietos” me dice en ese plural que me confirma que también soy extranjero en estas tierras. Empezó a recorrer América “apenas me dieron el pasaporte”, porque “en mi país podés manejar y comprar cerveza desde los dieciocho pero no podés viajar sin permiso de tus viejos hasta que tengas veintiuno”, así que apenas los cumplió armó un morral con sus cosas y se fue a andar por el mundo. Antes, en el camión de un tío transportista, había recorrido media Argentina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha vivido estos últimos años gracias a dos talentos, sus estudios de orfebrería, que le permitieron ir creando con sus herramientas aretes, collares y pulseras que fue vendiendo o canjeando por alimentos y vivienda (“un cuarto, un colchón en el piso, un poco de agua, aunque sea fría, pero eso sí lo primero que tenés que hacer al llegar a cualquier ciudad es averiguar dónde pasarás la noche; en la calle jamás, es bueno ser aventurero pero no idiota”) y su necedad (“los tanos somos tercos, hace años, cuando estaba estudiando joyería, mi novia de entonces se apareció un día en el taller y me llevó tres bolas para hacer malabares y me retó a que aprendiera a usarlas, allí estuvieron las bolas varios días, las miraba y las miraba, hasta que una tarde empecé a lanzarlas al aire y me pareció imposible, se me caían, no lograba coordinar, no les encontraba el truco, pero soy tano y soy necio y no paré hasta que lo hice, me demoré más de un mes, pero lo logré, luego aprendí que todo se trata del ritmo, si tenés oído musical es mucho más fácil pero si eres una persona como yo, sin talento para la música, siempre te quedan los números, cada movimiento tiene un número y la combinación de ellos te da la rutina, ahora le puedo enseñar a cualquiera el trabajo básico en una hora”).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace tiempo, su mejor amigo (“¿amigo del alma?”, “no, amigo de la vida”) emigró a México (“se vino a buscar laburo y ahora trabaja de modelo publicitario y le va bien”) y él le hizo la firme promesa de seguirle los pasos (“no sé cuándo, pero iré”). No se dio cuenta, pero a los veintiuno, cuando con su morral a cuestas comenzó su jornada “por viajar un poco”, empezó a cumplir su palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con el pasaporte en la mano se dirigió al norte en tren, primero a Buenos Aires, esa maravillosa inmensidad, después, Mendoza, Córdoba, Tucumán, Salta y, de allí en más, empezar a saltar fronteras. Bolivia le pareció un lugar hermoso, “sobre todo la parte de Santa Cruz”, la gente es amable y acogedora, luego el Perú, “un país espectacular”, Puno, Cuzco, Arequipa, Lima, Trujillo, Cajamarca, Piura, “me lo recorrí todo, trabajando en todas partes, estuve viviendo en Barranco, ¿no crees que se parecen Barranco y la Condesa?, yo creo que sí, aunque más se parece a Palermo en Buenos Aires; me encantó Huanchaco, qué playa más hermosa, viví en una academia de tablistas, comiendo ceviche, porque lo mejor del Perú es su comida, es deliciosa”. Después Ecuador, “donde viven medio acomplejados por el tema del dólar, la policía te persigue porque crees que vas a llevarte sus dólares, como si fueran suyos y no de los gringos”. Luego Colombia, “un país bello, con gente amable y educada, aunque Cartagena es un lugar muy caliente, mucha droga, muchas redadas” y, finalmente, Venezuela “a donde he llegado en dos oportunidades y, no sé por qué, es donde peor te tratan, no te dejan trabajar, te persiguen, si ven a alguien laburando en las calles lo paran y si te paran te ponen contra la pared, te sacan todo el dinero que tengas y se largan, te asaltan y se van, yo he estado en todas partes, me he metido a zonas pobres y zonas peligrosa y jamás sentí miedo, después de Venezuela fui a Brasil, he vivido en favelas y nunca tuve temor, en el único lugar donde sentí miedo fue en Venezuela, y solo cuando veía a la policía, en todas partes de América la policía quiere algo, es verdad, en todos los países si te paran, te van a sacar dinero, te piden una contribución, unas monedas, unos mangos, y se van, saben que estás igual que ellos y que tenés que ganarte la vida, pero en Venezuela te maltratan, dicen que hay muchos argentinos, te golpean y te roban; acá en México, por ejemplo, no se meten con uno que está trabajando en las calles, al contrario, los patrulleros pasan y se quedan mirando, hasta me invitan un refresco, el otro día una chica medio desubicada me gritó en esta misma esquina, me dijo que era un muerto de hambre, la patrulla que estaba viendo mis malabares detuvo el tráfico y por el altavoz dijo que se identificara la persona que había cometido esa falta contra los buenos modales, fue muy gracioso ver a la policía defenderme…”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha recorrido mucha América, “no pude seguir mi viaje por tierra a Centro América porque no hay carretera, tenés que tomar una avioneta a Ciudad de Panamá y te exigen quinientos dólares de garantía, además, estando en Caracas me enteré que iba a ser tío, así que decidí darme la vuelta para ver a mi hermana, me fui por la sabana, pasé por la selva, estuve en los ríos, recorrí el Amazonas en barco y he visto los atardeceres, echado en mi hamaca, en la cubierta, mateando y perseguido por una docena de delfines rosados que acompañaban la nave como jugando, crucé todo Brasil y me enamoré varias veces, qué minas más hermosas, después pasé por Paraguay y llegué a Argentina y estuve con mi hermana para el parto, aún me quedé un par de meses más, compré nuevas herramientas, hice nuevas joyitas, junté algo de dinero y me lancé de nuevo, cuando llegué al Perú por segunda vez llamé a mi amigo y le dije que ahora sí, que me fuera haciendo un campo en su depa, que ya iba para allá, un año después tomé el avión en Caracas y llegué a México”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¿El futuro?, no sé, no me preocupa demasiado, quiero seguir viajando, quiero seguir conociendo gente y lugares, creo me quedaré un buen tiempo en México, me encanta, vivo en la Condesa, en una quinta, el cuarto me cuesta poco y, con lo que saco trabajando, me alcanza; claro, hago de todo, trabajo de mozo y también de modelo para comerciales y extra en telenovelas, me muevo todo el día, llamo aquí y allá y siempre consigo algo, por suerte jamás he pasado hambre, siempre he tenido algo que comer y un lugar donde pasar la noche, tengo una mochila con mis cosas pero casi nada es indispensable, varias veces lo he vendido todo para comprar el pasaje para la siguiente ciudad, no me gusta quedarme en un lugar por mucho tiempo, pero acá la paso bárbaro, así que estoy regularizando mis papeles con un abogado trucho que trabaja en migraciones, todavía le debo quinientos dólares así que aún no me devuelve mi pasaporte, pero ya tengo un permiso de trabajo, cuando me canse me iré, como siempre, ¿a dónde?, quiero ir a Europa, tengo amigos que allá, hacen lo mismo que yo y les va muy bien y regresan cada año a ver a la familia, yo primero quería llegar a México, para cumplir mi promesa, después ya veré, si no junto lo suficiente, a lo mejor me voy a Centro América un tiempo y regreso a Argentina a ver a mi viejita, mi mamá siempre me dice que me extraña…”.&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-2802751045139813411?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/05/juan-pablo.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-6458207370466157646</guid><pubDate>Mon, 28 Apr 2008 03:16:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-04-28T06:56:46.346-05:00</atom:updated><title>CONDESA</title><description>Si tuviera que emigrar nuevamente a México –el que abandonaré indefectiblemente en cuatro semanas– viviría, sin pensarlo dos veces, en Condesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando mis circunstancias (sí, esas que varían tanto como una adolescente indecisa) me obligaron a buscar un lugar donde depositar mi humanidad y seis maletas con mi ropa y cuatro docenas de libros, recorrí media ciudad buscando el lugar ideal para mudarme (primer error, el “lugar ideal” no existe, es tan solo una pretensión de nuestra mente, pretensión inútil pero indispensable, como el amor, la felicidad o la vida eterna).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Revisé decenas o cientos de avisos económico, hice tantas llamadas que me irrité la oreja y recorrí las calles y avenidas de México en los horarios más tortuosos y procesionales que pueda uno imaginarse.  Para empezar, mis circunstancias (de nuevo) atentaban contra mí, un sujeto que quiere alquilar un departamento por cinco meses se ve sospechoso, poco rentable y molesto, no es raro que pronto las negativas empezaran a sucederse.  Luego, hallar un lugar espacioso pero no inmenso, cómodo pero no lujoso, pequeño pero claustrofóbico, se convierte en un vía crucis, por lo que, entre los “no” de los que nunca fueron mis caseros y los “no” míos, el resultado fue un desastre.  Finalmente, algo más parecido a la desesperación que a una epifanía me llevó a revisar mis anotaciones y llamar nuevamente al hotel que había descartado por esa propaganda estrambótica (“su hogar lejos de casa”) y porque sus tarifas eran una evidente amenaza contra mi presupuesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Experto ya en la lectura de los avisos que aparecen en los diarios y en Internet (donde un “estacionamiento garantizado” era “el espacio que encuentres en la calle” y un “baño completo” una ducha infame debajo de una escalera) no me sorprendió que el bar y el gimnasio solo estuvieran en la imaginación del redactor ni que los amables empleados efectivamente fueran “fluidos en dos idiomas”, español y mexicano...  Nada de eso fue importante, el lugar estaba limpio, había sido remodelado hacía relativamente poco, los muebles se hallaban bastante bien y la “suite junior” tenía el suficiente espacio para que diez pasos separaran la mesa de la cama “King” que se ofrecía generosa.  Haber conocido a Josefina que no solo se encargaba de la limpieza sino con quien negocié amablemente el lavado de mi ropa fue la última razón que necesitaba para decidirme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta ese momento Condesa era para mí un barrio absolutamente desconocido del cual había escuchado mil cosas  (cantinas, restaurantes, bohemia, vida nocturna) pero a donde solo había ido dos veces; la primera, a un bar medio snob en el techo de un viejo hotel reciclado donde ni el sushi ni la atención justificaban el monto de una factura que canceló la dorada tarjeta corporativa de uno de los comensales (¡tiempos aquellos!) y, la segunda, a una sala-bar donde fui a deleitarme escuchando la voz de Rejas, mi alumna, uno de los pocos nombres que me llevaré en la alforja de los recuerdos mexicanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ambas ocasiones ir había sido poco menos que una aventura, las calles y parques y avenidas se cruzaban sin aparente orden, hacían círculos extraños y extraviaban al novato; cada vez, tres o cuatro vueltas fueron necesarias para encontrar los respectivos locales.  Además, estacionar es imposible y debes someterte a la buena voluntad (y a la tarifa) de los valet parking, toda una institución en México.  Por eso, decidirme por ese barrio (con la poca información con la que contaba) fue poco más que un tiro al aire que, para mi suerte, dio en el blanco del único pato que sobrevolaba el lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muy pronto descubrí que Condesa es para caminarla, así que decidí recuperar ese hábito que tenía extraviado en mi flojera.  Me empeñé en fatigar las calles, como decía Borges, lanzándome, sin más guía que un par de puntos referenciales y algo de sentido común, a recorrer cada cuadra, cada espacio, cada parque, entrando en cada tienda, en cada café, saludando y preguntando, dejando que la amabilidad inalienable de los mexicanos guiaran los pasos del extranjero extraviado en mitad de las calles amigables y hermosas de un barrio que, aunque Mario diga que no, me pareció su Barranco o mi viejo y decadente Miraflores de la adolescencia.  Un espacio viejo pero no definitivamente envejecido, porque junto a las señoras solitarias que pasean a sus perros y a los señores solos que se toman un café melancólico en el mismo lugar de siempre, también coexiste una multitud de parejas jóvenes con niños sobre excitados por el exceso de azúcar en la sangre que deambulan por los jardines histéricamente felices (nada es perfecto), y también se ve, como quien ve una aparición, a decenas de muchachas corriendo en apretados pantalones (para alegrarnos más y engordar menos) por un parque inmenso que no solo tiene el natural decorado de árboles centenarios sino que cuenta con una provisión incansable de vendedores ambulantes que ofrecen desde un jugo de frutas recién torturadas hasta una grasienta y deliciosa porción de papas fritas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero lo que me enamoró de Condesa no fueron sus parques ni sus calles tomadas por modernos bares, cafeterías y restaurantes que no se dan abasto porque lucen abarrotados permanentemente por esa clase media mexicana que puede gastarse entre diez y cuarenta dólares sin poner en riesgo el presupuesto familiar.  No, lo que me enamoró de Condesa fueron las cuatro o cinco calles que rodean el hotel donde vivo (cuyos habitantes –hasta donde he visto y hasta donde el conserje me ha contado–  forman una fauna variopinta que va desde el empresario sexagenario que lo usa de refugio hasta la modosita –y extranjera– prostituta de alto vuelo que establece aquí casa en los meses que permanece en la ciudad y, al medio, trabajadores temporales, estudiantes provincianos, emigrantes buscando casa, parejitas discretas y hasta una noble anciana que ha decidido pasar sus últimos días en bata y ruleros compartiendo su habitación con recuerdos y fantasmas).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alrededor de “mi casa” es posible hallar una carnicería (de esas de barrio que solo venden carne y no pretenden comportarse como supermercados –y cuyos servicios jamás usaré porque no cocino–), una academia de flamenco (en la que me inscribiría sólo por compartir “el tablao” con las mujeres, arrogantes y estilizadas, cuyas siluetas, que se ven detrás de las cortinas, con ese gesto y ese desplante con el que me imagino a todas las gitanas), una panadería pretenciosa (que no solo huele a delicioso pan caliente sino que también tiene una bodeguita y hasta un horno de donde salen unos pollos dignos de ser mencionados y a cuya puerta –de la panadería, no del horno– se colocan vendedores que ofrecen paltas inolvidables, tacos al paso, chicharrón crocante, y salsas y aderezos “caseros” que no he probado pero que las señoras del barrio compran en cantidades industriales), una farmacia medianamente desabastecida (que aún atiende el dueño que, como es de rigor, es viejo y malhumorado y siempre está limpiando los vidrios en el inútil empeño de mejorar su imagen), una tienda de alquiler de películas (a las que no puedo acceder porque no tengo un recibo de luz y la fronteriza del escaparate no comprende el “vivo en un hotel, señorita”), un “salón de belleza (que siempre veo vacío), una heladería (que, como todas las heladerías de México, se llama “la michoacana”), un restaurante de lujo (que me dicen –los muchachos del valet parking a los que siempre saludo– que tiene como especialidad el pato, que a mí me encanta, y al cual me he prometido invitarme antes de que mayo termine y con él mi temporada mexicana), una librería de viejo (colmada de libros usados, llena de estantes y repisas donde descansa la sabiduría de la humanidad a precio de oferta, a la que a veces entro solo por recordar el aroma combinado de la madera, el cartón de las carátulas y las hojas gastadas y manoseadas de los miles de volúmenes que allí reposan), dos cafeterías (una, moderna y aparentemente cómoda, a la que nadie va, y la otra, con muebles viejos y rígidas sillas de madera, que siempre está llena), una chocolatería (que prepara un delicioso chocolate caliente que resulta soberbio acompañado de una torta del mismo sabor y de proporciones homéricas cuyo único defecto es el montón de pecanas ralladas con las que debo lidiar por un buen rato antes de librar tal manjar de un adorno prescindible y molesto), un centro de “spinning” (cuyos horarios antojadizos se cruzan –felizmente– con los míos), un centro de terapia adelgazante (donde la promotora me mira con ojos golosos desde su mostrador y no porque la tiente mi esbelta figura sino por la jugosa comisión que implicaría un contrato para bajarme de peso), dos gasolineras (una que jamás he usado y otra cuya única virtud es mi apego rutinario a las más pedestres costumbres), un restaurante de mariscos (al que nunca iría por el absurdo pero tenaz prejuicio de que México se halla “muy lejos del mar”), uno de comida japonesa (que no me tienta) y otro de pastas (al que no he entrado porque siempre está lleno y yo me resisto sistemáticamente a hacer colas por un trauma juvenil que me dejó el presidente García en su primer mandato, donde la escasez y el desabastecimiento crecieron simétricamente con la corrupción).       &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso es todo.  Amo Condesa porque me recuerda los lugares de mi adolescencia, los rumbos de mis primeros años.  Amo Condesa porque conserva la serenidad de los barrios viejos iluminada por la vitalidad de sus inquilinos jóvenes.  Los más conservadores se quejan de la proliferación de los locales comerciales, del tráfico cada día más complicado, de los edificios que se levantan sobre los cadáveres de viejas casas que albergaron familias que el tiempo deshizo, de los bares y de la música, de los planes para construir más estacionamientos y de las intenciones oscuras de cerrar algunas avenidas en beneficio de los comerciantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Puede ser que los apocalípticos tengan razón, puede ser que esa tradicional Condesa esté muriendo, pero jamás he visto un decaimiento más florido.  Jamás, como ahora, he regresado a esos parques y a esas calles donde latió mi infancia, donde creí en los sueños, donde también fui niño.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-6458207370466157646?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/04/condesa.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>10</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-2362590526151732388</guid><pubDate>Sun, 20 Apr 2008 14:28:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-04-20T09:32:58.786-05:00</atom:updated><title>JIS 9</title><description>&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Como bien decía Borges, “la solución del misterio es siempre inferior al misterio”, por ende, seré breve.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Me dirigí al ascensor para acudir a mi octava cita, esta vez con un colegio en Rumanía (cuya ubicación me emocionaba pero cuya labor –con niños de cuatro a ocho años– me llenaba de espanto).&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Mientras esperaba, me encontré nuevamente con Philip, “¿y?”, me preguntó. &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Le conté que tenía dos ofertas “firmes”, Emiratos e Indonesia, le pedí consejo.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;“Emiratos es muy buen lugar para trabajar pero Indonesia es extraordinario, es una de las escuelas más prestigiosas, sus profesores son tan codiciados que dicen que después de trabajar en Jakarta puedes irte a trabajar a donde quieras”.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;“Sí, –respondí distraídamente, mareado en mis propias divagaciones, sin reparar demasiado en lo que me decía– lo estoy pensando.”&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;“¿Lo estás pensando?”, retrucó sorprendido, sin ese tonito irónico y burlón que lo caracteriza; algo sucedía… “¡Después de que he hablado con ellos por una hora!”.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Lo miré y entendí. &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;“Ese dato me faltaba”, dije y él no comprendió nada.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Pronuncié “gracias” y me fui, iluminado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Con Rumanía fue una amable conversación sobre… Emiratos e Indonesia.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Tammy, una encantadora y hermosa mujer en la última recta de su cuarentena, me recibió con mucho entusiasmo aunque de inmediato vio en mi rostro eso que solo las mujeres que son madres pueden ver y me preguntó: “¿ya tienes ofertas que te interesan, no?”.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;La miré arrepentido y culpable, ella sonrió.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Le dije que sí y coincidimos en que, con dos propuestas para enseñar en secundaria, la posición que ella tenía, en primaria, no era la ideal, “si te di una cita aunque no tienes experiencia con niños, fue por tus libros infantiles y tus recomendaciones, me gustaron”.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;De allí en más me contó de sus vivencias tanto en Medio Oriente como en Asia; tenía ya más de veinte años en el circuito de colegios internacionales.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Me habló de ventajas y desventajas, de costumbres y tradiciones y, como si se tratara de una vieja amiga, me dedicó media hora de su tiempo (que en esas circunstancias es crucial) dándome todos los consejos imaginables para hacer más llevadera mi próxima vida de profesor expatriado.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Lo que vino después fue un trámite, un paseo por el hotel.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Primero, a Corea, a decirle a la amable señora que allí me esperaba, que declinaba la cita que tan gentilmente me dio porque “ya he aceptado una oferta de trabajo”; luego, a Indonesia, a decirles “sí” (sonrisas, estrechadas de manos, abrazos, congratulaciones, bienvenidas, “por ahora no hay nada que firmar, nos basta con tu palabra, mañana te llegará un correo haciéndote un ofrecimiento formal, sólo tienes que responderlo y el proceso comenzará”), y, finalmente, a Emiratos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Alan me saludó con esa amabilidad tan natural, con ese gesto tan humano, que es imposible que sea impostado.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Recibió el “no, gracias” con la misma calma con la que habla y me dijo “así es este negocio, no te preocupes”.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Me preguntó por el nuevo trabajo, en dónde era, qué tan buenas eran las condiciones y, después de escucharme narrarle toda la historia, reflexionó: “es difícil competir con esa oferta, si yo estuviera en tu posición hubiera tomado la misma decisión”.&lt;span style=""&gt;   &lt;/span&gt;Nos despedimos como dos amigos que se frecuentan (y algo me dice que volveré a verlo).&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Todo lo demás era previsible; las congratulaciones, las risas, los saludos, los buenos augurios,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;la camaradería entre los extraños que allí nos reunimos ese fin de semana.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Hablé con Sally, quien recibió feliz la noticia, como si de un hijo suyo se tratara, hablé con Philip y con Carol que celebraron la nueva y me felicitaron.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Era sábado en la noche y la feria terminaba para mí.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Marc aceptó un puesto en Tailandia (así que nos veremos), Jessica se nos marcha a Polonia (que eligió entre media docena de muy buenas ofertas), Gail irá a explorar el Medio Oriente en una escuela en Dubai y Maki decidió permanecer un año más en México.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;De los otros supe que Judy optó por Brasil y que Randall andaba persiguiendo la posición en Argentina. &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;A la interesante cubana, no la vi más. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;El domingo en la mañana partí rumbo al aeropuerto.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Aún les debo una larga visita a Nicolás y a Paco, a Simón y a Varún, a Stephanie y a Caterina, mis ex alumnos, mis amigos ahora, que tan bien me recibieron y con quienes pasé esas noches comiendo hamburguesas y conversando interminablemente, con tanta calidez que el feroz frío de Boston pareció deshacerse.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Ahora estoy acá, en este Distrito Federal que luce más soleado desde que sé que me voy, como si me dijera “quédate”, como si sus calles me invitaran a seguir recorriéndolas, como si sus cafés me ofrecieran un último capuchino, como si el metro prometiera llevarme por nuevas rutas a nuevas estaciones y nuevos destinos, como si fuera posible hacerme una vida acá, rehacerme, completarme, hallar la extraviada ruta de mí mismo.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Pero ya lo dijo César, “la suerte está echada”, y me lanzo a este nuevo reto entusiasmado y curioso, como el niño que fui, como el niño que soy –a veces– cuando llueve en las tardes, cuando sonríe una mujer, cuando canta un pájaro, cuando llora un hombre, cuando el sol y la luna se ven a un mismo tiempo.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Me figuro ya entrando a mi nuevo salón con la misma emoción con la que ingresé a mi primera clase; María Gracia, mi primera ex alumna, a quien hace tanto quiero, no me dejará mentir.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt; text-align: left;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Las naves arden en la orilla, el pasado es un montón de recuerdos (a veces cálidos, a veces crueles, pero indispensables) y no soy de los que se detienen a esperar que la salvación o la muerte vengan del cielo.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Sigo andando y, si los viejos dioses quieren, el próximo veinticinco de julio pisaré, aún con treinta y ocho años, Jakarta, Indonesia, Asia; y empezaré, una vez más, otra jornada.&lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-2362590526151732388?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/04/jis-9.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>6</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-1379594593183131320</guid><pubDate>Sun, 13 Apr 2008 19:04:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-04-13T17:59:46.024-05:00</atom:updated><title>JIS 8</title><description>No sé si mi actitud cambió, no sé si mi autoestima sufrió una repentina sobredosis de adrenalina, no sé si los astros se alinearon o si los dioses –los viejos dioses– hicieron lo suyo, solo sé que a partir de ese momento supe que mi destino empezaba a tejerse lejos, muy lejos, en un lugar que aún no me imaginaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La segunda reunión con los representantes del colegio en China fue con el jefe del que podría ser mi jefe, un señor mayor, tradicional, que hizo preguntas tradicionales.  Me llamó la atención que fuéramos interrumpidos dos veces por cuestiones burocráticas, y aunque la muchacha que tocó la puerta se aproximaba a una tentación, me mantuve impasible.  No sé qué pudo ser, pero percibía que quien iba a ser mi director (el que me dijo “a las dos nos vemos” el viernes) sí quería contratarme mientras que su jefe (el superintendente) no se hallaba muy convencido.  Todo terminó con un siempre amable “antes de las cinco de la tarde te dejaremos un mensaje en tu folder”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de que la entrevista con China (“gran colegio, gran oportunidad”) no había sido muy esperanzadora, me sentía relajado, tenía una oferta en el bolsillo y eso me llenaba de tranquilidad y de calma.  Bajé a “nuestro lugar” y me puse a conversar con Jessica mientras esperábamos a Marc para ir a comernos algo; él llegó después de una hora y enrumbamos a la cafetería.  Antes, por consejo de la bella, fuimos a ver si teníamos correspondencia.  ¿Me habrían escrito los de China?  No me sorprendió no hallar nada de ellos y, en cambio, encontré un mensaje de Indonesia que me halló desprevenido.  Me pedían que me comunicara “apenas pudiera”, así que los llamé.  “Nos encantaría verte de nuevo”, me dijo Joseph y le dije “genial, puedo en este momento”.  Me pidió media hora “para terminar con una entrevista” y me citó “a las 14:30”.  Dejé ir a Jessica y a Marc, mi almuerzo tendría que esperar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa media hora pasó con la lentitud de una procesión y yo, cual fiera enjaulada (y hambrienta), iba y venía por los corredores.  Cuando llegó el momento me encaminé al  ascensor y pasé por el salón de los reclutadores donde Philip almorzaba lo que me pareció que era una ensalada de frutas.  Lo saludé y le dije, “hola, jefe, me voy a una segunda entrevista con los de Indonesia”, “lo sé”, me dijo, “he conversando con ellos”, “¿y eso es bueno?”, pregunté intrigado, “ya lo veremos”, respondió el inglés con el tono flemático que lo caracteriza, “después me cuentas”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subí con más curiosidad (con más impaciencia y más hambre), y esperé.  Como a las dos y cuarenta se abrió la puerta, salió una señora que tenía ese aspecto eternamente joven de las maestras de primaria que, hecha toda ella una sonrisa, se despedía de Joseph y David.  Ellos correspondieron la despedida amable y parcamente mientras me saludaban, me hacían pasar y se disculpaban por la demora.  Aún no me había acomodado bien en el sillón cuando David disparó: “en realidad el propósito de esta segunda reunión es ofrecerte un puesto en Jakarta”.  Supongo que el desconcierto se apoderó de mi cara pero, antes de que pudiera pronunciar palabra, Joseph habló y me explicó, en veinte minutos, cuál era la oferta laboral que me estaban haciendo, me habló de los beneficios, las exigencias, las necesidades y los retos de la posición, y agregó “estamos convencidos de que tú eres la persona indicada”.  Algo que me dio mucha alegría fue saber que, más allá de mis papeles o de mi currículum, lo que los había decidido a proponerme el trabajo fueron “tus referencias, no solo las de los padres de familia, que hablan muy bien de tu relación con los alumnos, sino las de tus jefes, con quienes acabamos de conversar largamente”.  Me dijeron que no querían que tomara una decisión apresurada y me preguntaron “¿cuándo crees que puedas darnos una respuesta?”; yo, que detesto irme a dormir con incertidumbres (nunca se sabe si amaneceremos mañana), les respondí: “antes de que termine el día”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajé, sin recuperarme aún del asombro, a nuestros “cuarteles generales”.  Mis amigos ya habían regresado de comerse una hamburguesa y empezamos con el recuento de los acontecimientos.  Jessica tenía ya como cuatro ofertas de trabajo, Marc tenía una que no le convencía y estaba aguardando dos que aparecían como muy atractivas.  Por su parte, Gail había recibido dos propuestas, una que no la entusiasmaba demasiado y otra que le encantaba pero cuyo paquete económico era menos atractivo.  Si hacía veinticuatro horas nos atormentaba saber si íbamos a obtener siquiera una oferta, ahora las dudas hamletianas radicaban en cuál aceptar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como Sally lo había anunciado, las cosas se movieron con rapidez ese día, no eran ni las tres y treinta de la tarde cuando aparecieron los famosos cartelitos pegados en las puertas: “mi compañero de habitación ya consiguió trabajo y se fue de Boston, si alguien quiere compartir dormitorio para bajar los gastos, llámeme a…”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Lo difícil comienza cuando tienes que decidir”, había dicho Sally, y no le faltaba razón.  Empezamos a comparar países, ofertas, posibilidades y, en la conversación, Marc dijo “yo no iría a ningún lugar donde deba compartir mi departamento con otras personas, no es que no sea demasiado exquisito, es que ya estoy muy viejo para eso, ¿qué pasa si al otro le gusta la música que detestas o si tiene otras costumbres o si es desordenado?”.  Yo no había pensado en eso, pero lo que decía era muy cierto.  Como Marc, tengo mis años recorridos, mis manías, mis costumbres y ya suficiente cambio es vivir en un país lejano donde hablan otro idioma, rodeado de compañeros de trabajo que tampoco hablan tu idioma (lo dije en cada entrevista “sé que seré un expatriado aún entre los expatriados, pero me gusta el reto y mejoraré mi inglés”).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dispuestos a encontrar “la mejor entre todas las ofertas” revisamos las condiciones generales de cada colegio que nos había propuesto trabajo o que creíamos que podría hacerlo (en mi caso, China seguía pendiente y me quedaban aún entrevistas con Rumanía y Corea, dos cartas sin jugar que se mostraban interesantes, sobre todo aquella que me permitiría irme a vivir a la vieja Europa, ese lugar que dejaron hace tantos siglos algunos de los de mi sangre). Nos servimos de todas las herramientas puestas a nuestra disposición, revistas, encartes, folletos, propaganda, páginas web y, sobre todo, del programa que tiene la asociación.  Es un sistema muy útil, así como les permite a los reclutadores tener la información básica de los postulantes, de la misma manera, les ofrece a los profesores un resumen bastante claro de los paquetes laborales que cada institución ofrece, lo que hace sencilla la investigación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Lo que ofrecen es lo que ofrecen”, dijo Jessica cuando en algún momento comenté que a lo mejor lo que estaba escrito en la página era más referencial que real, “recuerda que son contratos estándares, es difícil que una empresa cambie su política por ti”  Entonces me acordé de Eddie (por quien estaba en medio de todo esto), él ya me había explicado que, “salvo un interés o una necesidad especial del parte del colegio”, lo que ofrecían era lo que daban y que el margen de negociación era muy limitado.  “Los gringos no son como los latinos que se guardan cartas bajo la manga a ver cuánto pides y cuánto pueden ahorrarse, ellos tienen un tarifario y se apegan a él, para bien o para mal”, y era verdad, el “regateo”, esa maravillosa costumbre latina que implica que el vendedor le suba el precio al producto solo para darle al comprador el gusto de “bajarle” el costo, es algo que pocas veces he visto en Norteamérica, donde no faltan “ofertas” y “remates” pero que no dependen de la habilidad de negociación del cliente sino de la voluntad (o necesidad) de la empresa.  Así es, el famoso –y a veces odioso– “take it or leave it” de los gringos también aplica para los contratos internacionales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras inspeccionábamos todas las propuestas Marc encontró el encarte de un colegio que ya lo había entrevistado y que él descartó, “sí, ayer me entrevisté con este colegio que queda en los Emiratos y me lo dijeron, en el Medio Oriente es restringida la oferta de vivienda, por eso los que van solos comparten departamento”.  Me pasó el documento y busqué en todas las páginas esa información y hallé que tenía razón.  Claramente se leía en el apartado titulado “alojamiento”: “El colegio ofrece un departamento para los matrimonios y un departamento para cada dos profesores que viajen solos, con habitación y baño individual”, pensándolo bien no era tan grave –“baño individual” –, pero ya era un punto débil a tomar en cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supongo que cuando uno tiene dieciocho años es fascinante la idea de vivir en un departamento con tus amigos pero, veinte años después, pesan otras consideraciones.  La casa es el rincón que uno tiene para hallarse después de una jornada de trabajo, para recomponerse, para encontrar paz y descanso, no importa que sea una mansión o que ocupe solo treinta metros cuadrados, importa que tengas un espacio “tuyo” para recibir a tus amigos o disfrutar de tu soledad, para escuchar música o leer en silencio, para gozar mental, física –y hasta digestivamente– de esa privacidad y de esa intimidad que nos permiten rehacernos, completarnos y ser seres sociables la mayor parte del tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Esto es una feria”, completó Marc, “ellos vienen a escoger a los profesores que más les gustan y nosotros también aceptamos la mejor oferta, que te quede claro”; la pragmática visión de mi nuevo amigo de larga cola de caballo, me dejó pensando...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-1379594593183131320?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/04/jis-8.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>5</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-3184549661372972592</guid><pubDate>Sun, 06 Apr 2008 03:36:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-04-06T19:04:51.017-05:00</atom:updated><title>JIS 7</title><description>El sábado empezó temprano.  Era un día clave; el punto culminante de esta feria, puesto que, realizadas las primeras entrevistas el viernes (y con la lógica de “converso primero con quien más me interesa”), ya varios colegios tendrían esa mañana ofertas para muchos del medio millar de profesores que inundábamos los corredores, las cafeterías y los baños del hotel.  Según Sally nos dijo, “a las instituciones se les pide que les otorguen a los postulantes un plazo de 24 horas para que evalúen las propuestas y tomen una decisión”.  Sabíamos que la presión iba a ser grande y que “la puja” por contratar a los profesores era una batalla aparte que librarían directores y jefes de personal.  Jessica, que todo lo sabe, terminó de explicarlo muy bien: “es el sábado cuando empieza la verdadera tensión, porque el viernes llegamos con la preocupación de conseguir entrevistas y, si las cosas fueron bien, podemos recibir dos o tres ofertas y allí comienza lo más complicado, elegir.  Peor es cuando el colegio que realmente te interesa, en París o en Tokio, recién te ha citado el sábado en la tarde y, ese día en la mañana, recibes una tentadora oferta de un colegio que queda en Samarcanda o Tanganica, lugares a donde no has planeado mudarte el próximo semestre, entonces, ¿esperas a riesgo de desaprovechar esta oferta, aceptas con el peligro de perder la soñada oportunidad o te quedas paralizado y sin trabajo?” ¡Pobre Hamlet!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En medio de tanta incertidumbre, al menos una certeza nos alumbraba; así como nosotros estábamos allí porque necesitábamos un trabajo, ellos –los administradores de decenas de colegios alrededor del mundo– también requerían cubrir sus plazas vacantes y no habían viajado hasta Boston para gozar del magnífico y gélido viento invernal de ese fin de semana.  Tratamos de ponernos un minuto en los zapatos de “ellos” y entendimos que tampoco tenían al frente su mejor día.  Muchos venían desde África o Asia, en vuelos interminables, con tres o cuatro escalas, y en delirantes cambios de husos horarios que los habían hecho “retroceder en el tiempo” diez o doce horas (que luego “perderían” al regreso).  Ellos, como nosotros, corrían el mismo riesgo de irse con las manos vacías y sin ningún contrato firmado.  Claro, a ellos el presupuesto les permitía ir aún a las próximas tres o cuatro ferias que faltaban celebrarse en otras partes del mundo (aunque la de Boston es la más grande –por eso se dan el trote– y, por ende, es donde hay mayor y mejor oferta de profesores).  Sin embargo, igual el tiempo corría en su contra y contra el estricto sentido de planificación de estas instituciones que arman calendarios con un año de anticipación.  No era difícil suponer, entonces, que la sola idea de llegar a Budapest, Tailandia, Zimbabue o donde fuera que trabajaran, sin los profesores adecuados, necesarios e indispensables para el inicio de clases del próximo semestre, no debía hacerlos muy felices.  Especulábamos, como para no pensar en nuestra propia buena o mala suerte, que regresar de un mes de gira con las manos vacías (y los contratos en blanco) no podía verse muy bien a la hora de dar explicaciones a “la Junta”, que es, a fin de cuentas, la que en estas organizaciones ratifica –o no– a los directivos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo esto lo conversábamos animadamente mientras tomábamos desayuno.  La noche anterior acordamos, “los del grupo”, reunirnos a las siete de la mañana en el restaurante del hotel donde se desarrollaba la feria.  Jessica fue un reloj y cuando llegué, que fue temprano, ya estaba esperándonos.  Al rato bajó Gail, que se hospedaba en el mismo hotel y unos minutos después Maki; ya habíamos tomado el primer jugo de naranja cuando arribó Marc.  El hombre traía una cara de sueño impresentable, “¿qué pasó?”, preguntó Jessica y yo “seguro se fue de bares con alguna huésped de su hotel” dije con sorna y todo se rieron.  No, no había sido tan divertida la desvelada, la noche anterior sonó la alarma contra incendios de su hotel a las tres de la mañana, alarma que él ignoró soberanamente hasta que un policía, de muy mal humor, arremetió contra su puerta diciéndole que no era un simulacro y que debía “evacuar el edificio”.  ¿Qué había sucedido?, ¿un cortocircuito, una bomba, un cigarrillo mal apagado? No, se trató de una falsa alarma encendida por un adolescente adorador de Baco en la impunidad de su borrachera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marc nos contaba todo esto mientras reíamos y nos despachábamos un buffet americanísimo (como el colesterol manda y los triglicéridos recomiendan), con toneladas de grasa bien repartida entre los huevos revueltos, el tocino frito, las salchichas y el jamón a la plancha.  Tremendo banquete y una anécdota hilarante, relatada con el tono sarcástico de Marc y aderezada con mis comentarios cínicos, nos animaba mientras íbamos especulando mentalmente sobre todo lo que podía suceder en esta jornada “decisiva”.  Todos teníamos, al menos, una segunda entrevista con algún colegio y varias “primeras” que nos permitían suponer que las cosas aún andaban bien, que nada estaba escrito y que, como alguien comentó, “la pelota aún está rodando”.  Una torre de panqueques, con mucha miel de maple, fueron los últimos y silenciosos testigos de nuestra charla mañanera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las ocho nos levantamos de la mesa y fuimos a lavarnos con calma mientras el reloj hacía lo suyo.  Cada cual preparó su rol de actividades y se lanzó a la aventura.  Yo no tenía apuro, recién a las nueve de la mañana había pactado una reunión con Malasia y, un poco más tarde, con Indonesia.  China me había pedido una segunda reunión y acordamos que fuera hacia el mediodía.  Después de almuerzo, Rumanía y Corea, cerraban mi lista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La reunión con Malasia fue formal, simpática pero muy formal, acartonada, llena de fórmulas y convenciones; duró lo que duran estas entrevistas y con un apretón de manos quedamos en “comunicarnos”.  Sin mayor aprieto y con el tiempo de sobra, me dirigí al penúltimo piso donde sería mi reunión con Indonesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me recibieron dos señores, muy amables.  Se notaba que ya habían hecho su tarea porque sabían perfectamente quién era y cuál era mi experiencia, conversamos de muchas cosas, de mí, de mis anécdotas como profesor, de mi estancia en México, de las nuevas circunstancias que me hacían volver a emigrar.  Todo fue muy informal –dentro de la formalidad de la situación–, muy agradable –hasta donde tres desconocidos pueden agradarse– y muy cómodo –hasta donde puede ser cómodo llevar el terno aquel que me disfraza de quien no soy, sentado en un sofá hecho para tallas estándares y no para “extra grandes” como yo–.  Media hora transcurrió en un instante y al despedirse –cuando el siguiente entrevistado ya tocaba la puerta– me preguntaron si alguna de las personas que me habían evaluado se hallaba en la feria.  Les dije “sí, Carol y Philip”, y les expliqué quiénes eran mientras les daba sus números de habitación.  Con una sonrisa y un “estamos en contacto”, se dio por terminada la reunión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me encontraba en los corredores del primer piso, esperando mi segunda reunión con el colegio en China, cuando sucedió la primera revelación (todo gracias al buen consejo de Sally, “mantente visible, pasea por las diferentes salas, por los pasillos, cómprate un café donde todos lo compran, más de una vez se ha ofrecido trabajo en un ascensor”).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras yo andaba haciendo cola para comprarme un gaseosa diet, (“de esas que no engordan pero dan cáncer”), se me acercó Alan, uno de los reclutadores más simpáticos con los que había conversado, quien, aunque era director en Chipre, estaba buscando profesor para un colegio de uno de los Emiratos perteneciente a la misma empresa para la que trabaja.  Me saludó con mucho afecto, me preguntó “¿cómo van las cosas?” y me dijo “quiero presentarte a alguien”.  Abandoné la fila que me llevaba al reino del agua carbonatada y caminé unos pasos hasta las escaleras eléctricas que conducían al restaurante donde había desayunado mientras Alan me informaba: “él es el director de nuestro colegio en los Emiratos para el que estoy buscando un profesor de español, quiero que te conozca”. Esperamos un instante hasta que terminó de despedirse de una señora que lo acribillaba a preguntas y nos acercamos; nos dimos las manos, intercambiamos algunas frases amables, me hizo un par de preguntas y se despidió con la misma cortesía con la que me había saludado.  Alan se fue con él pero me dijo: “no te pierdas, que después hablamos”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo volví por mi gaseosa, me encontré con una interesante profesora cubana que también buscaba un puesto “de profesora de español” y me distraje conversando con mi simpática competidora que, como casi todas, abrió enormes sus ojos negros cuando respondí a una de sus preguntas diciéndole “soy escritor”.  La conversación con la cubana (divorciada, sin hijos, Nueva York, treinta y dos) terminó cuando el reloj me dijo que ya era hora de mover de nuevo el esqueleto rumbo al piso correspondiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me detuve frente al ascensor pensando en cómo sería esta segunda entrevista con China.  Me habían explicado que ser invitado a una segunda reunión con un colegio era magnífico, que generalmente se hacía para profundizar en el conocimiento del probable profesor y que solo citaban a los que tenían “grandes posibilidades”.  Eso me animaba; ir al Asia, conocer esa cultura milenaria, la Gran Muralla, las pagodas, los campos de arroz, las grandes ciudades industriales, Pekín y el misterio de ese país con tanta población que, como dicen que dijo alguien, “si todos los chinos se pusieran de acuerdo y patearan el piso a la misma vez, harían temblar el mundo”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me hallaba “enmimismado” frente al ascensor, en medio de mi fantasía asiática, cuando Alan se me acercó nuevamente.  Llegó con esa sincera sonrisa que le ganó mi respeto, una sonrisa natural, bastante lejana de las otras miles que había visto, tan practicadas, tan impostadas, tan caricaturescas que me recordaban que, finalmente, estábamos vendiendo imágenes para que nos las compraran.  Me preguntó si tenía “un minuto” y me llevó a un lado del corredor mientras me explicaba con ese tono paternal que en él se percibía honesto: “quería que conocieras al director porque es con él con quien trabajarías”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si se tratara de una película, ese hubiera sido el momento preciso para poner la música de suspenso, sin embargo, el silencio que nos rodeó fue suficiente.  Por tres segundos lo miré con la cara incrédula del náufrago que no sabe si eso que ve en el horizonte es la isla que lo va a salvar de los tiburones o un pedazo de madera que la distancia y la fatiga convierten en una falsa y cruel esperanza.  Alan sonrió comprensivo y agregó, por si acaso las dudas no me dejaran entender lo que sucedía: “te estoy ofreciendo la posición de profesor”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuál habrá sido mi gesto que me dijo, “tómalo con calma, medítalo, y en la tarde conversamos, ¿seguramente debes tener varias citas más?”.  Le conté las reuniones que me quedaban, hizo unos cálculos mentales y disparó: “perfecto, no hay apuro, te espero a las seis y media, allí te haré la oferta económica y te daré los detalles del colegio, mientras tanto, anda pensando en la posibilidad de irte a vivir a los Emiratos”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-3184549661372972592?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/04/jis-7.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>3</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-5306468399527886851</guid><pubDate>Sun, 30 Mar 2008 21:32:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-03-30T22:10:57.795-05:00</atom:updated><title>JIS 6</title><description>Renuncio a atormentar a quien me lea con una descripción exhaustiva de cada una de las entrevistas que tuve, solo diré que, con las particulares diferencias de estilo, todas seguían un patrón parecido, un formato común generado, probablemente, en la repetición, año tras año, del mismo procedimiento: preguntas generales sobre la educación, los jóvenes y el trabajo internacional; preguntas particulares sobre mi forma de enseñanza, mi experiencia docente, mi actual circunstancia, "¿por qué quieres irte del país en el que vives?", "¿cómo te sientes con la idea de vivir en el extranjero?", "¿crees que puedas adaptarte?" (al clima, a la región, a las costumbres).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había conversado con toda la gente que pude sobre estas entrevistas, que a mí, sin mayor experiencia previa en este tipo de ferias, se me antojaban misteriosas y hasta inciertas.  Personas con más kilómetros recorridos me dieron generosos consejos, claves, trucos, palabras adecuadas, temas prohibidos, puedo decir que en un mes aprendí "el abecé de una entrevista exitosa" y quedé instruido, con afecto, en algo que hacía mucho no realizaba, una entrevista de trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera –y la última– que recordaba se remontaba a 1992, yo era un joven arrogante, dueño del mundo y me sentía capaz de cualquier cosa, así que –animado por mi hermana que veía con preocupación mi inclinación por las letras y mi probable futuro de poeta indigente– se me ocurrió la bizantina idea de ir, con mi recién obtenido Bachillerato en Derecho y Ciencias Políticas, a ofrecerme de jefe regional de ventas para una inmensa transnacional que hasta ahora vende, champú, jabones, papel higiénico, tampones femeninos y otras sutilezas.  ¿Qué hacía allí?  Nunca lo sabré con certeza, pero creo que el Jefe de Recursos Humanos se sorprendió cuando me preguntó dónde me veía en diez años y le respondí, suelto de huesos, "en su puesto" (a este paso ya sería Gerente General con carro del año en la puerta o, más probablemente, un ilustre desempleado).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claro, mis posibilidades laborales se veían afectadas por algunos pequeños inconvenientes; para empezar, jamás había vendido nada en mi vida (salvo que cuenten los helados artesanales –agua y refresco de sobrecito– que le vendía a mi madre cuando quería compensar a los muchachos del parque España que la ayudaban a cargar la canasta de las compras o, tal vez, el próspero negocio de sánguches de pollo que abandoné a las pocas semanas porque consideré que mi amistad con Mario –que hemos logrado conservar tres décadas– era más importante que las liliputienses ganancias que generábamos mi socio y yo), pero le dije al entrevistador, con la displicencia de mis veintipocos años, que "eso es muy fácil, ¿no?"; después estaba el asunto del inglés –que los años han evolucionado de mi analfabetismo absoluto al desparpajo más o menos ilustrado que me alumbra ahora–, no era exactamente una bandera que me defendiera aunque, claro, le dije que "inglés aprende cualquiera" (afirmación tan cierta como inconsistente); y, finalmente, el pequeñísimo de que no sabía manejar pero "era cuestión de días" para que pudiera conducir como Niki Lauda la camioneta que iban a darme para usarla en los accidentados caminos de la sierra de mi país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como no es difícil de colegir, no me contrataron.  De allí en más obtuve trabajo como se consigue en Latinoamérica, conoces a alguien que conoce a alguien que busca a alguien que haga algo que tú sabes hacer, una llamada, una recomendación, una conversación informal y, ¡listo!, ya eres empleado de alguien que, si lo hiciste bien, será el contacto y la referencia para la próxima posición a la que aspires.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dicho esto es sencillo deducir que mi alarma ante las entrevistas que se venían encima era más que el simple alucinado producto de mi neurosis y que mi preocupación, que iba en aumento a cada minuto, fuera mayor que un "simple y comprensible nerviosismo", más aún después de la desastrosa y desmoralizante entrevista que tuve con el colegio en Medio Oriente donde mi "no título" se tradujo en "no trabajo".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, cuando ya la desolación me pesaba en los hombros más que el exceso de kilos que habitualmente arrastro, recordé a mi entrañable amigo Eddie, el causante de todo esto, el padre de esta situación que me tenía en la encrucijada laboral.  Mientras camina por el corredor del piso en donde estaba la habitación del director del colegio en China, Eddie y su claridad, vinieron a mí con las sencillas palabras que despejaron mi panorama en uno de los tantos correos que me escribió: "Dejáte de preocupar, sé quien sos y te va a ir bien, ese es todo el sentido de la entrevista, ser honesto, te lo aseguro; además, contigo no hay medias tintas, o te corren o te contratan".  Así que eso hice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conversé con cada uno de los entrevistadores con la soltura que puede tener uno frente a alguien que conoce hace tiempo, claro, no con la libertad de quien habla con un viejo amigo pero sí con claridad y franqueza.  Dije lo que pensaba y lo que sabía, lo que no sabía no lo dije o, si me lo preguntaron, dije que no lo sabía.  Huí de ese viejo vicio de suponer que debemos tener respuesta para todo y acepté el "no lo sé" como una opción humanamente posible, comprendí que estas personas, que llevan muchos años haciendo lo mismo en una docena de ferias periódicas alrededor del mundo, tienen suficiente experiencia como para percatarse de esa antigua debilidad de querer parecer perfecto frente a quien nos está evaluando, conté mi historia como me la sé, que es como la he vivido, con sus buenos y malos ratos, con mis logros y mis fracasos, con las grandes satisfacciones que ser docente me ha dado a través del tiempo y, también, con esas temporadas en las que todo parece encaminarse al desastre, hablé de mis alumnos como hablan ellos de mí, con esa misma informalidad y cercanía con la que los he tratado en estos casi veinte años que llevo enseñando, con esa cotidianeidad a la que me niego a renunciar, esa que establece relaciones horizontales con los chicos y chicas –muchos de ellos hoy día hombres y mujeres, padres y madres de familia con quienes conservo la vieja amistad que surgió en el aula–.  Pensé en mis alumnos mientras hablaba de ellos, jóvenes que no pretenden nada más que ser considerados como iguales en el más humano sentido de la palabra, que no desean otra cosa que conversar, ser escuchados, tener la certeza de que aquel que tienen delante sabe un poco más –porque tiene un poco más de experiencia– pero, sobre todas las cosas, se interesa por ellos, por sus vidas, por sus sueños, sus tristezas, sus amores y sus andanzas.  Así, inspirado en esas reflexiones, hablé de lo que he aprendido en este tiempo, de cómo me hice profesor por error o, peor, por necesidad, cómo era un adolescente cuando Manolo –uno de mis amigos entrañables–  tuvo la bizantina idea de abrir una academia preuniversitaria y me puse a enseñar historia para ganar unos centavos que me permitieran llevar más levemente mi propia vida de estudiante y cómo así, poco a poco, y sin darme cuenta, fui deambulando de academia en academia, fui acumulando historias y nombres y amistades y un día, sin demasiada consciencia de lo que hacía, terminé de profesor de secundaria en un maravilloso colegio de locos en Barranco donde lo importante eran los chicos y no las calificaciones, donde la preocupación era que los alumnos estuvieran bien y no que se supieran de memoria la tabla de elementos químicos o las fechas de cada una de las batallas de la Segunda Guerra Mundial, donde el quehacer diario de los profesores no era perderse en mil reuniones "de coordinación" o de "análisis" o de "programaciones" sino verificar que los jóvenes estuvieran bien en el más amplio y amable sentido del término, sintiéndose parte de una comunidad a la que le importaban sus opiniones, sus vivencias y sus temores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cada entrevista, me fui internando en mis recuerdos con la libertad de quien dice solo lo que sabe y lo sabe porque lo ha vivido y lo recuerda y lo vuelve a vivir; hablé de cómo llegué al mundo de los colegios internacionales de la mano de Cecilia que un día me vio leyendo poesía y creyó en mí, de mi experiencia en ese sistema diferente pero, al mismo tiempo parecido, "porque los jóvenes son jóvenes en todas partes"; narré mis experiencias trabajando al mismo tiempo con chicos de diferentes culturas, de distinta lengua materna, de tradiciones y aun de creencias distantes y muchas veces opuestas y enfrentadas; expliqué lo fascinante que puede ser tener en una misma clase a católicos, cristianos, judíos y árabes, y cómo sabía ya, con certeza, que el diálogo, la convivencia, la comprensión, la tolerancia y el respeto mutuo a las ideas no solo son necesarias sino que son absolutamente posibles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arrastrado por mi propio entusiasmo, fui de entrevista en entrevista con la seguridad de quien va a decir su pequeña verdad, una verdad que no puede ser contradicha ni que será jamás cazada en falta porque, con sus altos y bajos, con sus malos ratos y sus buenos días, fue lo que fue y es lo que he vivido en estos años en que me fui descubriendo como maestro, porque si bien es cierto que empecé casi por error, es más cierto aún que la docencia me fue ganando poco a poco, que se fue haciendo parte de mi vida y que, sin que yo me diera cuenta –solo lo supe el año pasado, cuando estuve muchos meses sin dar clases, lejos de mis alumnos y de mis libros–, se convirtió en parte esencial de mi existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así seguí y seguí, hablé y hablé en un inglés (que aún no sé cómo me sale) y respondí con mis simples verdades todas las preguntas que se me hicieron, planteé mis dudas, pregunté con curiosidad y fui el que soy.  ¿Malo, bueno, regular?, no lo sé, eso lo dejé al juicio de los otros, esos otros que eran, en definitiva, quienes iban a darme o no el trabajo que andaba buscando.  En resumen, seguí el consejo de Eddie, fui auténtico o, al menos, fui lo más auténtico que puede ser un ser humano en estos tiempos que endiosan la imagen y las formas, en estos tiempos de plástico y silicona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me fue muy bien.  Bueno, sentí que me fue muy bien.  Aunque en las cinco entrevistas de ese día no obtuve ninguna confirmación ni ningún ofrecimiento de China, ni de dos de los Emiratos, ni de Escocia ni de Estados Unidos, me sentí satisfecho conmigo y con mi jornada; como alguien me enseñó, "que se nos condene por lo que somos, no por lo que no somos".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche, antes de irnos a comer con Jessica, Marc y Gail, pasé por última vez por la sala donde teníamos los folders donde nos dejaban las notas.  Hallé una, China quería conversar nuevamente conmigo...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-5306468399527886851?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/03/jis-6.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>1</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-4440598406415419582</guid><pubDate>Tue, 25 Mar 2008 01:39:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-03-29T14:01:37.140-05:00</atom:updated><title>JIS 5</title><description>A las doce empezó la segunda fase.  Al concederte una cita, los reclutadores te daban su número de habitación, transformada en oficina, donde se concretaría la reunión.  La media docena de ascensores se hallaba saturada por centenas de profesores que subían y bajaban frenéticamente (hubo los deportistas de escalera, pero solo hablar de ellos me cansa).  Resultó interesante ver cómo, en un primer momento, las sonrisas se suspendieron como si nadie supiera bien en qué terminaría todo esto de las entrevistas, luego volverían, impostadas y practicadas hasta el cansancio, como la muestra de que las cosas empezaban a adquirir su exacta dimensión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era gracioso ver a los candidatos arreglándose la corbata, ordenándose la falda, acomodándose el cuello, retocando a última hora el maquillaje en una enésima revisión frente al espejo de la polvera, revisando que los zapatos estuvieran bien lustrados, inspeccionando otra vez el peinado en el reflejo metálico de la puerta del ascensor y, en general, concentrando la inteligencia en la tarea de parecer todo lo bueno que sus currículos y cartas de recomendación decían (a estas alturas ya había descubierto que eso de "la imagen es todo", que dice cierta propaganda de gaseosa, resume la filosofía de quienes evolucionaron la publicidad del arte que era a la ciencia que es, y ya no me sorprende –y supongo que a los reclutadores tampoco– leer "hojas de vida" que confunden el extracto académico-laboral con una obra de ficción; ¿será por eso que muchos mostraban una excesiva preocupación por el atuendo o es que me estaba volviendo paranoico?).   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi primera cita fue pactada para las doce y media, así que no tuve que correr.  Contaba con tiempo suficiente para observar cómo los demás apuraban el paso mientras yo avanzaba lentamente hacia mi destino.  Llegué al piso correspondiente, toqué la puerta y me recibió un señor en su cincuentena, amable y cordial, era el representante de un colegio en un país del Medio Oriente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo parecía empezar bien, pero la situación pronto se tornó desalentadora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El reclutador, que leyó mis papeles frente a mí (supongo que no le dio tiempo de hacerlo antes), me preguntó: "¿tienes título de profesor?", con lo que me di cuenta que no había revisado mis datos con la calma necesaria.  Le expliqué lo que estaba prístinamente esclarecido en mi currículum, que no tengo título de profesor pero que hace veinte años que dicto clases, que soy Bachiller en Derecho, que estudié una Maestría y un Doctorado en Literatura, que, además, estudié un curso de titulación en pedagogía y que, como estaba señalado en mis documentos, no había hechos esas benditas tesis por lo cual tenía muchos certificados de estudio pero solo un título.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esos momentos pensé en mi padre y en toda la razón de sus razones "si quieres sé matador de moscas, pero con título", él, un hombre cuyos conocimientos rara vez he hallado en otras personas, un hombre curioso que jamás dejó de estudiar y que siempre estuvo aprendiendo algo y en cuyo cerebro almacenaba más sabiduría que la de casi todos los demás seres humanos  que he conocido, nunca obtuvo un título, nunca se hizo del cartón ése que dijera "sí, él sabe lo que certificamos acá" y vio cómo muchos, con menos luces, con menos conocimientos, con menos capacidades, obtuvieron ventajas por el mero hecho de tener el bendito cartón.  "Un título no es garantía de nada", me repetía, "pero en el mundo escolarizado de hoy es indispensable".  Creo que tanto me atormentó con aquello de "ten un título" que jamás lo obtuve –claro, tengo el Bachillerato en Derecho para el cual te exigían haber aprobado todos los cursos de la carrera, pero podría tener cuatro más–.  Tendría que preguntárselo a mi psiquiatra –cuando contrate uno– pero supongo que esa insistencia paternal hizo nacer en mí una especie de aversión por las tesis; cada estudio que he emprendido lo he terminado, no obstante, hacer las tesis me genera cierta urticaria paralizante e inmanejable y, a pesar de que he enseñado "Metodología de investigación" en la universidad y a pesar de que he sido asesor de varias monografías –todas aprobadas– en el Bachillerato Internacional, nunca he querido (o podido) embarcarme en una.  El día que den títulos por escribir libros, me apunto con un par…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba pensando en mi padre y sus ignorados consejos cuando nuevamente la pregunta del entrevistador laceró mis castos oídos: "¿tienes título de profesor o algo similar?".  Renuncié a repetir lo que ya le había explicado, renuncié a mostrarle de nuevo las copias de mis certificados que prueban más de once años de estudios universitarios, y dije lacónicamente: "no".  Él lo lamento mucho, se deshizo en elogios "por tu excelente resumen y tus magnifica referencias", pero me dijo que en el país donde estaba el colegio que él presidía era indispensable el título de profesor para que se me otorgara la visa, que "un gusto" y "buenas tardes".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debo confesar que su honestidad fue algo así como un golpe directo al pecho, pero como no sé perder la compostura y la función debe continuar, le sonreí, le dije que apenas sacara mi título le avisaría y caminé hacia la salida tan entero como entré.  Él me acompañó amable y en la puerta se despidió de mí al mismo tiempo que le daba una cordial bienvenida al otro candidato que esperaba en el corredor.  Lo saludó con la misma sonrisa, la misma simpatía, el mismo gesto seguramente mil veces repetido en otras tantas ferias y entrevistas.  Yo me fui.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya en el ascensor, el peso de los catorce pisos del edificio me cayó encima.  Una noche sin luna y con el cielo encapotado no podría ser más negra.  La desolación –esa bestia hambrienta de nuestras derrotas– mostró sus dientes. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No perdí el aplomo, porque, como es sabido, no es dable perderlo en medio de la batalla y Benedetti tiene razón cuando dice "está prohibido llorar sobre los libros / porque no queda bien que la tinta se corra".  Sin embargo, me pregunté, como casi siempre me pregunto, si todo esto valía la pena, si el esfuerzo se justificaba, si todo lo apostado en esta jugada tenía un sentido, si mejor no fuera dar media vuelta, hacer maletas, regresar por donde vine y terminar refugiado en la casa de mis padres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ah, las preguntas; ¿desde cuándo me las hago, desde cuándo sé que no tienen respuesta o que la respuesta no es única –que es lo mismo–?  No lo sé, pero lo que sí tengo claro es que no hay nada más adecuado para un millón de preguntas abstractas que unas cuantas respuestas concretas.  Los hechos suelen marcar nuestro rumbo y las divagaciones intelectuales no dejan de ser un hermoso ejercicio que nos sirve para que el cerebro no se oxide y para que nos alejemos de la terrible posibilidad de convertirnos en autómatas –tema fascinante, sobre todo ahora con tanto joven que vive en el autismo, voluntario y perpetuo, entre la computadora, el celular, el ipod y la televisión–.  Así que las preguntas cumplieron su cometido,  trajeron reflexiones y las reflexiones obligaron respuestas.  Respuesta simples, sencillas, pedestres, pero indispensables en ese momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lúcido ya, entendí que mis padres murieron en junio y en octubre de dos años distintos hace ya demasiado tiempo, que la casa miraflorina que era de ellos, y donde pasé mi última juventud, nos la compró mi hermana, que en Lima mi puesto de profesor había sido ocupado por otra persona hace dos años, que en México no tengo un empleo fijo y que el trabajo por horas es muy cómodo pero muy poco rentable en una ciudad tan cara como el Distrito Federal, que ya estoy viejo para desalentarme y demasiado a destiempo para pedir auxilio; entendí mis circunstancias y entendí a Ortega y Gasset (a quien jamás leí a profundidad pero cuya frase, absolutamente descontextualizada, siempre me ha perseguido), entendí sobre todo a Cortés, a Hernán Cortés, el conquistador de los Aztecas, quien a sus treinta y cuatro años decidió jugárselo todo y quemó sus naves para que no hubiera opción de volver atrás, para que la tentación del regreso se topara con la imposibilidad real de una vuelta sin sentido, para que la cobardía –si llegaba– no hallara puente, sendero ni camino y tuviera que hacerse "valor y hacia adelante", así como cuando el hombre descubre que nunca más puede ser niño.  De esa manera, pensando en Cortés, se detuvo el ascensor y me encontré en el primer piso donde las caras forzadamente sonrientes de cien mil profesores me hicieron entender que el juego aún no había terminado y que quedaba aún mucho destino.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminé hasta nuestro "cuartel general".  Jessica, Mark y yo nos habíamos apoderado de "nuestra" mesa y allí prometimos juntarnos después de cada entrevista.  Además, al grupo se habían unido Gail –mi antigua compañera de trabajo en Lima– y Maki –una simpática japonesa que vivía en México y que, como yo, buscaba trabajo de profesora de español, aunque ella tuviera como prioridad enseñarles a niños de seis años, algo bastante remoto entre mis expectativas–.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les conté a todos lo sucedido.  Me escucharon con la solidaria atención de estas amistades nacidas en medio de una situación forzada y estresante donde, de alguna manera, todos nos jugábamos el futuro inmediato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jessica, serena y hermosa, dijo: "que no tengas título de profesor no es determinante, es solo un poco más complicado" y Marc, cínico y leal,  afirmó que yo no iba a tener problema en obtener un trabajo, "¿cuántos hablan tanto como tú y se manejan con esa seguridad y esa autoestima?", "sólo tú, Marc", respondí, "exacto", retrucó el gringo, "pero yo enseño Física y no Literatura, así que no soy competencia para ti".  Todos nos reímos de buena gana.  Mi ánimo cambió por completo y me fui, como quien va decidido al combate (con la decisión de quien sabe que todas sus viejas naves arden en la orilla) a mi siguiente reunión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran las dos de la tarde, y el colegio quedaba en China.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-4440598406415419582?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/03/jis-5.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>2</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-7713734673753383537</guid><pubDate>Tue, 18 Mar 2008 00:14:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-03-18T09:05:19.859-05:00</atom:updated><title>JIS 4</title><description>&lt;p style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;El procedimiento para obtener una entrevista con uno de los reclutadores es muy sencillo y deja de lado cualquier modernidad tecnológica.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Me explico, uno llega a las siete de la mañana al hotel (muchos se alojaban allí, otros estábamos en uno cercano, algunos, como Jessica, se pasaron la noche en casa de algún pariente y otros pocos, como Marc, habían rechazado los grandes hoteles de los alrededores y se alojaban en hoteles más tradicionales en el centro de Boston) y se pasea por el gran salón donde ya a esa hora se han colocado infinidad de mesas detrás de las cuales –pegados en la pared– se hallan grandes papeles en los que cada colegio se identifica y declara cuáles son los profesores que necesita ("no hay más lista actualizada que ésta, todo lo de Internet es obsoleto frente a esta información", me explicaba Jessica, con quien me encontré en la puerta del hotel y quien, como yo, estaba en el grupo de los madrugadores).&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Cuando el bus de las 6:45 nos dejó, aún no eran las siete.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Sin embargo, la fila de los impacientes insomnes que esperaban ya tendría unas cincuenta personas; eso no era nada, en unos minutos más seríamos quinientos.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Se abrieron las puertas del salón e ingresamos.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;La gente se desplazaba desordenadamente, como tratando de ubicar presurosa los colegios que se encontraban en la cima de sus preferencias (como yo no tenía, en estas nuevas circunstancias que he declarado, más pretensión que obtener un trabajo, miraba indiferente el apuro de los demás y avanzaba pausado por el amplio ambiente saturado de profesores vestidos con sus mejores telas –lo que no deja de ser una ficción, porque así no se imparten las clases, salvo algún colegio demasiado tradicionalista y conservador, más inglés que norteamericano–).&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Caminaba al lado de Jessica quien, de pronto, sacó de la cartera ese block que no la abandonaba y empezó a escribir con la dedicación que suele hacer las cosas. &lt;span&gt; &lt;/span&gt;"¿Qué anotas?", pregunté curioso, "hago una lista de los colegios que necesitan profesores de música, la comparo con la que ya tengo, borro los que ya no tienen vacantes, agrego los que tienen nuevas vacantes, y hago un mapa del salón para saber a dónde debo dirigirme primero".&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Sí, así es ella, en ese momento no supe si envidiarla o agradecer a mis genes por el caos bohemio que me ampara.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Frente a esta muchacha tan ordenada, tan previsora, tan lista para salir airosa del trance que se avecinaba, me encontré arrastrando –sin demasiada atención– la mochila donde iban mi computadora (probablemente el único bien material al que hoy el guardo cierto aprecio, salvo que tomemos en cuenta mi ropa extra grande que solo hallo en algunas ciudades del mundo donde la obesidad no es una mala palabra sino un buen negocio), las veinte copias de mi currículum y algunos ejemplares de los libros que me han publicado (estos como un as bajo la manga porque los escritores, quién sabe por qué, tenemos cierta impunidad laboral y cierto prestigio social). "¿No vas a anotar?", me preguntó cuando ya terminábamos de dar la vuelta al lugar y yo la miré con los mismos ojos de incertidumbre con los que veo cada vez que no sé algo y que despiertan no sé qué oculto instinto materno en las mujeres; "vamos, yo te anoto", me dijo la bella, joven y amable maestra de música y recorrimos nuevamente el espacio repleto de profesores y profesoras que no lograban ocultar su nerviosismo debajo de sus camisas recién planchadas y sus decentísimas faldas debajo de las rodillas.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;A las ocho ingresaron los reclutadores.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Se colocaran en sus mesas.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Empezó el baile.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Frente a la zona destinada a cada colegio se fueron formando filas –unas largas y otras cortas, dependiendo de quién sabe qué acto de selección y discriminación que los postulantes entendían de perlas y que para mí sigue siendo tan misterioso y fascinante como la fe, el amor y un helado servido justo en la mitad del invierno–.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Ante las mesas donde los reclutadores coordinaban febrilmente sus citas, desfilaban uno por uno los aspirantes.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Los directivos de las instituciones tenían un minuto o dos, para verificar si te conocían (si ya les habías escrito previamente) o para darle una mirada, a vuelo de pájaro, al currículum que les entregabas.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Leían, te veían, te escrutaban unos instantes con la experiencia de los que llevan años "leyendo" a las personas en pocos segundos, conversaban dos o tres palabras entre ellos y te daban una cita o te decían "lo siento, no es lo que estamos buscando" o acudían al "en este momento no tengo espacio libre para dar citas, pero déjeme su hoja de vida y si se presenta la ocasión nos comunicamos con usted", una frase vacía, pero llena de esperanza (claro, hay variaciones, en la mesa de Rusia, por ejemplo, una amabilísima mujer me dijo "tienes la experiencia que necesitamos y me encantaría contratarte, pero en la República Rusa, por cuestiones de visa, solo contratamos norteamericanos e ingleses", ni modo).&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Así pasaron dos horas.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;A las diez vaciaron el salón, cambiaron los papeles, pusieron otros de otros colegios con nuevas vacantes&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;y, nuevamente, empezó la segunda ronda de la cacería de una cita que pudiera ser la promesa de un trabajo en algún rincón del mundo.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Con tantos colegios participantes y más de medio millar de candidatos, no había lugar en el hotel donde pudiéramos estar todos juntos, por eso la división.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Haciendo uso del plano que la amabilidad de Jessica me había dibujado, me dirigí a las mesas que buscaban profesores de castellano y elegí, primero, las filas más cortas (ya Sally lo había advertido "no desprecien un colegio porque no sepan dónde queda o les suene un lugar muy lejano o les cause temor no saber nada de esa región, todas las instituciones que participan en esta feria han sido verificadas por la Asociación y son extraordinarios lugares para trabajar") y, una vez que había asegurado algunas entrevistas, hice las colas más largas (generalmente en colegios muy grandes con mucha oferta de trabajo).&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;El trámite fue sencillo y expeditivo; esas primeras horas pasaron feroces. &lt;span&gt;   &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;A las doce del día se dio por concluida esa etapa.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Los reclutadores se levantaron y se marcharon a sus habitaciones, convertidas en improvisadas oficinas, donde entablarían decenas de conversaciones con decenas de desconocidos a los que, con las preguntas precisas, con la experiencia acumulada, con el ojo acostumbrado a "leer" a las personas más allá de sus papeles y recomendaciones, con todo lo aprendido en años de trabajo como administradores, tendrían que discriminar en un "este sí me interesa, éste no" a todos los profesores que con nuestros mejores trajes y nuestras mejores sonrisas nos presentábamos como "la opción", como la mejor elección en ese mar de centenas de maestros buscando trabajo.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Concluida la primera parte del proceso todos estábamos allí, con nuestras pocas o muchas entrevistas pactadas, listos para empezar.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Las citas que había logrado pactar serían todas mis citas posibles (aunque al día siguiente se abrió una especie de "última opción" donde los colegios que aún no contrataban, daban una nueva ocasión para conseguir una entrevista para el sábado en la tarde o el domingo en la mañana; fui por curiosidad, realmente eran pocas las oportunidades de trabajo que quedaban, aunque en el tema de las oportunidades sabemos que –como en la lotería– basta con una, si es la premiada).&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Yo obtuve nueve citas (tres de las cuales habían sido pactadas con anterioridad con los benditos mensajitos que te dejaban en el folder y que solo se reconfirmaron allí; por ejemplo, un reclutador de un colegio en China, me vio en la fila, me llamó y me dijo "sabes que estamos interesados en ti, ¿nos vemos a las dos?", y eso fue todo);&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Jessica consiguió quince; Marc, con quien luego nos encontramos y quien tenía muy claro a dónde quería ir y a dónde no, tenía pactadas un poco más de media docena de reuniones (buenos números, porque después supe de otros que solo consiguieron tres o cuatro).&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Terminada la primera función uno se halla con un montón de papeles en la mano y las promesas de "a tal hora conversamos", con su riesgo de nada y de silencio, con sus angustias previas, sus nervios, su espera, su andar por los pasillos dando vueltas, su reloj consumiendo el tiempo y la entereza, sus idas y venidas, sus personas que suben y bajan por las escaleras o los ascensores con cara de "este trabajo es mío" o, a la vuelta, con esa expresión imprecisa de "¿me habrá ido bien?".&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;Las "ratos libres" son odiosos, el tiempo entre entrevista y entrevista es una especie de hoyo negro del que todos huyen revisando nuevamente folletos, encartes, propaganda, buscando en Internet (que a mí se me asemeja a ese árbol de la sabiduría del Bien y del Mal del que leí en las viejas leyendas de la religión en la que me criaron mis padres), buscando información, buscando detalles, buscando experiencias previas, buscando los mapas o las fotos de las ciudades donde están los colegios a los que se aspira como si "ver" ese mundo sirviera para hacerse una idea del futuro.&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Así el compás de espera empezaba a desesperar, con el minutero que no avanza o que avanza muy rápido, con su no saber, con su expectativa, con la urgencia de sostener la compostura y no dejarse ganar por la humanísima tentación de salir corriendo…&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-7713734673753383537?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/03/jis-4.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-1204978589944399111</guid><pubDate>Sun, 09 Mar 2008 19:02:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-03-09T16:49:01.392-05:00</atom:updated><title>JIS 3</title><description>Nuestra primera reunión era “solo de postulantes” (la de “solo reclutadores” había sido antes).  Cuando se fue acercando la hora, los que allá estábamos, en los “salones para profesores”, esperando y consumiendo el tiempo mientras distraíamos nuestro nerviosismo, unos –los muchos– sumergidos en sus papeles, revisiones de libros, manuales y páginas de Internet, y otro –los pocos– con bromas, risas y el suficiente cinismo que nos permitiera sobrevivir a la tensión que, como un olor que se cuela imperceptible hasta que se apodera del ambiente, se hallaba allí entre nosotros, recordándonos dónde estábamos y por qué nos encontrábamos allí (finalmente, la verdad era que íbamos a buscar trabajo y, salvo uno que otro excéntrico que busca empleo porque está aburrido de sus millones, todos los demás mortales necesitamos desarrollar ciertas actividades laborales que garanticen esas vulgaridades como pagar la renta, el teléfono, el gas y, claro, las hamburguesas).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegada la hora, todos, como movidos con invisibles relojes cuyas alarmas sonaran al unísono en nuestras consciencias (a eso se le llama angustia, en cristiano), nos levantamos y, con una calma más fingida que real, avanzamos hacia los ascensores; allí, unos pasos más adelante, se abrían las puertas de un futuro incierto como todos los futuros (aunque la incertidumbre con trabajo suele ser más llevadera).  Era una maravilla lo que allí se veía, todos nos comportábamos civilizadamente, actuando como cualquier profesor que se precie, esperando en la fila con paciencia y avanzado con calma como si realmente nada nos alterara.  Entramos.  El salón donde se desarrollaría la reunión era el mismo que al día siguiente iba a ser el primer campo de batalla, pero aún faltaba para eso.  El ambiente era inmenso, como para una recepción de vestido largo.  Habían sido dispuestas varios centenares de sillas plegables y, cuando logramos entrar, estaba lleno de tope a tope.  Nos encontrábamos allí todos los profesores que pretendíamos hallar un trabajo ese fin de semana y todos, ¡oh maravilla de la escenificación!, sonreíamos amables, mirábamos con confianza, y nos comportábamos como si en realidad se tratara de una reunión de camaradería del club social o el té de las vecinas del barrio.  Solo en este momento pude darme una idea clara de cuántos éramos y de cómo éramos; un grupo variopinto de mujeres y hombres, jóvenes y mayores, experimentados e inexpertos.  Sin embargo, los jóvenes –donde supongo que yo ya no me debo contar– formaban el grupo mayor.  Muchachos y muchachas que difícilmente llegaban a la treintena y que, en ese momento que consideraban ideal, se disponían a iniciar esta aventura de andar por el mundo dictando clases en lugares tan distintos uno del otro –en kilómetros, en costumbres, en realidades– como Lima y Jakarta, como Budapest y Abu Dabhi.  Otros, como yo, estábamos allí porque las circunstancias, ese alrededor inestable como las olas del mar, nos ponían de nuevo a cabalgar, en lomos de la aventura, por las arenas inciertas de los grandes cambios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si bien no se dijo nada reveladoramente nuevo en la reunión, por la reacción de muchos de los allí presentes, me di cuenta de lo que para la experiencia de los organizadores es evidente, son pocos los que leen los correos y menos los que siguen las instrucciones (si eso pasa entre maestros, ¡imagínense que pasa con los alumnos!).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voz cantante la llevó John, el creador de esta organización que ya ha colocado a más de mil quinientos de sus asociados en puestos de profesores, directivos y administradores en decenas de escuelas internacionales alrededor del mundo.  Sin duda, debió haber sido un gran profesor, sencillo, jovial y divertido, un viejo zorro que sabía cómo distender la atmósfera cargada de preocupación y ansiedad.  Hizo mucho más que repetir las mil indicaciones que ya nos conocíamos de memoria, pasó rápidamente por lo que supuso que ya sabíamos (aunque luego algunas preguntas demostrarían la poca atención que muchos le dieron a los mensajes que nos habían enviado) y luego se dedicó a contarnos una serie de anécdotas sobre la vida de los profesores internacionales, anécdotas que ubicaba en África, en Asia o en Sudamérica, lugares, todos ellos –incluida nuestra América Latina–, tan exóticos, distantes, lejanos, novedosos y llenos de misterio para la gran mayoría de los que allí se hallaban (de los quinientos que éramos no supe más que de diez latinos y, salvo una muy simpática señora nicaragüense y yo, los demás eran más gringos que los rubios que por allí andaban, latinos de origen pero –segunda o tercera generación de cubanos, puertorriqueños o centroamericanos nacidos allá– criados en las costumbres y aún en el idioma de Shakespeare para quienes una hamburguesa es lo habitual y los Andes o el Amazonas les son tan ajenos como el Himalaya o el desierto del Sahara).  Las historias tenían un objetivo, graficar lo interesante y lo emocionante que puede ser la vida “en el extranjero” y John las contaba con la maestría de quien tiene años en el oficio, con ese humor tan correcto de los norteamericanos, ese humor casi &lt;span style="font-style: italic;"&gt;naif&lt;/span&gt;, casi inocente, ese humor que a veces a nosotros, los latinos, nos suena tan extraño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todas las historias iban al mismo lugar, al mismo demostrarnos lo interesante de la situación y alentarnos a armarnos de valor para iniciar la jornada del día siguiente.  La intención era tranquilizarnos, convencernos de lo emociónante de este juego y hacernos partícipes de la idea de que, sin importar los resultados –consigas trabajo o no– era una experiencia digna de ser vivida.  Estuve de acuerdo; “al menos escribiré un artículo”, le dije a Jessica quien, distrayéndose un instante de las mil notas que tomaba en su block, me respondió con esa infinita y natural sonrisa que la redime de cualquier culpa y neurosis.  Marc, más pragmático e irónico, dijo que felizmente no tenía que convencerse de nada “en mi caso, el peor escenario es que me retire a la casa de mi hermano en las montañas con mi pensión de jubilado…”, “¿puedo odiarte?”, le dije y él, me dijo un “por supuesto” con un delicioso sarcasmo que solo los discípulos de Diógenes entendemos sin ofendernos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego, una hora después, levantada la sesión principal, los “nuevos”, es decir, los que íbamos a una feria de trabajo por primera vez, permanecimos allí y nos juntamos alrededor de Sally dispuesta a emanciparnos de cualquier duda.  Fue una hora más de lugares comunes y preguntas irrelevantes (una vez más, Sally no tuvo la culpa de que muchos no leyeran las mil indicaciones y recomendaciones que ella, tan ordenadamente, nos hizo llegar), sin embargo, se hicieron dos o tres buenas acotaciones en las que Sally profundizó y se nos aclararon ciertas cuestiones sobre cómo manejarse con los entrevistadores y cómo comportarse en medio de una serie de situaciones complicadas o embarazosas que podían surgir, aunque la recomendación final fue obvia: “sé tú, sé natural” y al diablo con Hamlet.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sally explicaba que la “batalla” comenzaba al día siguiente; una particular lucha en la que muchos profesores están buscando hacerse de una de las pocas vacantes que los colegios ofrecen de su materia.  Nunca manejé las estadísticas y sé que oficialmente no las había (porque Sally jamás hizo mención de ellas), sin embargo, supe desde la mañana, por un viejo compañero de trabajo que me encontré allí, que alguna información existía, al menos extraoficial, porque él se hallaba de lo más tranquilo (“hay diez vacantes alrededor del mundo y solo hemos venido tres profesores de teatro”, me dijo muy confiado mientras nos saludábamos).  Pero no solo me encontré con Randall y su confiado manejo de las estadísticas (y de las mujeres), también hallé que a la feria asistía Gail (cuya hija, Camilia, fue alumna mía) y Judy (también profesora en el colegio donde todos nosotros trabajamos).  Luego Gail me presentó a la bibliotecaria del colegio que me conocía “por tus libros”, quien, junto a su esposo, también se hallaba en la feria buscando un nuevo destino para los próximos dos años (que es el tiempo habitual de los contratos ofrecidos por los colegios, tanto porque muchos de estos profesores prefieren vivir deambulando por el mundo como porque, supongo, es una manera de curarse en salud si el maestro –al que solo conocieron por la feria y del cual solo saben por las referencias de sus ex jefes – no resulta ser tan extraordinario como las cartas de recomendación y las evaluaciones sugerían).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminadas las rondas de preguntas y respuestas, Sally dio por concluida la reunión y nos recomendó “descansar para la jornada de mañana”; obedientes, todos abandonamos lentamente el lugar.  Serían las ocho de la noche cuando nos despedimos.  Jessica partió a la casa del tío que la hospedaba, a cuarenta minutos de distancia, Marc se fue al tradicional hotel en el centro que obtuvo por un mejor precio (“soy frugal”), Gail se dirigió a su habitación, puesto que se alojaba en el mismo hotel del evento y yo, junto a otra docena de profesores, tomamos el bus que graciosa y gratuitamente nos devolvió al edificio que nos alojaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El camino de regreso, de unos seis o siete minutos, fue silencioso, todos los que estábamos en el bus andábamos demasiados abstraídos en nuestros pensamientos como para mantener una charla siquiera casual.  Al día siguiente, a las siete de la mañana, comenzaría una fraternal y amable batalla –pero batalla al fin– por conseguir una de las vacantes ofrecidas por los colegios que a la feria habían acudido. Todos tenían claras sus preferencias, todos –según había conversado con mis nuevos compañeros de aventura en las horas de espera– habían realizado averiguaciones, habían revisado manuales, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;brochures&lt;/span&gt;, encartes y páginas web y, al parecer, apuntaban a una o dos posibilidades que los seducían, ya fuera por lo exótico del país, por el prestigio de la institución o por el paquete económico que ofrecían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo –reincidamos en las confesiones– solo buscaba un trabajo.  Cuando temprano en esa tarde le había dicho a Jessica: “si me contratan para dictar Suajili en Katmandú diría que sí” había sido absolutamente honesto, aunque ella, seducida por la delicia del sarcasmo, había reído de tan buena gana que hasta yo llegué a convencerme de que mi frase desesperada no era sino una broma.  En nombre de la esperanza –el don más bello e inútil que se nos ha otorgado– me fui a dormir creyéndole a Eddie, mi viejo amigo, y ese “creétela y verás que conseguís laburo”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-1204978589944399111?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/03/jis-3.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>2</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-331781402771426836</guid><pubDate>Tue, 04 Mar 2008 12:49:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-03-08T23:44:20.862-05:00</atom:updated><title>JIS 2</title><description>&lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Si es cierto que detesto los vuelos, es más cierto que los trasbordos avivan mi neurosis, el &lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;em&gt;&lt;span style=""&gt;corre-que-se-va-el-avión&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt; me genera angustia y, sobre todo, cansancio.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Soy gordo, no corro.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Camino despacio, voy con calma, me molesta que me apuren.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Ni modo, era el pasaje más adecuado (por hora y precio), así que a respirar hondo.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Llegar a los Estados Unidos, si uno tiene los papeles en regla, se me antoja más fácil que irse.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;En la decena de veces que el azar y las circunstancias me hicieron ingresar al país de la Coca-Cola, nunca tuve mayores problemas, solo la ya para mí repetida incidencia por culpa de lo común de mi nombre.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Basta con revisar ese árbol de la sabiduría del Bien y del Mal que es Google para hallar a un jefe de las FARC, a un cantante mexicano, a un cretino que atropelló a no sé quien en no sé qué pueblo de mi país al que nunca he ido, y un buscado narcotraficante que andan persiguiendo los gringos hace años y por el cual, las tres primeras veces que pisé su país, tuve pasar “al cuarto de al lado” donde tras las confirmaciones de mi itinerario, me dejaban salir sin mayores problemas.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Ser gordo, finalmente, tiene sus ventajas, al estar fuera del estándar es sencillo ser discriminado en la revisiones de ley (¿que vivan las diferencias?).&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Llegué a Boston poco después de la una de la mañana (de Dallas conocí el aeropuerto que solo hace un par de años fue inaugurado y la vista aérea a la hora del aterrizaje y la partida, se me hizo una ciudad inmensa rodeada de piedras y desierto, en los grandes conglomerados de casas –esa masificación de la vivienda costosa llamada “condominio”– vi pequeños puntos celestes en cada patio, así que parece que a los texanos les gusta la piscina o el calor es infame o las dos cosas).&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Mi imprevisión hotelera (por comprar el pasaje después de hacer las reservas) me tenía una noche en el aire o, mejor dicho, en la calle, así que acudí a la generosa solidaridad de mis ex alumnos.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Nicolás y Paco me esperaban en su departamento, muy cerca de la universidad donde estudian y en camino al hotel en el que iba a alojarme&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;cuando amaneciera.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Conversar con ellos hasta las cuatro de la mañana fue reconfortante.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Temprano, mientras ellos aún rendían tributo a Morfeo, di un paseo por el barrio, la temperatura andaría en dos o tres grados y mi chalina de alpaca daba una flaca pelea. Entré a un supermercado y compré comida, ya con el cuerpo más acomodado, regresé al departamento poco antes de las once.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Los muchachos se fueron a estudiar y yo tomé un taxi.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Me registré en el hotel y tomé una ducha caliente, larga y reparadora.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;A la una de la tarde partía el primer bus hacia el centro de convenciones, lo tomé.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Llegué muy temprano al lugar donde se realizaría la feria, pero no era el único que ese jueves había sido precavido con el horario, ya un centenar de personas (muchas alojadas en el mismo hotel donde se realizaba el evento) daban vueltas por allí.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Me vi rodeado de profesores que, como yo, andaban buscando un trabajo, y me asaltaron las dudas, ¿cuántos conseguiremos un empleo es esta una especie de batalla o &lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;em&gt;&lt;span style=""&gt;sálvese-quien-pueda&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;?, ¿cómo es que yo, un peruano varado en México, había terminado allí, en una feria buscando trabajo como profesor en uno de los tantos colegios internacionales que hay alrededor del mundo?&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Sin duda la filosofía no iba a servir de nada en esos momentos, así que me aferré de la experiencia de Carlota, la primera de nosotros, la primera de las profesoras peruanas en el colegio americano en el que trabajábamos, que se atrevió a hacer el intento y que desde hace tres semestres les enseña, como solo ella sabe, a amar la música a sus alumnos en Kobe.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Así que Carlota fue la inspiración final que necesité para armarme de valor e ingresar a ese salón en donde todos, por una vieja costumbre que no logro entender, sonreían. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;De una a cinco de la tarde eran las inscripciones y a las seis se efectuaría la reunión en la que los profesores podríamos escuchar los últimos consejos de los organizadores.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Saludé a Sally, quien me recibió con mucho cariño mientras agradecía honestamente el “Hi, i am José Luis” tan salvador en estas reuniones donde cientos de personas tienen la ingenua idea de que los organizadores recordarán sus rostros y podrán relacionarlos con sus nombres en medio de un mar de gente buscando trabajo.&lt;span style=""&gt;    &lt;/span&gt;Después de los cumplidos de rigor, me dio una carpeta y me dijo “sigue las instrucciones”.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Había un formulario para llenar en ese instante y otro para entregarlo “al final”, me pasé unos minutos completando los datos, entregué el papel verde donde estaba señalado y me di cuenta de que Sally ya estaba atareada atendiendo a uno más de los &lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;em&gt;&lt;span style=""&gt;cuchucientosmil&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt; profesores que íbamos a estar reunidos esa noche.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Miré un poco más allá y me encontré con Philip, mi jefe, y con Carol, la jefa de mi jefe (ambos habían respondido a mis pedidos virtuales y sus evaluaciones, la de él como mi Director y la de ella como Superintendente del colegio, formaban parte de las que se sumaban en mi archivo).&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Los dos se encontraban, también, llenando formularios (después supe que, con obvias diferencias de contenido, reclutadores y profesores pasamos más o menos por los mismos trámites) y los saludos fueron más que amables.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Philip, inglés e irónico hasta el tuétano, hizo uno de esos comentarios mordaces que solo los mordaces comprendemos (en mi caso, solo cuando no me pierdo en su acentuada pronunciación shakesperiana); ambos me dieron sus números de habitación (“por si necesitas una recomendación en vivo”) y siguieron con sus mil papeleos.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Me puse a deambular por el lobby del hotel hasta que encontré de nuevo a Sally y, antes de que fuera abordada por alguno de las decenas que miraban con cara de “y ahora qué hago”, le pregunté, “Sally, ya me inscribí, ¿y ahora qué hago?”.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Ella sonrió y me dijo “conoce gente” y a conocer gente me fui.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Había dos salones acondicionados para los profesores, en el primero, donde estaban los folders personales en los cuales los reclutadores que así los estimaran nos pondrían mensajes o nos pedirían citas, se hallaba comprensiblemente lleno de profesores que en medio de un silencio sepulcral, revisaban papeles, libros, folletos, miraban y remiraban, escribían y esperaban en una actitud casi penitente.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;“Acá no”, pensé y de inmediato me pasé al siguiente.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Como era de suponer, se hallaba casi vacío.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;De las ocho mesas disponibles, la mitad estaría con algunas personas en la misma silenciosa actitud, tan enfocados en sus papeles como hace un rato eran de coloquiales en las conversaciones del pasillo; no entendí.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Miré a mi alrededor y vi que en la mesa más próxima a la puerta se hallaba una muchacha sola, escribía unas tarjetas coloridas y, al levantar la mirada, cuando sintió mi presencia, sonrió casi inocente, casi verdadera, sin mostrar todos los dientes como otros que repartían sonrisas odontológicas como quien reparte tarjetas de presentación.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Su sonrisa era simple y natural, así que le correspondí el gesto y, claro, me senté.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Me puse a observar a los demás que frenéticamente trabajaban; hasta Jessica (que así se llamaba según supe por el cartón plastificado que todos nos colocamos en la solapa) seguía en el proceso de escribir no sé qué cosa en unas tarjetas misteriosas que luego introducía en un sobre cuyos bordes con pegamento lamía graciosamente con un ligero gesto de asco y cerraba mientras su sonrisa se mantenía al nivel de la más deliciosa naturalidad (después me enteraría que eran tarjetas personales, unas para confirmar citas que ya le habían hecho a través de los mensajitos que dejaban en su folder, otras para agradecer “después de cada entrevista”, “¿una tarjeta después de hablar con cada uno de los reclutadores?”, “sí, por cortesía”, “¿de agradecimiento?”, “sí, ¿no trajiste las tuyas?”; la miré desolado y comprendió, “después yo te presto”, me dijo cuando ya hacía rato que conversábamos y su sonrisa se había mantenido en el margen preciso de lo creíble).&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Jessica me contó que enseñaba música y que buscaba un colegio donde valoraran su trabajo (“para muchos el arte es solo un entretenimiento o un mal necesario para cumplir con el programa”) y yo le dije que creía que enseñaba castellano (“pero si me contratan para dictar Suajili en Katmandú diría que sí”).&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Ella se estaba riendo de buena gana con mi declaración cuando en eso el salón fue invadido por un hombre en sus cincuentas que conservaba una detenida juventud en su larga cola de caballo y en una barba entrecana que me recordó a los viejos hippies que hasta el día de hoy atraviesan carreteras en sus inmensas y nostálgicas motocicletas. &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Y digo “invadido” porque, como yo lo había hecho un rato antes, entró con desenfado, ocupó el espacio con su presencia y renunció a copiar el ceremonioso silencio que allí se imponía.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Se sentó en nuestra mesa, saludó y saludamos (luego supe que se habían conocido en la fila de inscripción).&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;¿De qué hablamos? ¡De qué no hablamos!&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Era poco antes de las dos de la tarde y teníamos para echar raíces allí por cinco horas más, así que, con el desparpajo de quienes saben quiénes son (o lo sospechan con bastante certeza) nos pusimos a conversar como conversan tres amigos que se reúnen después de un tiempo. &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Ella era músico de profesión, su instrumento es el oboe pero, como ya está dicho, trabaja de maestra (“el año pasado hubo solamente una vacante para oboísta en todo el país”) para pagar el crédito universitario con el cual en Lima hubiera podido comprarse un departamento de lujo o estudiar tres carreras en la mejor universidad del país.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Renuncio a describirla pero diré, en su beneficio,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;que su único defecto era un novio que la esperaba en otra ciudad, a cuarenta minutos de Boston y con el cual se casaría (se casará) en abril.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;El hippie, efectivamente era hippie o un sobreviviente, estudió física en la universidad y se dedicó diez años al trabajo de investigación hasta que un día su jefe lo mandó, por no sé qué programa de intercambio, a enseñar física a un colegio secundario en Tucson y allí se quedó hasta la jubilación recién entregada que le permite, a sus cincuentaitantos, pensar en irse a buscar trabajo en Asia o el Medio Oriente, “para pasear, conocer y ahorrar un poco”.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Se llama Marc, es frugal, directo y cínico, odia la burocracia y tiene el mismo humor negro que Philip, mi jefe.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;¿Será por eso que nos llevamos tan bien? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-top: 12pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;El día siguió imparable pero sin apuro y llegó la hora esperada,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;fuimos pasando, en una inmensa procesión a un salón muy grande donde cientos de sillas nos esperaban.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;La primera reunión estaba por comenzar…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-331781402771426836?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/03/jis-2.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>2</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-7760315484208099760</guid><pubDate>Mon, 25 Feb 2008 21:46:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-02-26T07:36:26.702-05:00</atom:updated><title>JIS 1</title><description>Cuando mis circunstancias cambiaron (Ortega y Gasset tenía razón), le escribí a mi gran amigo Eddie preguntándole si, en su experiencia de más de veinte años en colegios internacionales, creía que era posible que alguna escuela, en alguna parte del mundo, me contratara.  Eddie, que es argentino, sabe que los latinoamericanos (salvo ellos, los porteños) somos, en el fondo, tímidos y provincianos, así que empezó por decirme que tenía suficientes estudios y experiencia para tentar un trabajo, "tenés que venderte con confianza", y me dio el correo de Sally, "¿la recordás?, ella fue la consejera que yo reemplacé en el colegio, escribíle y contále de tus nuevas circunstancias, mandále tu currículum, supongo que tenés uno, ¿no?".  Y, claro, tenía uno interminable, muy latino, con exceso de datos, fechas y contactos. "Nadie va a leer ese testamento, tenés que hacer uno sencillo, que se lea fácil y rápido; te mando el mío, usálo de base", y así empezó el baile.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le escribí a Sally, claro que me acordaba de ella y, felizmente, que ella se acordaba de mí, recordó perfectamente las producciones que realicé con el Club de Teatro en Español y se alegró mucho cuando supo que Adrián (el primer actor que tuve y de quien ella había sido la consejera) fuera hoy, diez años después, el nuevo director del Club.  Me animó a inscribirme en la empresa y así lo hice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entusiasmado, aunque con más dudas que certezas, me inscribí en la empresa donde trabaja Sally; algo así como "buscando socios", una asociación que fue fundada hace ya varios años por John Magagna, quien luego de muchos años trabajando en el circuito internacional decidió crear esta institución dedicada a conectar a los cientos de colegios internacionales alrededor del mundo con los miles de profesores que se animan a esta vida trashumante del expatriado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ingresé a la página y le di inicio al proceso, así, poco a poco, fui reinsertándome en este alucinado mundo de los colegios internacionales, un mundo fascinante, lleno de oportunidades y, a veces, solitario.  Si bien yo había trabajado en uno en Lima (el FDR; que en este mundo todo es siglas, como ASAP, FYI, TGIF o el delicioso BTL, y muchos de los colegios se reconocen y se identifican a través de ellas), allí había sido "local" (peruano contratado en el Perú) y miraba a los "extranjeros", y sus vidas de eternos viajeros, como algo tan extraño a mí que jamás pensé que me fuera a hallar algún día en esa situación.  Cuando los veía recordaba un viejo poema de Chocano ("Hace ya diez años / que recorro el mundo. / ¡He vivido poco! / ¡Me he cansado mucho!") y ni en mis más alucinados sueños me vi atravesando los límites de las viejas murallas dentro de las cuales los conquistadores protegieron la virreinal "Ciudad de los Reyes de Lima" de piratas y corsarios, sediciosos y rebeldes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo cierto es que me encontraba llenando un formulario que sería un paso más hacia la emancipación, la independencia y la vida errante.  Frente a la pantalla de la computadora, si uno tiene ciertos conocimientos del manejo de estos aparatos, el asunto es sencillo pero trabajoso; hay que ser un poco obsesivo para que las cosas caminen rápido y, felizmente en eso, no tengo mayores inconvenientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Primero es preciso completar el formulario electrónico (que parece interminable) en donde, datos más o menos, transcribirás, recuadro por recuadro, toda tu vida académica y laboral.  Una vez terminada con la inscripción se te asigna una cuenta y una clave y el engranaje empieza a poner en movimiento una inmensa e invisible maquinaria.   Después hay que enviarles sendos correos a tus antiguos jefes y algunos padres de tus ex alumnos y pedirles que ingresen a una página web donde se les solicitará que evalúen al profesor.  Claro, lo alarmante del asunto (para quien pide el favor) es que es una evaluación ciega para uno, es decir, el sistema te dice "este correo es para informarle que Juan Pérez acaba de terminar su evaluación" pero no tienes idea de qué dijo Juan (claro, este es el momento en que resulta conveniente haber sido, al menos, medianamente efectivo, responsable y decente).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quién sabe la obtención de las evaluaciones es lo más estresante del proceso, por dos razones; la primera, uno no tiene idea de quién va a responder a tu solicitud y, la segunda, uno nunca sabrá qué van a decir los que te evalúen (a eso agréguenle que yo, por esto de mi cambio de circunstancias, di inicio al proceso muy tarde, en enero, cuando febrero es "el mes" y mucha gente viene desarrollando el proceso desde tres o cuatro meses atrás).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Debo confesar que tuve suerte.  La Asociación pide tres referencias de ex jefes y dos de padres de ex alumnos, entonces, conocedor del famoso 30% de respuesta positiva que tienen las convocatorias e invitaciones, envié quince correos pidiendo a igual número de personas que me hicieran el favor de ingresar a Internet, llenar el formulario, imprimirlo y enviarlo, firmado, por fax o por correo aéreo a las oficinas de la Asociación en Pennsylvania.  Para mi sorpresa y alegría, seis personas lo hicieron en menos de veinticuatro horas, a los pocos días ¡todos habían respondido! (tanto que Sally me escribió un correo y me dijo que corría el riesgo de "abrumar" a los reclutadores con mis recomendaciones).  Como ya está dicho, ignoro y siempre ignoraré qué dijeron de mí los que me evaluaron, sólo sé que siempre les agradeceré su buena voluntad y su interés (además, al parecer, por lo que vino después, fueron más que generosos conmigo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminada esta parte del proceso, verificadas las identidades, cruzada la información, teniendo la certeza de que yo era yo y mis evaluadores válidos, se me dio la luz verde; hice un pago de derechos (mínimo, para las posibilidades que te abre) y obtuve acceso a una inmensa base de datos en donde pude echarme a buscar (el programa es sencillo y amigable) todos aquellos colegios internacionales que buscaban un profesor de español.  Además, recibí la invitación de Sally para participar en una de las ferias más grandes que se realizan, en Cambridge (Boston, USA).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El proceso tomó entonces dos rumbos, uno, el práctico del viaje (pasajes, reservaciones, contacto con ex alumnos míos que están viviendo en Boston, ropa abrigadora, pasaporte) y, otro, el referente al mismo hecho de buscar trabajo.  Unos cuarenta colegios, diseminados por los cinco continentes, necesitaban profesores de español, pero el asunto se complicaba un poco.  Muchos de ellos pedían docentes que pudieran enseñar simultáneamente español y francés o alemán, o profesores que aceptaran trabajar por tiempo parcial o, sencillamente, habían decidido no acudir a la feria de Cambridge porque ya tenían planeado asistir a otras de la más de una decena de las que la empresa organiza por todo el globo.  Descartados todos los imposibles (porque ni a Nietzsche ni a Baudelaire los puedo leer en sus lenguas nativas, ni es posible sobrevivir solo en el extranjero con un trabajo "por horas", ni tenía tiempo ni presupuesto para irme a Londres, Estambul o Sidney), envié como dos docenas de correos diciendo quién era, cuál era mi experiencia y solicitando una entrevista en Boston.  Pocos respondieron ("no te alarmes", me dijo Sally, "en estos tiempos los reclutadores están viajando y haciendo contratos y muy pocos tienen tiempo de responder correos, esto es solo exploratorio, lo importante sucede en Cambridge"), es más, en el boletín diario de la Asociación que cada mañana llegaba a mi casilla electrónica podía ver, con no poco desaliento, cómo algunos cupos se iban cerrando y cómo, ya fuera por ferias anteriores a la de Boston o porque se hacían contactos directos entre profesores y reclutadores, muchos colegios iban retirando sus vacantes ("no hay de qué preocuparse", insistió Sally con una paciencia de santa, respondiendo todos los correos que mi neurosis le enviaba, "siempre es así, hay vacantes que se cierran y otras que se abren, ten confianza y no te alarmes…").&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me alarmé; esperé.  Esperé y esperé, esperé como en las películas, y las semanas fueron ferozmente lentas y los días se hicieron odiosamente interminables.  Pasó el tiempo, porque indefectiblemente pasa, y solo cinco o seis colegios respondieron confirmando su intención de verme o diciéndome que yo no me encontraba "dentro del perfil" de la institución (y Sally allí, "no te desanimes, es normal" y Eddie allí, "tú pensá en la feria, vendéte bien, y vas a ver que le vas a interesar a más de uno").&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando subí al avión, cargando veinte copias de mi currículum, con mi &lt;i&gt;veintiúnico&lt;/i&gt; terno recién planchado y con abrigo suficiente para sobrevivir un invierno en la Siberia, no tenía la menor idea de lo que iba a suceder en los próximos días.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-7760315484208099760?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/02/jis-1.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-4632267811734618655</guid><pubDate>Sun, 06 Jan 2008 06:22:00 +0000</pubDate><atom:updated>2008-01-07T09:13:38.740-05:00</atom:updated><title>LIMA ENGORDA</title><description>Visitar Lima es condenarse a subir de peso; cualquiera que haya pisado la tres veces coronada villa sabrá que tengo razón.  Yo me anduve cuidando (bueno, anduve manteniendo mi sobrepeso habitual) hasta que el destino me regresó, por dos semanas, a los parques de la infancia, a las calles de la adolescencia y a los restaurantes de toda la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo primero que debe hacer uno al llegar a Lima es comerse un pollo a la brasa con muchas papas fritas con mayonesa y una generosa porción de palta (el aguacate de los mexicanos), todo eso debe estar acompañado de una Inka Kola bien helada (diet, para los que queremos conservar la línea) o una jarra de chicha morada (delicia del maíz morado hervido con cáscara de piña).  Claro, para comer pollos hay para escoger, desde las más socorridas pollerías de barrio (como el Memphis en Aviación) hasta la ahora internacional cadena del Pardo´s Chicken, pasando por La Granja del Abuelo (donde puedes disfrutar, de paso, del inolvidable “choclito” José Antonio).  Claro que si el asunto es por volumen y se trata de retar el vientre, bien pueden disfrutarse todos los pollos que el cuerpo aguante en la clásica Granja Azul o en el más reciente El Pillo, ambos a las afueras de la ciudad (imperdibles los anticuchitos de hígado de pollo con mayonesa).  Para los nostálgicos, nada como un pollo del Rancho o del Pollón, esos decanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tampoco es posible pasar por Lima sin comerse un ceviche, unas conchitas a la parmesana, una jalea, un chicharrón de calamares o una corvina a la chorrillana.  Cevicherías hay muchas; la mejor, para mí, no sólo por la comida sino porque la sazón y la atención de Paola son memorables, era El Gato que, liquidadas sus siete vidas, ha pasado al recuerdo; creo que esa fue mi gran ausencia esta vez.  Sin embargo, tenemos otras, desde las de más “producidas” como Pescados Capitales, La Mar o El Segundo Muelle (la mejor, sin duda, es Costanera 700, donde te puedes comer una chita a la sal que se deshace en la boca acompañada de un chaufa de pescado inimitable), hasta las más populares y típicas como Punto Azul, El Limón o Punta Arenas.   Cualquier limeño que se respete conoce una cevichería, “la cevichería”, ese lugar fabuloso donde se prepara “el mejor ceviche de Lima”, a decir de los parroquianos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pisar el Perú y no comerse un chifa es un delito (y si no lo es debiera tipificarse).  No hay lugar en el mundo donde la comida china sea mejor, ni en China.  El acriollamiento de las costumbres culinarias que trajeron los coolíes cuando fueron engañados y esclavizados por los hacendados en el siglo XIX, dio como resultado una mezcla fenomenal en la que se funden tradiciones asiáticas, africanas e indígenas en un alimento único por su variedad, por sus aromas y gustos.  Chifas hay miles y el mejor es el del barrio de nuestra infancia, el que estaba junto “al chino de la esquina” (la bodeguita socorrida), ese con media docena de mesas siempre abarrotadas, cocina de dudosa pulcritud y utensilios grasientos donde la inmensa sartén (el wok) jamás ha sido lavada y guarda allí, en medio de los refritos pegoteados, el secreto de un sabor inconfundible e inigualable.  Un arroz chaufa, unos wantanes fritos, una gallina tipakay, un pollo chijaukay, un chancho al ajo, un pato pekinés o una deliciosa tortilla de verduras, elevan al más distraído al sétimo cielo.  Si bien el mejor es que mejor conocemos, hay muy buenos como el Wa Lok, el Salón Capón, el Tití, el de Charito (en la cuarenta de Paseo de la República) o el que está en la avenida El Polo, cuyo nombre jamás supe.  Si se quiere ser más exclusivo y excluyente bien se puede ir al O-mei, al final de la Javier Prado (el pato pekinés allí es soberbio), jamás defraudará.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si de comida criolla se trata hay lugares tan célebres como el José Antonio, el Señorío de Sulco o Las Brujas de Cachiche, aunque para tales menesteres sean mejores los “huecos”, los restaurantes de la gente de a pie que abundan en el centro o en las zonas más típicas, esos lugares con media docena de mesas que se las arreglan para atender infinidades de clientes que van hasta Barrios Altos, La Victoria o el Rímac, solo por su sazón.  Siempre quedan, ahora renacidos, los kioskos del Estadio Nacional donde las anticucheras lo esperan a uno para preparar los chinchulíes, el anticucho, la papita dorada, todo con su ají con huacatay y su chicha.  Y, claro, de postre, impostergables, insuperables, infinitos, unos picarones magníficamente bañados en la más dulce miel de chancaca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si es cierto que para comer buenas carnes hay que irse hasta Argentina, también es verdad que El Hornero da la pelea honrosamente.  Allí también La Carreta y El Rincón Gaucho, aunque ninguna, ninguna se compara a las parrillas que hacía Carlitos achicharrándose el estómago mientras Ricardo, Luigi, Alberto, Mario, Manuel, yo, conversábamos, una vez más, de las cuchucientas mil veces repetidas anécdotas del colegio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mejor pasta que he comido fueron los tallarines verdes (al pesto) que preparaba mi madre pero, ahora sin ella, hay que ir a La Trattoria di Mambrino, lugar imperdible  donde los dueños (Sandra y Hugo) atienden de maravillas (aunque Hugo no perderá la ocasión de hacerte brindar con un vino “buenísimo” y caro, no importa, los ravioles rellenos de camote justifican la cuenta).  Donatello (en la Encalada) es un clásico y allí, Rosa María y Lalo, hacen pasar a sus clientes momentos extraordinarios con platos de antología.  Sin embargo, también hay otros lugares célebres como el San Seferino o Don Vito (del cual huimos alguna vez mis amigos y yo en la adolescencia cuando vimos los precios y nuestras magras propinas no alcanzaban para ese lujo).  Si de Pizzas se trata, está el inolvidable Don Rosalino, que de la siempre socorrida y polémica “calle de las Pizzas” se mudó a República de Panamá; o, más de postín, se pueden probar las novedades de Antica o la deliciosa pizza “al pesto” de La Linterna (junto con una fresca ensalada de berros).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para visitar cafeterías también Lima tiene lo suyo.  Mi favorita es el Café-Café, donde me siento como en mi casa y donde Alberto está siempre dispuesto a satisfacer a los molestos clientes (como yo) con los platos que se nos antojan (estén o no en la carta).  Después, tenemos La Baguette, con un pan delicioso, y La Bomboniere, con una canastilla de sanguchitos para el lonche que son un pecado.  Ahora hay tantas y tan buenas que en la carrera de las cafeterías no se quedan muy atrás ni la San Antonio (el milhojas de fresas con crema chantilly) ni Bocatta (sus helados), ni Delicass (sus desayunos), ni Tanta (con platos tan exquisitos que ellos podrían alegar que son un restaurante, o si no me remito a los anticuchos shuller o al lomo saltado).  Claro que si se trata de una exquisitez, de una rareza, de darse una molestia por algo singular, es imposible dejar de ir a comer los dulces incomparables (torta de profiteroles, relámpago de lúcuma) de Italo, allá, medio perdido, en Magdalena (en febrero no atiende).  No sé si aún seguirá Lucho en San Miguel, una esquina cualquiera a dos cuadras del parque de la medialuna, pero la crema volteada de allí, servida por la incomparable Dorita, no tenía competencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para sánguches, La Rueda (siempre que los prepare Zósimo –hay que decirle que somos recomendados “de pepito”-) o El Peruanito en Miraflores o Macarios en Surco o el Palermo (donde también hay una leche asada muy buena, como las de antaño).  La novedad es un lugar moderno llamado Pasquale Hermanos (pasé por allí y me comí un pan con chicharrón, pero aún está lejos del sabor de los de Mala; es que eso de “sánguches medio gourmet” no me convence, es como comer pollo a la brasa con cubiertos de plata cuando todos sabemos que se disfrutan mejor apeándose, con la mano).  Si le exijo a mi memoria, recordaré que los mejores sánguches que probé alguna vez fueron los de esa esquina en el Centro de Lima, cerca del jirón Quilca, donde iba con mi papá (diabético precavido) cada cuatro o seis meses a hacernos (y hacerse) exámenes de sangre con el doctor Ordoñez (el sánguche era el premio por la mañana de ayuno y el lugar tenía un encanto especial, siempre lleno, siempre apurados los que atendían en la barra, esa barra donde uno pedía y pagaba y comía acomodándose donde pudiera teniendo de telón de fondo un mostrador donde se hallaban expuestos, con sus carnes doradas, docenas de pavos horneados, jugosos y listos para ser tasajeados por el sanguchero).   Eso sí, si se trata de acompañar el sánguche de los más deliciosos jugos de frutas que jamás se han hecho en Lima, no se puede dejar de ir a Las Delicias a tomarse un celestial jugo de mandarina con granadilla acompañado de un sánguche de lomito con palta o a disfrutar un sánguche de pollo y mayonesa maridado con un jugo de lúcuma bien frío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ah, ¡la lúcuma!  Si algo tiene Lima que nadie más tiene, es una oferta interminable de helados de lúcuma, esa fruta sagrada que crece en el Perú y en el norte de Chile, esa fruta única, de sabor inconfundible y radical que solo acepta fanáticos irrecuperables como yo.  Antes que cualquier otro, un helado D`Onofrio de lúcuma (que no tiene nada que ver con el sabor original de la fruta pero que es el gusto con el que crecimos todos los peruanos que asaltábamos la carretilla del heladero que pasaba por nuestras calles y parques haciendo sonar esa inconfundible bocina), y luego, claro, podemos ir a una de esas heladerías maravillosas que hay en la ciudad.  ¿Las mejores?, el Quatro D y Laritza.  No obstante, es necesario dejar claro que nadie ha comido un verdadero helado de lúcuma si es que no ha pasado por el kilómetro sesentaitantos de la carretera al sur y ha parado en Chilca, junto a ese kiosquito que dice “Helados Ovni”, tan deliciosos que solo pueden competir con el nostálgico zambito de lúcuma del TipTop (donde también es imprescindible comerse una tiptorella acompañada de un milshake de lúcuma).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En fin, Lima engorda, deliciosamente, pero engorda.  Y eso que no he pasado por los restaurantes “gourmet” y los de “cinco tenedores” que ahora abundan en la ciudad y que han convertido a la antigua capital del virreinato del Perú en uno de los destinos gastronómicos más importantes del mundo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-4632267811734618655?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2008/01/lima-engorda.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>3</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-1252266839455383082</guid><pubDate>Fri, 16 Nov 2007 23:20:00 +0000</pubDate><atom:updated>2007-11-21T10:46:58.149-05:00</atom:updated><title>SIN CITY</title><description>Si alguna vez deciden ir a Las Vegas, asegúrense de llegar de noche, así la magia del primer encuentro durará más y las luces de neón y los grandes letreros luminosos  permitirán tragarse, casi con agradecimiento, el mundo de cartón y plástico que, bajo la protección de las sombras, el ruido de las máquinas tragamonedas y las curvas de las mujeres generosamente exhibidas que sonríen desde los grandes carteles que abundan por todas partes, esconde una maquinaria impresionante creada –bajo el amparo de la mafia, la bendición de los dólares y arrullada por la música de Sinatra– para que las decenas de miles que la visitan cada día derrochen lo que tienen (y lo que no tienen) en esta “Disneylandia para adultos”, como alguien me explicó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegamos al medio día, craso error (yo fui arrastrado por la buena voluntad de mis vecinos –encantadores y hospitalarios hijos de México con quienes pasamos la prueba, siempre difícil, siempre fascinante, del viaje en conjunto y de la convivencia–).  La luz del día, que hace que el desierto de Nevada se vea espectacular con sus manchas de color rojo, es, sin embargo, muy mala combinación para los palacios de plástico, las pirámides de latón, las esculturas de porcelanato y toda la parafernalia hecha para lucir impresionante amparada por las luces artificiales, pero incapaz de resistir el beso de la realidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desfallecíamos de hambre (las casi cuatro horas de atraso que tuvo el vuelo y el sueño de la amanecida contribuían poco a mi buen humor y a ese “es cuestión de ilusión” con el que fui advertido cuando comencé con mis críticas corrosivas), así que, tras cumplir con los trámites burocráticos y dejar cada cual sus maletas en sus habitaciones, bajamos y empezamos a caminar a un hotel que “está acá no más” y al que llegamos veinte minutos después de atravesar avenidas y puentes, subir escaleras eléctricas y mecánicas, cruzarnos con mendigos con mejores zapatillas que las mías y evitar tropezarnos con las cien mil otras personas que andaban por allí yendo quién sabe a dónde, muchos con una cerveza en la mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hotel, como todos los hoteles alrededor, era impresionante, gigantesco, aparatoso, pero no elegante (eso me pareció, después, una constante en esta ciudad donde todo “parece”, pero nada “es”, donde el culto por las formas ha desplazado por completo a la esencia y sus significados).  Habíamos llegado a almorzar “al hotel más caro de Las Vegas”, según me informaron; todo era luces, máquinas tragamonedas, largos pasillos, guardias discretamente disfrazados de guardias disfrazados de civiles, y mucha gente avanzando, jugando y apostando.  “Tiene el mejor buffet”, y no se equivocaron.  Llegamos a un ambiente donde sin &lt;span style="font-style: italic;"&gt;glamour&lt;/span&gt; alguno te cobraban los correspondientes dólares antes de pasar a una de las muchas inmensas salas que conformaban el lugar, nos asignaron los asientos y “pasen a servirse”.  Lo que vi fue casi una Epifanía, me encontré con lo que para un gordo es lo mismo que para un niño una tienda de juguetes a su disposición.  Había todo y de todo, en cantidades desproporcionadas, inmensas, exageradas (como todo en ese país donde las carencias del alma se colman con los excesos del cuerpo).  Comí infame y obscenamente.  &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Mea culpa&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al pasar las horas, y al ceder el sol a las sombras de la noche, las luces que todo lo iluminan con sus mil colores, fueron dibujando el rostro que yo conocía de esta ciudad, el rostro maquillado como el de sus bailarinas y camareras, el rostro acomodado para las fotografías, las poses y los &lt;span style="font-style: italic;"&gt;flashes&lt;/span&gt;.  Esa ciudad que sorprende al mundo desde las pantallas del cine o de la televisión y que nos tienta a todos con su magnificencia y la posibilidad de hacernos millonarios en un golpe de suerte que nos permita engrosar la lista de los que viajan en&lt;span style="font-style: italic;"&gt; jet&lt;/span&gt; privado y se alojan en la &lt;span style="font-style: italic;"&gt;suite&lt;/span&gt; presidencial hasta que otro golpe de (mala) suerte se encargue de devolvernos a la realidad clasemediera con cuentas por pagar, créditos hipotecarios y tarjetas que siguen inflándose en nombre de un nuevo financiamiento (la suerte es una moneda y, como tal, tiene dos caras, pero lo olvidamos).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De noche los hoteles brillan y en ellos —razón de ser y única personalidad verdadera de esta ciudad— los casinos se convierten en espacios atestados de gente que mira, cada cual de manera más desorbitada y estúpida, la pantalla de la máquina que promete hacerle rico mientras le va chupando, como un vampiro cibernético y post-modernista, los dólares virtuales de la tarjeta de crédito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algo me llamó poderosamente la atención —ya no sé si me decepcionó o me entusiasmó—; los &lt;span style="font-style: italic;"&gt;dealers&lt;/span&gt;, contrariamente a lo que uno se imagina, son gente mayor.  Cuando uno piensa en Las Vegas, a la luz de los fotos, no es difícil suponer que quienes atienden son jóvenes, tipos con esmoquin a lo &lt;span style="font-style: italic;"&gt;yeimsbon&lt;/span&gt; y rubias despampanantes que esconden un cuchillo en las ligas que cubre mal la minifalda.  Nada de eso, abundan, al contrario, señoras y señores con cara de haber estado repartiendo cartas aburridamente hace dos o tres décadas y que piensan más en su jubilación que en irse “a seguirla” cuando su turno termine a las cinco de la mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La prostitución es un delito, claro, pero no lo es hacerle propaganda; para eso están los “solicitadores”, que le ganaron una batalla legal al gobierno de la ciudad y pueden trabajar libremente.  Son todos de aspecto latino (no recuerdo haber visto africanos, asiáticos ni gringos) que se colocan al final de avenidas, puentes, calles, donde un espacio lo permita, y allí reparten una tarjetas con fotos de mujeres espectaculares (de raza, edad y formas diversas) que ofrecen sus servicios por unos cuantos billetes.  No solo eso, en los dispensadores gratuitos de diarios (que en otras ciudades se usan para poner los encartes de los supermercados o la revista que regala el municipio) solo habían publicaciones, a todo color, con un número inimaginable de mujeres que por tal o cual tarifa van “discretamente” a tu hotel.  Dicen que ésta es la ciudad del pecado, pero no creo que sea diferente a ninguna otra urbe, a lo mejor es más evidente y menos cínica, pero no más pecaminosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, no fueron ni los grandes edificios, ni los luminosos casinos, ni los espectáculos millonarios, ni las promocionadas prostitutas, ni el ajetreo nocturno que —según me dicen— es inacabable, lo que me dejó la más clara impresión de la ciudad.  Como siempre lo he dicho, “los lugares son la gente” y para mí Las Vegas es María, la peluquera de padres mexicanos, nacida en San Francisco, con la que conversé largamente sobre el ser inmigrante en todas partes y sobre su terca soltería que le permite viajar “cuando quiera y a donde quiera”; Yessuf, el taxista, un etíope simpatiquísmo que llegó hace veinte años como jugador de fútbol, se casó con una mujer blanca (&lt;span style="font-style: italic;"&gt;white woman only whant my money&lt;/span&gt;) que en el divorcio se quedó con la casa, los hijos y la pensión, un hombre alegre y optimista; John, otro taxista, un señor mayor, gringo él, de Nueva York “donde los alquileres son muy altos”, que se mudó con su mujer a la ciudad en el desierto “para ahorrar un poco, porque la pensión es baja” pero que en fiestas viaja a ver la familia; o Hassan, el marroquí que vendía corbatas en una tienda quebrada que estaba rematándolo todo “porque ya no es negocio para los dueños, cuando cierren ésta abrirán otra, con otro nombre, porque ellos son los que nunca pierden”, pero que estaba seguro de conseguir trabajo después de veintidós años de experiencia “siempre en Las Vegas”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ellos son los seres comunes y corrientes, aquellos que trabajan todos los días porque la fantasía de este inmenso y costoso parque de juegos funcione y nos regale, a todos los que vamos buscando no sé qué —que no es la felicidad—, la ilusión de que es posible divertirse en medio de castillos de utilería, pirámides de cartón y estatuas de plástico, ensordecidas —el alma y las preocupaciones mundanas— por el tintineo (electrónico y artificial) de las muchas monedas que ganamos para perderlas después (junto con la quincena o la jubilación) arrastrados por el vano, efímero y delicioso, espejismo de la fortuna.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-1252266839455383082?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2007/11/sin-city.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-3090835134360329050</guid><pubDate>Mon, 05 Nov 2007 05:31:00 +0000</pubDate><atom:updated>2007-11-05T14:09:00.242-05:00</atom:updated><title>DÍA DE MUERTOS</title><description>Parece ser que desde hace dos o tres mil años, las antiguas civilizaciones que habitaron la región de Mesoamérica, tuvieron y mantuvieron la costumbre de recordar un día a sus muertos y se dieron las mañas para “traerlos” del otro mundo con ofrendas y comidas que —de alguna manera— les señalaban el camino de regreso a casa.  Producto del sincretismo religioso, tras la conquista, la fiesta se confundió con dos celebraciones católicas, el Día de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos, correspondientes al uno y dos de noviembre, y hoy por hoy, (des)gracias a la globalización, las ceremonias empiezan a mezclarse nuevamente con la fiesta del “jaluhüín” gringo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie mejor que Martín para andar por las calles del D.F., así que lo llamé.  Pasó por mí en su automóvil verde con lunas polarizadas (“es que así parece un carro oficial y nadie se mete con nosotros”, me dijo hace ya meses, cuando aterricé en México y quiso el azar que fuera el chofer del taxi que me recogió del aeropuerto por primera vez), llegó, como siempre, sonriente y le encantó la idea de “recorrer la ciudad” en el “Día de los muertos”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Vamos a un cementerio, Martín, pero, primero, te invito a comer a donde tú escojas, eso sí, que sea carne”, le dije mientras recordaba eso de “sin cadáver no hay almuerzo”, maravillosa frase que me enseñó alguna vez un amigo y que ahora —culpen al tiempo y al olvido— repito como si fuera una tradición familiar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Martín no dudó y enrumbó al sur, unos minutos después llegamos a una calle cualquiera, “estamos en Xochimilco” me dijo, estacionó el automóvil y bajamos.  A unos diez metros había un gran quiosco con un letrero inmenso que rezaba “carnitas”. “Acá tomamos desayuno con mi esposa”, me comentó confidente mientras nos sentábamos en los banquitos que escaseaban alrededor del puesto.  El espectáculo era impresionante, el cerdo —¡pobre de él!— se hallaba dividido, separado y cocinado en partes que los comensales pedían insaciables al cocinero.  Éste, agarraba un pedazo de bofe (pulmón) y lo tasajeaba con maestría de carnicero sobre un gran tronco que servía de mesa para realizar los cortes.  Colocaba la correspondiente porción en un taco de maíz, lo bañaba de cebolla y perejil, y se lo entregaba al cliente quien, a su vez, lo embadurnaba con salsas picantes, salsa de nopales y chile (“este es el habanero, cuidadito”, me advirtió Martín).  Mi compañero devoraba varios tacos surtidos que, según me explicó, contenían, al azar, tripa, maciza, buche, oreja o cualquier otra parte del sacrificado, mientras que yo, algo más tradicional, me despachaba, con las manos, como mis ancestros, un delicioso chamorro (la pata del chancho).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien alimentados, enrumbamos al cementerio.  El tráfico en los alrededores era insoportable (“y eso no es nada, entre ayer en la noche y hoy en la mañana había mucha más gente”), estacionamos en la calle (“sólo diez pesos”) y caminamos el par de cuadras que nos separaban del camposanto.  Cientos de personas deambulaban por allí; en la entrada, decenas de vendedores ofrecían flores, comida, juguetes, licores y unas graciosas y coloridas calaveras (la “calaca” o la “catrina”, cuya imagen se popularizó gracias a las maravillosas litografías de José Guadalupe Posada, el artista que hizo inmortales esos delirantes esqueletos de personajes poderosos o encopetados a los que acompañaba con una “calavera” que no era otra cosa que un verso —copla, cuarteta o décima, siempre anónima— con el que se satirizaba a los poderosos de turno “matándolos”, siquiera metafóricamente).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que sucedía dentro del cementerio era realmente fascinante, cada tumba estaba limpia, vistosa, adornada con flores y con una serie de objetos que fueron, en vida, importantes para el difunto.  Por ejemplo, sobre la lápida de quien debió ser un cantante, se hallaba una guitarra, un par de botas, un sombrero de charro y, claro, dos botellas de tequila.  Alrededor, cinco mariachis cantaban “Amor eterno” de Juan Gabriel (“y también hay muchas rancheras antiguas que hablan del tema de los muertos”, me comentó Martín) y “compartían” con el occiso el destilado del agave.  No era el único caso, varias sepulturas tenían a sus mariachis y el cementerio era una sinfonía de voces armónicas y desentonadas.  En otras tumbas se hallaban familias enteras —perro incluido— sentadas alrededor de la losa de mármol, comiendo tacos, bebiendo tequila o sencillamente conversando.  Me sorprendió ver que aún alrededor de las lápidas con fechas recientes, los familiares no se lamentaban ni estaban tristes, al contrario, conversaban animadamente, como si se tratara de una reunión familiar en la sala de la casa. En medio de tan tradicionales ceremonias no dejaron de sorprenderme los niños disfrazados de dráculas, frankesteines o brujas, que portando una calabaza de plástico en la mano (“made in china”) pedían unas monedas “para mi calaverita”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestro recorrido siguió en el magnífico mercado de flores de Xochimilco, pasamos por allí y vimos las cientos de macetas conteniendo la famosa “cempasúchil” o flor de muertos, coloridas, brotadas, hermosas, con tonalidades que iban del amarillo tenue al naranja encendido, olorosas y bellas, flores que en estas fechas adornan no solo las tumbas (junto a las “garras de león” o “terciopelo”) sino también los altares que en casi todas las casas se levantan con la foto del que es recordado, acompañada de ofrendas tan variadas como el pan de muerto, las calaveras de azúcar y chocolate, agua, tequila, alguna prenda del difunto y velas para orientar al ánima en su camino de regreso a casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente —conscientes de lo imposible de la tarea de ir al centro en automóvil— nos lanzamos al Metro —esa fabulosa red vial que en México transporta diariamente casi a cinco millones de personas—; abandonamos el coche en un centro comercial y en la estación “Doctores” nos trepamos rumbo a “Bellas Artes”.  Al salir del subterráneo el espectáculo que hallamos era maravilloso.  Casi todas las calles del centro se encontraban cerradas al tránsito vehicular y miles, decenas de miles de personas, caminaban por las pistas; familias enteras, grupos de amigos, niños disfrazados “a la americana”, “darks”, pelotones de gente (y hasta un punk medio extraviado con una cresta púrpura impresionante), iban y venían.  Medio agotados, llegamos al Zócalo y allí la marea era impresionante, veinte o treinta mil ciudadanos caminaban —calmada y ordenadamente— recorriendo, observando, fotografiando y admirándose de las decenas de altares y ofrendas que las diversas instituciones y delegaciones, en una competencia tradicional, habían levantado alrededor de las más de cuatro hectáreas de una plaza interminable, superada en tamaño solo por la Tiananmen de Pekín y la Roja de Moscú.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La jornada, agotadora pero imprescindible, terminó —ya sin Martín— al día siguiente, en el teatro Hidalgo, viendo, como manda la tradición, la puesta en escena del “Don Juan Tenorio” de José Zorrilla.  Mucha agua ha pasado desde que en 1863 se estrenó en México el drama del español, en el Castillo de Chapultepec y con la asistencia del emperador Maximiliano, y muchas versiones —serias y cómicas, de calidad y deplorables, memorables y olvidadas— se han sucedido a través de los años, sin embargo, la gente sigue asistiendo, cada primera semana de noviembre, al escalofriante diálogo con los muertos que entabla don Juan, a su condena y a su redención final —gracias al amor de doña Inés, tan casta, tan pura, tan virgen como siempre—.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El país no deja de sorprenderme, en estas festividades todos los ciudadanos, casi sin excepción —y sin importar en dónde se encuentren en la injusta pirámide social—, hacen un alto, recuerdan a los que se marcharon y comparten con ellos —en los cementerios, en los altares, con las ofrendas, los ritos, las canciones y el teatro— memorias y afectos, nostalgias e ilusiones, noticias viejas y proyectos, en un ritual que —contrariamente a lo que un analista superficial pudiera concluir— no es un culto a la muerte sino a la vida, un canto a la esperanza, una celebración de la existencia humana, un momento —reflexivo e irreverente— para detenerse, recordar de dónde venimos, planear a dónde vamos y decirle a la pelona, a la calaca, a la catrina, “hoy no te celebramos, hoy celebramos lo que fuimos y lo que somos, hoy te advertimos, bajo la luz de nuestro amor y de nuestras tradiciones, que no nos atemorizas, que no vencerás, que eres inútil, que nunca prevalecerá el olvido y jamás tu sombra reinará sobre nosotros”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-3090835134360329050?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2007/11/da-de-muertos.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-790973063809677718</guid><pubDate>Tue, 30 Oct 2007 19:10:00 +0000</pubDate><atom:updated>2007-11-04T02:28:38.050-05:00</atom:updated><title>PUEBLA NO ES UN PUEBLO</title><description>Cuando Álvaro me invitó a un encuentro de poetas en Puebla, ese nombre solo me remitía a la cerámica de Talavera (de origen español pero ya hace mucho tiempo mexicanizada), a la china poblana (representante de la belleza popular del país de Pancho Villa —aunque los más exigentes dirán que solo se trata de las mujeres “del centro”—) y al mole poblano (salsa para paladares sublimes —y estómagos resistentes— que consiste en una mezcla de chocolate, chiles, semillas y especias, en las medidas y proporciones que solo las expertas cocineras conocen bien al haber heredado el secreto familiar por varias generaciones).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay que estar allí, pasearse por esta ciudad cálida y amable, recorrer las calles empedradas del centro, visitar la inmensa catedral, caminar por el zócalo impecable o dejarse deslumbrar por la magnífica biblioteca palafoxiana (legada por Juan de Palafox y Mendoza, obispo de Puebla y décimo octavo virrey de Nueva España) para entender el encanto de esta urbe que alberga a más de un millón y medio de personas sin haber perdido la prestancia y la dignidad que le otorgan la prosapia de los casi cinco siglos de existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me dijeron que estaba cerca, que los casi ciento treinta kilómetros que separan Puebla del Distrito Federal se hacía en noventa minutos, sin embargo, visitar, unas semanas antes, el pueblo de Chipilo (una deliciosa colonia de italianos de cuyas vicisitudes —y de cuyos helados— hablaré  un día), a solo doce kilómetros de tierras poblanas, y tratar de pasar por la avenida Zaragoza a la salida del DF, en cuyos espacios construyen un enorme cruce aéreo de carreteras, me disuadió de emprender tal aventura.  Si acompañado, las dos o tres horas que te pueden tomar pasar por allí en momentos de congestión, se hacen débilmente tolerables, hacerlo solo hubiera sido una locura, una insania a la que no estaba dispuesto, abandonado a mi neurosis en medio de la carretera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Los mejores buses de México salen del aeropuerto”, me dijo alguien.  No es cierto.  Al menos no son los mejores en los que he andado (los que van a Guadalajara son superiores, claro, será que el camino es cuatro veces más largo).  Sin embargo, no son malos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cinco de la mañana, despertarse.  Seis, tomar el taxi hasta el aeropuerto.  Siete, parte el bus hacia Puebla.  Pasadas las nueve llego a “cuatro oriente”, la estación particular que esa línea tiene muy cerca del centro.  “No, no camine, son varias cuadras, tome un taxi, sí, de esos, los negros, no pague más de treinta pesos”. Pagué cuarenta.  El hotel era uno que fue, es decir, fue de postín, fue cinco estrellas, fue famoso, hoy es un fantasma, un pálido reflejo de sí mismo, un delicioso lugar en decadencia que no tiene suficientes controles remotos para todos los televisores de todas sus habitaciones.  Ese fin de semana debieron estar de fiesta, lleno total.  Sin embargo, triste y todo, con fallas en el baño, con luces que no encendían, con cuadros viejos, alfombras raídas y sábanas y toallas percudidas, guardaba cierta dignidad que me emocionaba, como ese letrero que anunciaba el “helipuerto” o el de la “alberca techada y temporizada” que jamás hallé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si algo tenía de maravilloso era su ubicación, a solo tres cuadras del zócalo de la ciudad y, según me había advertido Álvaro, “muy cerca a la universidad” donde se realizaría el encuentro de poetas que me llevó hasta allá (amén del precio por noche, que era razonable aunque la gentileza y el dispendio de los organizadores hizo que a mí no me costara ni un centavo).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegué y me di cuenta de mi inmensa ingenuidad, no tenía el teléfono de Álvaro.  “No importa”, pensé, “le mando un correo”.  Como el hotel era de cinco estrellas, según se anunciaba en las veinte páginas web que revisé, no me había preocupado por ese tema. “Iré al bisnes center”, me dije y me dirigí al mostrador donde solo hacía unos minutos un distraído encargado me había atendido amablemente y me había indicado mi habitación.  “Lo lamento, señor, no tenemos”, me dijo el señor con su uniforme pasado de moda y esbozando una sonrisa cristalizada por el tiempo, pero añadió esperanzador, “en la esquina hay una cibercofi”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claro, “la esquina” significaba tres cuadras más allá, un cuarto de tres por cuatro donde habían instalado una cabina de Internet con máquinas viejas, cuya velocidad me recordaba a las Apple IIe de 286k de memoria RAM con las que empecé a escribir en 1986 (creo que darme cuenta de los más de veinte años que se me separaban del salón del cómputo y del gringo ese, medio loco, que no enseñaba, fue lo que más me perturbó de ese lugar).  Me tomó como media hora redactar las dos líneas que anunciaban mi presencia en Puebla, y no porque estuviera nervioso por el evento al cual me habían invitado sino porque en el ínterin se congeló la pantalla, se reinició el disco dos veces, se trabó el teclado en una docena de oportunidades y pude ser testigo, junto con otra media docena de estudiantes que habían ingresado al local, de un archivo morboso que abrió un muchacho —y que todos vimos extasiados— en el cual, para advertir contra los peligros del exceso de velocidad, se mostraban escenas realmente repugnantes de cerebros partidos, vísceras expuestas y no sé qué otras lindezas que los chiquillos al lado mío celebraban como si se tratase de una comedia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me demoré tonteando frente a la máquina con la esperanza de que Álvaro pudiera leerme.  Fue en vano.  Aburrido, emprendí el camino de regreso al hotel y, como ya nada me apuraba, pude observar las calles empedradas, las viejas y centenarias casonas, el tráfico que todo lo contaminaba, la gente andando por las calles casi con indiferencia, como si no supieran que en esa ciudad, ese mismo día se inauguraba un encuentro de poetas…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No, no lo sabían.  Pregunté por la calle “¿sabe usted en qué local entregan las credenciales?” y el señor que no detuvo su paso me miró como quien ve a un lunático, pensé que había sido muy genérico e insistí con una señora que cargaba una bolsa de mercado, “disculpe, señora, ¿me podría indicar en dónde se realiza la reunión de poetas?”, esta vez la noble poblana se detuvo, me miró con cierta curiosidad y me respondió preguntándome, “no, joven, no tengo la menor idea, ¿dónde se juntarán los poetas?”.  No dejé que el desánimo se apoderara de mí y seguí andando las calles hasta el hotel.  Ninguno de los dos botones de la puerta tenía la menor idea y me enviaron “al mostrador”, allí, una señora reclamaba porque le habían robado la cartera frente a un impávido conserje que le decía que ya había preguntado “al encargado” y que él le aseguraba “que no se había perdido nada”, al lado, la telefonista hablaba animadamente con alguien que sin lugar a error no era un cliente, y solo unos minutos después se apareció el señor que me había permitido “chekarme” en la mañana, varias horas antes de lo indicado en el reglamento que se hallaba, como siempre, tras de la puerta principal del cuarto.  Le expliqué lo que sucedía y me dijo “no se preocupe, el hotel está lleno de poetas”, le pregunté, animado, dónde era la inscripción y me dijo “no tengo idea, no es en el hotel”, lo interrogué acerca de alguna noticia dejada por los organizadores, “no, no tenemos esa información”, finalmente le pedí, al borde de la desesperación, que me aconsejara, “ah, eso es fácil, vaya a la universidad, está a tres cuadras…”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-790973063809677718?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2007/10/puebla-no-es-un-pueblo.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-3099270240831718440</guid><pubDate>Sat, 20 Oct 2007 02:48:00 +0000</pubDate><atom:updated>2007-10-20T18:12:49.956-05:00</atom:updated><title>¡SANTÍSIMA VIRGEN DE LORETO!</title><description>Después de primera y frustrada búsqueda no nos quedaba el menor ánimo de comenzar otra vez con el proceso de pasearse por medio Distrito Federal, pero fui “voluntariado” (como los soldados en las películas, “se necesitan voluntarios para una misión peligrosa… —silencio incómodo—, perfecto, tú, tu y tú, buena suerte, la patria los reconocerá”) y, casi sin darme cuenta, me encontraba en un avión rumbo a México.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La rutina fue la misma aunque ya sabíamos que, por una cuestión estratégica, no viviríamos en el norte.  Ella desempeñaría sus funciones —por las que nos estábamos mudando— en las futuras oficinas que se hallarían en no sé qué cerro del sur (y, claro, como la vida se empeña en darnos la contra, se encargó de conseguirme trabajo en no sé qué cerro del norte y, a veces, cuando el tráfico se complica y estoy ya dos horas frente al volante tratando de llegar a la casa, empiezo a cuestionarme por qué no estudié más geografía en el colegio).  Las órdenes eran claras “en el sur, al precio conveniente y… la que más te guste”. Sí, mi general.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cita con la imperturbable Frida empezaría “desde muy temprano”, a las nueve de la mañana.  Así que poco disfruté del relajo inconsciente y obsceno del hotel de cinco estrellas que, gracias a la tarifa corporativa, me alojaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Tenemos una agenda apretada”, me dijo, y enrumbó al sur donde nos esperaban varias reuniones.  Conocí a varias señoras dedicadas al negocio de alquilar casas, todas muy formales, todas muy amables, todas muy ellas, casi trabajando por aburrimiento, casi desinteresadas, casi señoras que liberan sus días inútiles mostrando casas a los probable inquilinos y que seguramente gastarían la comisión en “Antara”, ese monumento a la irrealidad, con tiendas de lujos cuyos precios, astronómicos, invitan a la mayoría a pasear por sus corredores observando vitrinas mientras, en realidad, se enrumban al cine que allí queda para gozar de la ilusión de las comodidades por solo diez dólares (eso sí, esos cinemas, “platinum” que le llama, son una delicia del la cual hablaré alguna vez).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo cierto es que recorrimos toda la mañana muchas casas en el sur, de todo tipo, de toda forma, de todo precio.  Una vez más se cumplió la regla y las que más me gustaban estaban fuera de cualquier presupuesto humano.  “Estas chicas, que no entienden, les he dicho que el presupuesto es tanto y no más, ¿porque no es más, verdad?” “No, querida Frida, no es más”. Y así seguimos andando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerca del mediodía nos encontramos con Martha, una señora muy simpática, estaría comenzando la cincuentena, era, se notaba, corredora profesional.  Sabía bien las casas que íbamos a ver, tenía una lista con detalles, ubicación, precio y demás detalles.  Como era más sencillo ir en un solo automóvil, abandonamos el coche de Frida y los tres enrumbamos hacia los destinos que el cronograma establecía.  Vimos, no sé, seis o siete casas y entonces Martha dijo “podemos parar a tomarnos un café” y Frida le respondió dirigiéndose a mí, siempre amable, siempre maternal, “no sé si tú quieres parar o prefieres terminar con las casas del día”.  Yo, que de café no tomo nada salvo el día que se me antoja ese híbrido que es un capuchino “descafeinado, sin crema y sin azúcar”, edulcorado con esos polvitos maravillosos y cancerígenos con los que los gordos nos hacemos la idea de estar burlando a la balanza mientras vamos cebando la cuenta, feroz e implacable, de nuestro futuro oncólogo; “yo, yo…”, dije, dudante entre mi hartazgo y las ganas de que se acabara el día, “mejor seguimos”.  Así que continuamos y vimos no sé cuántas casa más, cuántas salas más, cuántos comedores más, cuántas cocinas más, cuántas dueñas más, cuántos barrios más, ¡cuánto más!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa tarde, tarde, llegué al hotel agotado, determinado a no mudarme nunca más, a no moverme nunca más de los seis metros de la habitación donde me encontraba.  Me metí a la ducha, dejé que el agua, abundante en esta ciudad, lo mojara todo.  Mi cuerpo agotado, mi mal humor, mi aburrimiento supremo, mis ideas homicidas, todo.  Me tiré en la cama y me dejé arrullar por el diálogo ininteligible para mí de no sé qué película en no sé qué idioma (eso de ser monolingüe con chapoteos grotescos de otro idioma, tiene, a veces, sus ventajas).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana siguiente madrugué.  Estaba listo a las siete y sólo a las nueve pasaría Frida por mí, así que decidí desquitarme con el buffet que el hotel ofrecía “incluido” en el costo de la habitación. Madrugar valió la pena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre puntual, llegó Frida.  El día entero lo dedicaríamos a ver casas con Martha, “ella es la que más casas ha conseguido, es muy buena en su trabajo”.  ¿Cuántas vimos? No lo sé, ¿quince, veinte, más? No tengo ya la menor idea.  Solo me recuerdo cansado como el expedicionario que atraviesa el Sahara sin más compañía que una cantimplora deshidratada.  Paseamos por todo el sur, ¡ojalá hubiera sido un paseo!  Mirando la “guía roji”, buscando calles referenciales, tratando de hacerme una idea de una ciudad interminable que seguía siendo un misterio para mí aunque hubiera agotado todos los recursos de Internet buscando mapas, detalles, explicaciones.  Hallamos una casa que cumplía a cabalidad con nuestras expectativas, hummmm, el precio se excedía un poco pero aún “podemos negociar”, ya serían las dos de la tarde y dije “tenemos que parar un instante” y las dos señoras me miraron extrañadas y felices.  En la esquina (maravillas de esta Latinoamérica nuestra) había una bodega.  Entramos, nos tomamos una bebida (nombre mexicano de la gaseosa) y nos cominos una torta (que no era un pastel de chocolate que me hubiera caído muy bien, sino el mexicanismo para el peruanismo sánguche que alude, todos lo sabemos, al insulso “emparedado” castizo).  Esa tarde vimos unas cuantas casas más y el día terminó, igual que el anterior, en la ducha, la cama y el arrullador e incomprensible diálogo foráneo en el cable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente me vengué nuevamente con el buffet.  Empezamos a rodar y Martha nos acompañó hasta la una de la tarde en que, finalmente, y después de tres días, terminamos de ver sus cuchusientasmil casas de la cuales dos o tres se acercaban en forma, tamaño, ubicación y precio, a la que estábamos buscando.  A esa hora, cuando la señora, agotada como nosotros, nos dejaba, Frida le preguntó “¿cómo llego a Loreto?”, Martha le dio las indicaciones y le dijo “cuáles casas, ¿las de la plaza?”, “sí”, respondió Frida, “hummm, no creo que valgan la pena”, un cuchillo helado cortó el silencio que se hizo, “bueno, cualquier cosa, te avisamos” y nos fuimos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegar no fue fácil.  Atravesamos un centro comercial “porque me han dicho que por acá es más fácil” y nos perdimos en el estacionamiento, gracias a un policía recuperamos la ruta, subimos una rampa y nos dirigimos hacia la puerta, la tarjeta automática no funcionaba, “qué raro, si hay quince minutos de tolerancia”, pero no, no los había.  Así que, caballero, bajarse, darse cuenta de que no tenía monedas, cambiar el billete en la farmacia, ir de nuevo a la máquina, pagar y salir, directamente a unos arcos inmensos cuyos portones anunciaban un condominio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No los aburriré más.  Allí nos esperaba un corredor.  Solo tenía una casa.  Solo en ese barrio.  En ese condominio de casas normales, ni muy grandes ni muy pequeñas, ni muy cómodas ni muy incómodas, con vecinos normales, clasemedieros como nosotros, parejas jóvenes, bicicletas en las puertas, un jardín generoso, una pequeña glorieta, carros comunes y corrientes, perros y niños bulliciosos jugando en sus calles empedradas (bueno, nada es perfecto, tío Herodes).  Lo vi y me decidí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún faltó que Ella viajara, que visitara igual cinco casas (las mejores del medio centenar que visité) y me llamara y me dijera “viviremos en Loreto”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-3099270240831718440?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2007/10/santsima-virgen-de-loreto.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-1398659960994593243</guid><pubDate>Sat, 13 Oct 2007 12:55:00 +0000</pubDate><atom:updated>2007-10-13T07:56:44.724-05:00</atom:updated><title>SE ALQUILA</title><description>Nada más engorroso, torturador, desmoralizante, pesado, molesto, agobiante, aburrido y deprimente para quien está por mudarse a otro país que buscar casa cuando no se tiene la menor idea de cómo es la ciudad, cómo funcionan los medios de transporte, qué tan complicado es el tráfico, que tan largas son las distancias, cuáles son las vías rápidas, cuáles los atajos, cuáles las rutas, cuál la manera de manejar de los locales, dónde quedan los centros comerciales, los museos, los teatros, las universidades, el simple y sencillo “chino de la esquina” —que en mi país estaban en cada calle hasta que se inauguraron los supermercados y los fueron exterminando, ahogándolos con ofertas con las que ellos, pequeños empresarios de frágiles presupuestos, no pudieron competir —. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando uno va a llegar a un país que desconoce por completo no hay forma de sentirse seguro, no hay forma de saber cuál se aproxima a una buena decisión a la hora de escoger un lugar donde vivir y tiene que someterse al consejo experto de quienes —por obra y gracia de las políticas corporativas— han recibido el encargo de “relocarnos” (anglicismo bastante confuso que evoca más a una loca rematada o reincidente que pretendiera atacarnos antes que a la simple “mudanza” o “reubicación” a la que se refiere).  En nuestro caso tuvimos la suerte de contar con Frida, una simpatiquísima dama mexicana que hizo de esas agobiantes búsquedas, jornadas de intensidad adrenalínica al timón de su Audi mientras recorría distraídamente, de sur a norte, las calles —laberínticas, interminables y confusas— del Distrito Federal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“La casa perfecta siempre es la que se excede del presupuesto”, ley universal que nadie debe olvidar al momento de lanzarse a buscar habitación, ergo, confórmate con la que esté bien o condénate a recorrer la ciudad que vayas a habitar hasta que el síncope termine con tu paciencia, con tu calma y contigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegamos, Ella y yo, a México, nos alojamos en el piso veinticinco de un hotel capitalino y a mi pregunta de “¿será seguro pasar un terremoto a estas alturas?”, la Madre naturaleza respondió esa noche con un temblorcito de cinco grados que empezó con un “deja de mover los pies”, siguió con un “yo no me estoy moviendo” y terminó con la estoica declaración “ni modo, esperemos que aguante porque si bajo veinticinco pisos corriendo me muero de infarto, si me he de morir, que sea descansando”, por lo que decidimos seguir durmiendo con esa impunidad que te concede el sueño a las tres de la madrugada.  El edificio resistió y al día siguiente, cuando conocimos a Frida, que llegó a recogernos para empezar nuestra exploración, fue el tema de la mañana mientras ellas tomaban esos adictivos cafés de la empresa ésa que tiene ahora, por no sé qué magia del marketing, la moda o la idiotez humana, tiendas regadas por los cinco continentes.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Primero al norte”, dijo Frida y por allá vimos unas cuantas casas.  Lindas todas ellas, impagables también.  “Ya sabemos dónde buscar casa cuando te nombren vicepresidenta”, dije yo como tratando de explicarle a nuestra amabilísima guía que no todos los “expat” tienen presupuesto ilimitado para la renta (¿por qué a los gringos les encantan los acrónimos y la siglas?, no tengo idea, pero entre pin, vip, asap y fyi tengo una ensalada en la cabeza). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comprensiva, la amable Frida nos llevó al día siguiente al centro; hermosos departamentos pero inservibles cuando quieres mudarte con tres perros escandalosos y engreídos que, además de amenazar con causarnos interminables quejas de los vecinos corrían el riego de deprimirse hasta el suicido en esos cien y tantos metros cuadrados de modernidad luego de haber paseado impunemente por los jardines de los pacientes padres de Ella que soportaron, estoicos, casi un año de ladridos, aullidos y quejas del trío de cuadrúpedos abandonados que, como recuerdo, le dejaron a mi suegra un jardín ligeramente redecorado por sus correrías.  Claro, como esa explicación por sí sola puede ser vergonzosa (entiendo que eso de nuestras preocupaciones perrunas puedan indignar a más de uno, aunque confieso que no me causan el menor remordimiento), siempre quedaba echarle la culpa a la biblioteca familiar y sus más de setenta cajas de libros que andaban por allí apolillándose en un olvidado depósito limeño a la espera de “la dirección”, requisito indispensable para que los de Aduanas permitieran el embarque en el puerto del Callao.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminado el recorrido del centro, el tercer y último día de nuestro viaje lo ocupamos visitando una serie de casas en el sur que, o estaban muy expuestas, o eran muy caras, o no tenían jardín, o tenían pocos cuartos, o eran muy viejas, o estaban descuidadas o lo que fuera que solo nos dejó en la lista, después de una jornada agotadora, un par de posibilidades; una linda casa (pequeña pero hermosa y con un jardín aceptable) en el tradicional barrio de San Ángel y otra, combinación de cabaña vacacional con casa postmodernista, minimalista y sumamente práctica que, no obstante, se hallaba por el Desierto de los leones, avenida larga que es alimentada por otras avenidas largas, que no anchas, y por algunas calles empedradas, muy simpáticas para vacacionar pero poco adecuadas para enfrentar el tráfico de esta ciudad que comienza a las seis de la mañana y termina, con suerte, pasadas las diez de la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese atardecer, sentados en el restaurante del hotel la discusión fue larga, que esta es linda, pero es cara, que esta no es segura, pero el barrio es bonito, que aquella nos sirve, pero está muy lejos, que sí, que no, que tal vez, que ya veremos, que estoy harto, que estoy cansada, que vivamos en el hotel, que no digas tonterías, que los perros, que los libros, que se queden, que se vengan, que son muchos, que sí, que no, que tal vez de nuevo y así hasta que terminado el postre, indigestada la cena, imposible la digestión a estos más de dos mil metros de altura para mi estómago costeño y mi presión veleidosa, nos dormimos para madrugar al día siguiente para emprender el  regreso (esa obsesión de “ahorrar días” que termina condenándolo a uno a dormir mal, andar todo el viaje medio zombi y perder luego un fin de semana entero recuperando el sueño). &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Regresamos a Miami, la ciudad sin alma que nos alojaba (vieja historia) y el camino siguieron las negociaciones, otra vez razones a favor, razones en contra, leer las descripciones de las  casas, ubicarlas a duras penas manejando mal la “guía roji” (manual de supervivencia indispensable en el DF), considerar, reconsiderar, insistir, desistir, escoger, decidir. Acordamos que la casita ésa, la pequeña, no importa, nos acomodamos, la del jardín para los perros, la que no era muy segura pero el barrio es bueno, ésa, la de San Ángel, sí, esa, bueno, es lo mejor, ya está, es nuestra.  Bajamos del avión satisfechos, el aeropuerto es inmenso y carece de calor humano, es desordenado o lo parece, no tiene ni una sola tienda en funcionamiento si llegas muy tarde o muy temprano y te miran, los que solo ayer eran emigrantes y ahora visten uniformes, con ferocidad y desconfianza, no vaya a ser que quieras quedarte.  Terminados los odiosos trámites de aduanas y de migraciones, pisando tierra firme de nuevo y mientras íbamos en el “transfer” del aeropuerto a las oficinas donde alquilábamos el auto, llegó, a la odiosa, imprescindible y maravillosa “Blackberry” de Ella, un correo escueto de nuestra amiga Frida: “Lo siento, la casa de San Ángel ya fue alquilada”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-1398659960994593243?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2007/10/se-alquila.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-7545284405258981240</guid><pubDate>Thu, 04 Oct 2007 15:39:00 +0000</pubDate><atom:updated>2007-10-12T00:28:42.621-05:00</atom:updated><title>COSA DE ACÁ Y DE ALLÁ</title><description>&lt;b style=""&gt;&lt;span style="" lang="ES-PE"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;En México, “tu casa” significa “mi casa”, así que si se mudan por estos rumbos y alguien les dice “el próximo sábado cenamos todos en tu casa”, no se trata de un confianzudo que se anda invitando a los allegados a tu casa y a tu costa, no, quiere decir que hará una comida en su casa, “que es tu casa”, y que estás invitado.  A la amiga de una amiga le sucedió aquello, le dijeron “el próximo sábado cenamos en tu casa” y ella disimuló la sorpresa por eso del “a donde fueres haz lo que vieres” y pensó que así se estilaba en estas tierras, que los nuevos en el barrio tenían que poner la casa, la comida, el trago y el baile en nombre de la buena convivencia, así que, convenciendo al marido de no mandar a rodar a todos “por abusivos”, se afanó, arregló la casa, hizo una deliciosa comida, compró varias botellas de un magnífico vino y el mejor tequila, y se preparó con la misma emoción como la de quien va a dar la fiesta de quince a la primogénita.  Llegó la noche, el reloj marcó las ocho, las nueve, ¡la diez de la noche!, y no llegaba ninguno de la veintena de personas que iban a concurrir.  Molestia, malhumor, decepción, “mira cómo se burlan de nosotros” y demás comentarios del ahora incontrolable esposo, hasta que suena el teléfono, “¿dónde están que no vienen?”, “¿cómo que dónde?, en la casa, esperándolos con la cena servida…”, “¿con la cena?, pero si estamos en tu casa”, “no, no están”, “¿cómo que no estamos, si todos estamos acá, en tu casa, si los estoy viendo”, “¿allá?”, “sí, en tu casa”, “mi casa es ésta”, “sí, claro, pero esta casa, que es mi casa, es también tu casa”, y después del trabalenguas, las disculpas, las risas nerviosas y aclaraciones, se levantó la pareja, metió todo en vasijas y se fueron a pasar una velada extraordinaria en la casa de los vecinos que, evidentemente, no les pertenecía pero que, de alguna manera, era, desde ahora y para siempre “su casa”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En México, la gente le huye a la polarización, a los extremos, a las posiciones irreconciliables, en México todo es, según me enseñó José Antonio, mi maestro en semiótica lugareña, “sí, pero no”, o sea, una herencia más de nuestros tatarabuelos españoles que hicieron célebre el “en América la ley se acata pero no se cumple”, o sea, sí hay ley y, claro, es la ley, y quién lo niega, y quién la pelea, quién reclama, quién protesta, nadie, o casi nadie, se acepta como que “así debe ser” o porque “está bien” o “así no más” (y esto sí es peruanísimo como el “aquisito-no-más”), pero, eso no significa, no tiene que significar, a quién se le ocurre que signifique, que haya que aplicarla a rajatabla, ni que uno fuera fanático, licenciado.  Por ende se vive en una maravillosa nebulosa, más o menos protegida, más o menos real, más o menos tangible, en la cual todos alcanzan una especie de “jaque perpetuo” donde las cosas no retroceden pero, claro, tampoco avanzan, no empeoran, pero, obviamente, no mejoran, no suben ni bajan por completo, no arriban ni parten definitivamente, no son y son ambivalente, consecuente e indefinidamente, si se entiende (o no).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En México, “comen”, no almuerzan, así que si alguien te dice, “te invito a comer” y llegas a las ocho de la noche (tú, recién arribado de tierras donde, como en las nuestras, se “come” de noche y se “almuerza” al mediodía), no te extrañe que el anfitrión te mire con mala cara y se lleve una pésima impresión tuya “porque somos impuntuales, pero no tanto”.  Además, se almuerza (¡está bien!), se come tardísimo, razón por la cual en la zona turística de la ciudad los dueños de restaurantes viven de pláceme.  Abren muy temprano para darle desayuno a los turistas madrugadores, entre seis y diez, a esa hora, cuando ya los extranjeros colmaron el vientre, llegan los locales, los mexicanos, que “desayunan” entre las diez de la mañana y la una de la tarde.  Cuando éstos se retiran los afuerinos, especialmente los gringos, ya están llegando del paseo o de la reunión matutina y sienten que están “tardísimos” para almorzar (sí, sí, “comer”), porque ellos suelen hacerlo “en América” (como si al sur de Río Grande empezara Marte) al mediodía.  En el momento en que los extranjeros más tardones abandonan el comedor, ¡feliz coincidencia!, ya son las dos o tres de la tarde y empiezan a llegar los primeros descendientes de Cuauhtémoc, los más hambrientos, porque en México se “come” a esa hora y no es raro pasar por un restaurante a las cuatro de la tarde y ver cómo a esa hora recién llegan a almorzar y, otra vez, se repite la historia, los locales dejan satisfechos sus mesas a las cinco o seis que es la hora en la que los gringos cenan; luego, a las nueve de la noche volverán los mexicanos y se quedarán hasta que cierre la cocina o los echen amablemente porque “ya vamos a cerrar”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En México, nunca lo había visto antes, puedes comprarle rosas a cualquier hora a la que ha estado esperando inútilmente que termines con esa reunión en la oficina, ¿por qué?, porque en el sur de la ciudad hay unos puestos de flores, atendidos por amables personas, que jamás cierran; he pasado por allí a las tres de la mañana y sus luces siguen encendidas, como diciéndole a los clientes “no se preocupe, señor, si se olvidó del regalo y se le hizo tarde, acá estamos nosotros, si llegó al alba de viaje y quiere sorprenderla, acá nos encuentra”.  Mi “caserita” (este término no se entiende acá) se llama Noemí, y su puesto es el 19, sus precios son razonables (¿existen precios razonables en México?) y sus flores “duran ocho días” (bueno, casi siempre, aunque las rosas del fin de semana me hayan sembrado una duda tan humana y tan razonable como la del pobre Tomás que hizo célebre eso de “ojos videtus, manus palpatus” —o al menos, eso fue lo me dijo mi papá que le advirtió el incrédulo santo al de Nazareth aunque, debo confesarlo, mi progenitor, cuyo humor y cuya gracia hoy me parecen irrepetibles, pronunciaba la frase de marras en situaciones, digamos, más pedestres—).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En México, la palta no existe, pero existen unos aguacates buenísimos (que en buena cuenta, es lo mismo), casi tan buenos como la “palta punta” que vendía la morena aquella en la avenida Ricardo Palma, en Miraflores, allí, junto al chifa que está al lado de ese local de no sé qué banco.  Alguna vez supe su nombre (el de la señora, no el del banco que sí me acuerdo pero no quiero escribirlo para que no me acusen de hacer propaganda subliminal), era la misma que iba los fines de semana al mercadito que se armaba allá, en esa transversal de La Mar, donde ahora está la cevichería de moda y frente a “Las Delicias”, el mejor lugar del Perú para tomarse un delicioso jugo de granadilla con mandarina o uno de chirimoya con lúcuma, delicias, como el nombre del lugar, dignas de los más refinados paladares.  En ese mercadillo, que luego fue desalojado, porque la costumbre del mercado de fin de semana (el tianguis o mercado sobre ruedas mexicano que inunda todas las delegaciones del la capital, desde los barrios más modestos hasta los más encopetados) es ya, como casi todas la viejas costumbres limeñas, actividades en peligro de extinción (modernidad, supermercados y competencia desleal, que le dicen).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En México, en fin, todos te responderán con un “mande”, tan diferente al “qué” o al “qué quieres” que mi padre detestaba tanto.  Un “mande” que es, sin duda, un rezago de los tiempos del colonialismo, pero que, ahora, despojado de todo contenido que implique sumisión o subordinación, solo quiere decir “disculpe” o “repita” o, más exactamente, “¿sabe?, no le entendí, hable más claro”.  Así como “¡aguas!”, expresión probablemente heredada de la no menos famosa “agua va” de la Edad Media española, cuando las amas de casa advertían a los transeúntes que estaban lanzando por la ventana el contenido acuoso y colorido de la batea, sirve ahora para decir “¡cuidado!” o “ve con precaución” o más exactamente “si no te fijas, te vas a dar un madrazo” (y eso de la mención a la santa madre y sus mil significados y derivaciones, es un tema de estudio tan largo y espinudo, tan consustancial al alma mexicana, que aún no me atrevo a adentrarme por esos valles).&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-7545284405258981240?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2007/10/cosa-de-ac-y-de-all.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-5171007602990438292</guid><pubDate>Sat, 29 Sep 2007 02:08:00 +0000</pubDate><atom:updated>2007-09-28T21:09:08.935-05:00</atom:updated><title>TAN SOLO ESCRIBO PARA DAR LAS GRACIAS</title><description>Nací en un mediodía de setiembre&lt;br /&gt;cuando en el Sur el tiempo es primavera,&lt;br /&gt;cuando se anima el sol y se levanta&lt;br /&gt;cansado y remolón, de tanta siesta.&lt;br /&gt;Tuve paz, tuve amor, tuve familia,&lt;br /&gt;mi madre fue mujer valiente y buena,&lt;br /&gt;mi padre fue varón bueno y valiente;&lt;br /&gt;ambos me dieron decisión y fuerza.&lt;br /&gt;Tuve la suerte de tener hermanos&lt;br /&gt;y aunque nunca faltaron las peleas&lt;br /&gt;somos aún un cuerpo que defiende,&lt;br /&gt;leal y solidario, sus fronteras.&lt;br /&gt;Tuve una infancia como cualquier otro,&lt;br /&gt;entre la fantasía y la inconsciencia;&lt;br /&gt;recuerdo que jugaba desde niño&lt;br /&gt;con las manos tenaces de mi abuela.&lt;br /&gt;Tuvimos, unas veces, vino y carne,&lt;br /&gt;otras veces besamos la pobreza,&lt;br /&gt;un tiempo anduve en carro y muchos años&lt;br /&gt;tuve que andar a pie o en bicicleta.&lt;br /&gt;Fui como todos, fui como ninguno,&lt;br /&gt;jamás me acompañó la buena letra&lt;br /&gt;y fui, por hablador y distraído,&lt;br /&gt;una queja común de las maestras.&lt;br /&gt;Me salvaban las notas, los guarismos,&lt;br /&gt;los números que honraban mi libreta,&lt;br /&gt;¡aunque yo me aburriera como un hongo&lt;br /&gt;al “ma-me-mi-mo-mu” y su cantaleta!&lt;br /&gt;Crecí bastante más de lo debido&lt;br /&gt;y pronto comenzaron con las dietas,&lt;br /&gt;con los dulces prohibidos, con las pastas&lt;br /&gt;“que no debes comer, porque te aumentan”.&lt;br /&gt;Me dijeron “camina” y caminando&lt;br /&gt;compartí parques, plazas y veredas,&lt;br /&gt;primero con mi padre y de repente&lt;br /&gt;con muchachas que son viejas ausencias.&lt;br /&gt;Con audacia, victorias y fracasos,&lt;br /&gt;llegué sereno hasta la adolescencia&lt;br /&gt;y supe que el amor se viste, a veces,&lt;br /&gt;de esa amiga que tiene lindas piernas.&lt;br /&gt;Anduve con amigos de los cuales&lt;br /&gt;conservo a los mejores, sin urgencias,&lt;br /&gt;pasamos por los mismos desafíos&lt;br /&gt;y compartimos lágrimas y piedras.&lt;br /&gt;Conocimos mujeres para el rato,&lt;br /&gt;unas en alquiler, otras en venta,&lt;br /&gt;y dijimos mentira tras mentira&lt;br /&gt;tan solo por un beso, ¡qué inocencia!&lt;br /&gt;Nos lo jugamos todo en la partida&lt;br /&gt;—que todo es nada cuando se comienza—,&lt;br /&gt;y empezamos a hacernos un camino&lt;br /&gt;a paso lento, sin pensar siquiera.&lt;br /&gt;Cuando se es joven nunca pasa el tiempo,&lt;br /&gt;lo mismo da verano o primavera,&lt;br /&gt;se avanza sin volver atrás la cara,&lt;br /&gt;sin extrañar las cosas que se dejan.&lt;br /&gt;Nunca supe si estuve enamorado,&lt;br /&gt;si fueron ilusiones o luciérnagas,&lt;br /&gt;si alguno de los tantos abandonos&lt;br /&gt;pudo llamarse amor, a ciencia cierta.&lt;br /&gt;Sin embargo las quise como nadie&lt;br /&gt;jamás en su existir podrá quererlas,&lt;br /&gt;los otros se llevaron las caricias,&lt;br /&gt;yo me robé su fe, simple y primera.&lt;br /&gt;Un día le escribí algunas palabras&lt;br /&gt;a la que entonces era la más bella,&lt;br /&gt;alguien lo supo, comenzó a burlarse,&lt;br /&gt;y desde entonces dicen: “es poeta”.&lt;br /&gt;Estudié abogacía por un lustro,&lt;br /&gt;soy bachiller en leyes —sin ofensa—&lt;br /&gt;decidí no ejercer la vez que supe&lt;br /&gt;que la justicia se encontraba en venta.&lt;br /&gt;Me volví profesor porque a los veinte&lt;br /&gt;la mala paga del docente es buena,&lt;br /&gt;y vi la luz de tantos maniatados&lt;br /&gt;tras la ferocidad de una carpeta.&lt;br /&gt;En ellos aprendí ganas, coraje;&lt;br /&gt;valor y voluntad, aprendí en ellas;&lt;br /&gt;mis alumnos le dan vida a mi vida&lt;br /&gt;y una alegría insospechada, inmensa.&lt;br /&gt;También he publicado algunos libros&lt;br /&gt;que unos cuantos leyeron con paciencia,&lt;br /&gt;y he descubierto que la vida tiene&lt;br /&gt;algo de cierto y mucho de novela.&lt;br /&gt;Tengo a mi lado una mujer que existe&lt;br /&gt;sobre las olas de cualquier anécdota,&lt;br /&gt;con un alma sencilla y generosa,&lt;br /&gt;con pasión, voluntad e inteligencia.&lt;br /&gt;Tengo una patria que no se limita&lt;br /&gt;a la vulgaridad de las banderas&lt;br /&gt;y una ciudad sin cielo a la que extraño&lt;br /&gt;porque en ella nací, y ella me espera.&lt;br /&gt;Tengo familia, amigos, libertad,&lt;br /&gt;tengo tres perros y una biblioteca,&lt;br /&gt;un corazón que late todavía,&lt;br /&gt;un sueño, una emoción y algún poema.&lt;br /&gt;Le debo tantas cosas a los tantos&lt;br /&gt;que fueron guías, brazos, centinelas,&lt;br /&gt;y soy mal pagador; pido disculpas,&lt;br /&gt;siempre fui torpe cancelando deudas.&lt;br /&gt;La vida es un hermoso sinsentido&lt;br /&gt;y es dándole sentido que se eleva,&lt;br /&gt;nos consuela, nos da, nos eterniza&lt;br /&gt;y nos redime de nuestras miserias.&lt;br /&gt;Tan solo escribo para dar las gracias&lt;br /&gt;a todos, por su tiempo y su paciencia,&lt;br /&gt;porque son cómplices en el milagro&lt;br /&gt;de querer y querer y que me quieran.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-5171007602990438292?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2007/09/tan-solo-escribo-para-dar-las-gracias.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-4640647970579689027</guid><pubDate>Mon, 24 Sep 2007 04:00:00 +0000</pubDate><atom:updated>2007-09-24T09:24:08.658-05:00</atom:updated><title>¡VIVA MÉXICO!</title><description>Más allá de cualquier experiencia desagradable con algunos gendarmes, México es su gente y su gente es cordial, simpática, afectuosa. Si bien es muy pronto para hablar de entrañables amistades, no lo es para decir que, una vez hechas las presentaciones, puedes hallar gente cordial y amable dispuesta a darte una mano, aconsejarte dónde comprar, guiarte por las laberínticas calles del DF o, sencillamente, explicarte la mejor manera de preparar unos chiles rellenos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Michelle y Luis son nuestros vecinos. Vivimos, “pared por medio”, en el mismo condominio y son personas sumamente cordiales y amigables. Cuando nos invitaron a su casa “a dar el grito” (y no piensen barbaridades), me pareció una ocasión fascinante para ser testigo de cómo celebran los mexicanos sus fiestas patrias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que se conmemora el 15 de setiembre es el comienzo del proceso revolucionario que empezó con el movimiento anti-bonapartista liderado por el famoso cura Hidalgo en el pueblo de Dolores, cuando éste, alertado por la mujer del Corregidor, la famosa conspiradora Josefa Ortiz de Domínguez, se apresuró a ejecutar los descubiertos planes sediciosos y, en la misa del amanecer del 16 de setiembre 1810, instó al pueblo a alzarse en armas al grito de “¡Viva la Virgen de Guadalupe!, ¡abajo el mal gobierno!, ¡viva Fernando VII!” (porque eso del “¡Viva México!, tres veces repetido o el muy famoso “¡Mueran los gachupines!” fueron agregados posteriores, pues “México” solo se llamó así después de la independencia y la proclama del sacerdote no era independentista sino contraria a la invasión napoleónica a España). Todo esto lo averigüé navegando en Internet para no llegar completamente desinformado a la reunión que prometía ser, según nos dijo Michelle, muy emocionante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se equivocó. En la casa estarían media docena de familias y una docena de chiquillos entre pocos meses y catorce años, todos vecinos del mismo lugar. Estaban allí los púberes, armando un desbarajuste impresionante, yendo y viniendo, correteando; los chicos jugando fútbol en el patio, las chicas haciendo coreografías con unas canciones que no conocía. Me impresionó ver a todas las niñas vestidas con trajes típicos, unas de “chinas poblanas” otras de “adelitas” (la legendaria heroína de la revolución mexicana).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La reunión estuvo animada, una de esas reuniones de barrios donde cada cual lleva algo, todos llevan de más y hay comida, bebidas y alcohol para los próximos tres fines de semana. Las horas pasaron entre el estruendo de la música adolescente y las conversaciones a todo pulmón que manteníamos entre los adultos y que giraban, dignas de la fecha, entre los temas políticos y los históricos, sazonados, evidentemente, por la chismografía farandulesca y las últimas ocurrencias dentro del condominio. Luego de los “piqueos” de ley (que acá se llaman “botanas”) escuché el melifluo canto de sirena de Michelle que anunciaba “pasen a la mesa, la comida está lista” y empezamos a degustar una serie de platos típicos mexicanos (tópico del que me ocuparé en otra ocasión).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estábamos en plena faena alimenticia cuando alguien dijo “ya son las once menos cinco” y, como si fuera una orden militar, todos se pusieron de pie y se dirigieron hacia el televisor que había en una salita de estar donde hasta hacía un minuto los chicos menos chicos veían no sé qué canal que transmitía estridentes videos musicales. Cambiaron a otro donde se veía la transmisión en vivo desde “el zócalo”, la plaza de armas del Distrito Federal, atestado de gente, colorido, lleno de luces y banderas mexicanas y donde miles de personas se apretujaban frente al palacio de gobierno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos aguardaban la aparición del presidente. La guardia de honor fue en su búsqueda, el mandatario salió al encuentro de los uniformados y, tras los saludos de rigor, el comandante general del ejército mexicano, tomó en sus manos el estandarte que empuñaba la guardia y se dirigió a paso firme hacia un balcón. En la salita donde estábamos el silencio era respetuoso, alrededor del televisor nos encontrábamos todos los que allí habíamos ido y nadie, ni los más chicos, decían nada, mirando arrobados cómo el presidente salía a encontrarse con la gente que desbordaba la plaza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Encaró al público y repitió la arenga que —históricamente cierta o no— se ha venido repitiendo por todos los presidentes mexicanos desde hace décadas. La arenga que en cada plaza de la república es lanzada también por los gobernadores y por los alcaldes, la arenga que se pronuncia en las embajadas de cualquier rincón del mundo y en cualquier lugar donde un grupo de mexicanos se reúna en nombre de su patria. Cada uno de los tres “¡Viva México!” que lanzó el presidente retumbó en la sala donde me hallaba, multiplicado por los gritos unísonos de todos, grandes y pequeños. Inmediatamente una banda comenzó a tocar y el “Mexicanos, al grito de guerra” inundó la habitación, no era el sonido que salía de los parlantes de la televisión, no, era el Himno Nacional de México cantado a todo pulmón, orgullosamente, por todos lo que allí me acompañaban y, como “el rugir del cañón” que en la letra se menciona, la canción lo inundó todo y lo fue todo, niños y adultos, invadidos por un fervor que, lamentablemente, jamás vi en mi país, cantaban con el mismo entusiasmo, con las mismas ganas, con el mismo amor por su patria. Cuando el presidente, que solo entonó la primera estrofa, se retiraba, en el cuarto donde yo escuchaba a mis vecinos con emocionada sorpresa, todos continuaron cantando el himno con unción y respeto, con vigor y coraje, sin miedo ni vergüenza. Solo al terminar, cuando ya hacía rato que el presidente había abandonado el estrado, alguien gito “¡Viva México!” nuevamente y todos le respondieron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y nada más, la noche continuó como todas pero mi mirada ya no pudo ser la misma. Quedé sorprendido y admirado del fervor que vi, no sólo en todas las plazas de México a través de la televisión sino allí, en vivo, donde me encontraba rodeado de personas comunes y corrientes que, dejando de lado sus discrepancias políticas, se sentían, esa noche y, sobre todas las cosas, mexicanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cuál es el límite entre la identidad y el fanatismo?, ¿dónde debe trazarse la raya que separa a los que viven orgullosos de ser quienes son de los que matan porque creen que lo que son es lo único que se puede ser? No lo sé, sólo sé que esa noche fui testigo de una fiesta de armonía, de afecto, de amor por la patria y de respeto por las tradiciones, esas viejas tradiciones que, al final del día, nos forman como miembros de una comunidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, talvez mañana todos vivamos orgullosos de ser hijos de la tierra y hermanos de la misma vida —efímera pero maravillosa— que nos toca, talvez mañana las fronteras sean solo malos recuerdos y los himnos patrios sean reemplazados por un gran himno que nos congregue a todos como miembros de la misma comunidad humana, talvez. Mientras tanto, en medio de tiempos negros, cuando la solidaridad se ha convertido en una mala palabra, ver a los mexicanos reunidos amorosa y orgullosamente alrededor de su historia, ha sido una experiencia inolvidable.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-4640647970579689027?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2007/09/viva-mxico.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>2</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-8053567942363271471</guid><pubDate>Fri, 14 Sep 2007 19:11:00 +0000</pubDate><atom:updated>2007-09-14T14:11:44.319-05:00</atom:updated><title>ES CONTRA LA LEY</title><description>El sujeto que me llamó tenía cara de pocos amigos, pero, seamos honestos, no era esa cara de quien realmente es un miserable, era la del buen tipo uniformado por necesidad o casualidad cuyos complejos son tantos que cree que si no pone el gesto de gendarme estreñido y malhumorado uno no lo va a respetar.  Bueno, y razones no le faltan en esta sociedad, la nuestra, donde tener el pellejo blanco y un metro ochenta y la voz gruesa te convierte de inmediato en “doctor” o “ingeniero”, mientras que con metro cincuenta, piel cetrina y vocecita de lamento andino, es muy probable que te digan “oye tú”, “muchacho” o cualquier otra cosa que te reduzca a peón o conserje. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasamos por la misteriosa puerta que se cerraba por el lado opuesto al “cuarto de espera”, como eufemísticamente llamaban a esa celda sin barrotes en la que nos tenían “retenidos”.  Después del umbral me encontré con una oficina burocrática, gris, apagada, donde los que están allí tienen tantas ganas de trabajar como nosotros de permanecer en el retén forzado.  Había unos cuantos escritorios, papeles por todos lados, alguna que otra computadora, una impresora escandalosa, teléfonos y tipos uniformados, con cara de jefes, de oficiales, de ser los que tomaban allí las decisiones. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me acercan a uno de los escritorios, el sujeto que allí está sentado no hace el menor gesto y yo permanezco de pie mientras el guardia que me acompaña me abandona y se va quién sabe a dónde y el oficial continúa manoseando papeles entre los que puedo ver mi pasaporte. Absorto en su investigación, me ignora olímpicamente por varios minutos que para mí, puesto en sus manos en ese instante, son eternidades.  El sujeto sigue leyendo y releyendo papeles como si se tratara de algo realmente importante, abre y cierra mi pasaporte, revisa mi visas, todas, una por una, como quien desconfía, como quien trata de hallar en medio de sellos, fechas y firmas, el error que demuestre que soy un inmigrante ilegal que quiere usar su país como trampolín hacia el sueño americano.  Tarea inútil la del pobre uniformado, le hubiera bastado con verificar en qué vuelo había llegado y comprendería que difícilmente iba a venir de La Florida para desembarcar en el Distrito Federal, tomarme un bus y recorrer, a fuerza de destruir mi maltratada espalda, los casi dos mil kilómetros que separan la Capital del noreste y contratar allí a algún coyote que por unos cuantos miles de dólares me estafe diciéndome que va a hacerme cruzar la frontera y me abandone, por gordo, por lento, por casando, en la mitad del desierto de Sonora para morirme deshidratado.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo cierto es que los minutos me parecen interminables pero resisto, estoico, de pie, sin ceder al cansancio de mis piernas y a la fatiga de mis pobres rodillas esforzadas hace tanto en hacer andar mi humanidad.  Me mantengo firme, aguardando la resolución del sujeto que al frente mío, guarecido por el escritorio de metal, su placa, su uniforme y los varios guardias que alrededor andaban vigilantes.  Como no es difícil intuir, mi humor se encontraba, a estas alturas ligeramente avinagrado.  Harto, agotado y, sobre todo, hambriento, ya no eran las neuronas sino los jugos gástricos, los que empezaban a manejar las riendas de mi carácter.  A esas horas de la tarde maldecía mi absurda decisión de empezar mi enésima dieta justo con el viaje.  “Un juguito y dos tostadas”, me dije esa mañana, “llegaré a DF poco después de las dos y antes de las tres ya estaré almorzando, además, no es bueno ir con el estómago lleno a la altura”, y, claro, ya eran pasadas las cinco y seguía allí mirando la nuca del uniformado empecinado en no sé qué investigación sobre mis papeles.  Impaciente ya, lo interrumpí: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Disculpe, oficial… &lt;br /&gt;(silencio) &lt;br /&gt;—Oficial… &lt;br /&gt;(silencio) &lt;br /&gt;—¡Señor! &lt;br /&gt;(el cancerbero alza las cejas lentamente como incrédulo de que me hubiera atrevido a levantar el tono) &lt;br /&gt;—Oficial, ¿sucede algo?, ya tengo más de tres horas acá y mis papeles están en regla. &lt;br /&gt;—Bueno, eso lo decidiré yo… &lt;br /&gt;—Ciertamente, solo le pido que tenga en cuenta el tiempo que ha transcurrido… &lt;br /&gt;—Acá a todos los atendemos bien, ¿tiene alguna queja? &lt;br /&gt;—Más allá de las horas perdidas, la incomodidad, el problema que significa… &lt;br /&gt;—No siga, no siga, que estoy terminando con usted… &lt;br /&gt;(silencio, ahora mío) &lt;br /&gt;—Voy a hacerle un favor… &lt;br /&gt;(silencio) &lt;br /&gt;—Porque hay una irregularidad… &lt;br /&gt;—¿Una irregularidad? &lt;br /&gt;—Bueno, tiene usted dos visas y eso es contra la ley de la nación, si yo lo permito pasar con las dos visas estaría cometiendo un delito y hasta podría perder ambos visados y ser expulsado del país… &lt;br /&gt;(silencio) &lt;br /&gt;—…así que tendré que anular la de turista. &lt;br /&gt;—Bueno, es su país, son sus leyes, usted decida. &lt;br /&gt;—Sí, yo decido, pero quería que comprenda… &lt;br /&gt;—Oficial, lo que yo comprenda o no, es irrelevante. &lt;br /&gt;—Bueno, es verdad. &lt;br /&gt;—Proceda, porque mis maletas están tiradas haces tres horas en algún lugar del aeropuerto y no sé quién se hará responsable de las pérdidas… &lt;br /&gt;—En este aeropuerto sus maletas están muy seguras, no lo dude… &lt;br /&gt;(silencio) &lt;br /&gt;—Somos profesionales… &lt;br /&gt;(silencio) &lt;br /&gt;—Procederé a cancelar la visa de turista… &lt;br /&gt;(silencio)    &lt;br /&gt;—Y podrá salir… &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vi entonces cómo mi preciada visa de turista por cinco años y con múltiples entradas era cruzada por la vulgarísima tinta roja de un lapicero que el sujeto tenía en sus manos; ni un sello, ni una explicación, ni una nada, sólo dos rayas atravesadas en cruz sobre la visa, como si lo hubiera hecho un niño de seis aburrido en una tarde de vacaciones.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No dije nada, guardé un indignado silencio sepulcral y me dejé conducir por los pasillos hasta la puerta donde, abandonadas, sin cuidado alguno, arrimadas en un rincón, hallé mis maletas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-8053567942363271471?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2007/09/es-contra-la-ley.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>2</thr:total></item><item><guid isPermaLink='false'>tag:blogger.com,1999:blog-8838057959259073851.post-7445652538951022834</guid><pubDate>Fri, 07 Sep 2007 19:56:00 +0000</pubDate><atom:updated>2007-09-19T08:49:45.338-05:00</atom:updated><title>SI YO SOY CIUDADANO ESPAÑOL…</title><description>Nada más angustiante que ser detenido en un aeropuerto por los encargados de migraciones sin más explicación que un “sírvase acompañar al guardia”.  Uno le pregunta al uniformado qué sucede y éste responde con esas espeluznantes evasivas que van desde el “ya se le va a informar” hasta el “es un asunto que yo no puedo tratar con usted” y así caminamos hasta una puerta que lleva a otra puerta que se encuentra custodiada por otros guardias armados con caras impostadas que tratan de parecer respetables o temibles debajo (en realidad “encima”) de esos uniformes que me recuerdan a los chocolateros de mi infancia que paseaban por el barrio con sus carretillas y el inconfundible sonido de la corneta que anunciaba helados, en verano, y galletas y chocolates y caramelos, en invierno.  Aunque las chapitas y los botines no los ayudan demasiado, tantas armas alrededor de uno empiezan a generar cierta urticaria pero, ni modo, no hay mucho que hacer al respecto.  “Espere un momento” y, de repente, te encuentras frente a una veintena de sujetos tan confundidos como tú a los que, según deduzco, les han dicho el mismo “espere” que no de “un momento” no tiene nada porque, según entiendo de la conversación que tiene la colombiana escotada con el australiano que está viendo cómo le hace para obtener el teléfono de la vendedora de productos farmacéuticos, ambos llevan allí como dos horas (¿y aún no consigue su número?, de ser al revés, el colombiano no sólo tendría el número de la australiana sino que, además, estaría dándole ya masajitos “para la tensión”).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lugar al que nos confinaron tan amablemente (secos serían los guardias en sus maneras, pero educados también) era un cuarto rectangular con tres paredes de ladrillo y una formada por un gran ventanal con un vidrio grueso, muy grueso, casi se diría blindado.   Dos de los muros, los dos largos, tenían sendas puertas; en una, por la que ingresé, los varios guardias custodiándola, en la otra, por la que entraban los agentes de migraciones, una serie de chapas y cerraduras que sólo podían activarse desde el otro lado.  A través del vidrio, que formaba una de las paredes pequeñas, veíamos como “los otros”, lo demás, los afortunados, pasaban el control migratorio y se dirigían al mismo lugar donde nuestras maletas yacerían abandonadas y listas para ser reenviadas, junto con nosotros, al lugar de procedencia si es que las autoridades decidían que “no, lo lamento, no puede ingresar al país, no cumple con la documentación requerida, acompáñeme, por favor”, según oí decirle a un uniformado que se dirigía a un venezolano que estaba allí con nosotros y que lo siguió reclamándole, exigiendo “ver a su jefe” y mencionado algo de “asilo” antes de que no lo escucháramos más porque desapareció detrás de la puerta misteriosa que conducía, según supe luego, a las oficinas de migración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mi alrededor se levantaba las Naciones Unidas; había personas de las más variadas nacionalidades, lo que fui descubriendo al paso de los minutos, ya fuera escuchándolos conversar, cuando lo hacían en mi idioma o en el otro que entiendo a trompicones, o ya fuera husmeando indiscretamente entre los papeles que todos llevaban sostenidos entre los dedos como si fueran el salvoconducto que los librará de la guerra o en las etiquetas que las compañías de aviación colocan en los equipajes de mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos senegaleses, a los que les entendí un par de “güi, güi” y alguno otro “mercí” que se dijeron, estaban muy bien trajeados, con ropa muy moderna, elegante y de marca (al menos uno llevaba un lagartito verde estampado en la camiseta negra que lucía debajo del saco blanco como sotana de sacerdote recién consagrado), y conversaban animadamente, sin fijarse en el alrededor, como quien está tomando un café en “El Péndulo” de Polanco (magnífica librería) sin mayor apuro, sin preocupaciones, y con ganas de prolongar la tarde hasta que pase la lluvia.  Hablaban y hablaban sin parar, pero no eran los únicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A tres o cuatro metros había una pareja de peruanos, el dejo inconfundible de mi tierra me hizo saber que eran compatriotas.  Los saludé con un gesto, desde la distancia, pero no me respondieron, me miraban con desconfianza, miraban a todos con desconfianza, hablaban una mezcla de castellano y quechua y a duras penas lograba entender alguna palabra, “contacto”, “amigo”, “arreglo”, “norte”, suficiente como para inferir que mis conciudadano no tenían la menor intención de quedarse en tierras de Pancho Villa sino que, como alguna vez lo hiciera el caudillo revolucionario, pretendían atravesar la frontera e “invadir” el país del norte.  Al parecer algo había fallado en la cadena de visas tramposas y documentos fraguados porque llevaban allí buenas horas y tenían la preocupación impresa en el rostro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al poco rato llegó un grupo de chinos (eso lo supe por la tapa de un libro que llevaba uno de ellos, con caracteres indescifrables para los occidentales y con sus respectivas cuatro estrellitas doradas sobre fondo rojo que circundan una estrella más grande), la mayoría tenía cara de asustados, miraban desconcertados y hablaban en voz baja, no miraban a nadie más; no sé quiénes serían, parecían, por la tenida y por la edad, jóvenes trabajadores, obreros, técnicos en algún sistema.  Lo cierto es que duraron poco en el lugar, unos minutos después llegó un guardia acompañado de otro oriental vestido con un terno muy fino, ¿sería el cónsul, el embajador, el empresario que los traía a trabajar?, y les pidieron a todos ellos unos papeles que uno, el más nervioso, se demoró en hallar en medio del caos de su maletín repleto de papeles, libros y ropa.  El oriental que acompañaba al oficial les dijo algo y se fue, regresó a los cinco minutos y habló de nuevo al grupo que sonrió al unísono.  Todos cogieron sus maletas y se marcharon.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por allí se apareció un tipo de lo más raro, pequeño, chato sin llegar a enano, flaco, con el pelo como recién cortado en peluquería, con ropas que rayaban en lo extravagante y con un rollo en la mano.  Es decir, un portarrollos, como esos que usan los estudiantes de arquitectura.  Se le veía indignado, feroz, molesto, sin un atisbo de preocupación y con grandes muestras de estar a punto de hacer un escándalo.  A su lado había un caribeño, nunca supe si era de Panamá o de Costa Rica pero mencionó ambos países en medio de la cháchara en la que se embarcó con el indignado.  Los estados de ánimo contrastaban deliciosamente, el del corte de peluquería ardía de indignación y el otro, sentado sobre su maletín de mano, relajado, se fumaba apaciblemente un cigarrillo, aunque el letrero de “prohibido fumar” relumbraba inútil sobre su cabeza.  El caribeño era un turista; “siempre me confunden con cubanos”, dijo por toda explicación y el otro empezó a maldecir porque “no sé por qué diablos le hice caso a Juan y me vine con el pasaporte cubano si yo soy ciudadano español…”; era pintor, residía en La Florida, se le escapaba el aire cuando hablaba y Juan, el de la mala idea, era su pareja.  En el portarrollos lleva “importantísimas” pinturas suyas que él iba a exponer “como un favor especial” en no sé qué museo mexicano, “porque yo normalmente expongo en Europa”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba muy distraído en medio de los reclamos del pintor así que no me di cuenta de las tres horas que ya habían pasado hasta que mis rodillas, compañeras probadas de kilos y andanzas, empezaron a recordarme que, “por razones de peso”, lo más conveniente era renunciar a mi estoicismo espartano y sentarme en la primera silla que algún distraído desocupara o en el congelado suelo de losa donde ya varios se encontraban.  Como comprenderán, sentarme sobre mi maletín de mano era una posibilidad descartada de plano, era nuevo y poco dado a soportar sobrecarga.  Eso me llevó a meditar sobre mis posibilidades para pararme del suelo de un solo movimiento y sin hacer demasiado escándalo…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¿La dignidad o las rodillas?” era el dilema en el que me encontraba cuando se abrió la puerta y dijeron mi nombre…&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8838057959259073851-7445652538951022834?l=desdetexcoco.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</description><link>http://desdetexcoco.blogspot.com/2007/09/si-yo-soy-ciudadano-espaol.html</link><author>jlmejia@gmail.com (JOSE LUIS MEJIA)</author><thr:total xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'>0</thr:total></item></channel></rss>